Opinión | Tribuna
Eclipses, historia y diplomacia

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los eclipses generaron toda una cultura expedicionaria. / L-EMV
El próximo 12 de agosto, la sombra de la Luna recorrerá una estrecha franja del planeta. Quienes tengan la fortuna de encontrarse en su camino verán cómo el cielo se oscurece en pleno día y el Sol queda rodeado de una corona de luz que difícilmente puede contemplarse en circunstancias normales. Un espectáculo del que, desde España, seremos testigos privilegiados.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los eclipses generaron toda una cultura expedicionaria. Astrónomos de distintos países comenzaron a coordinar sus programas de observación para distribuirse a lo largo de la franja de totalidad y poder comparar posteriormente sus datos. Observar un eclipse permitía así entender un poco mejor de qué estaba hecho el universo, y en particular las estrellas como el Sol, gracias a los resultados de quienes viajaban miles de kilómetros para situarse, durante unos minutos, en el lugar exacto donde la Luna ocultaba al Sol.
España entró en esa historia de los grandes eclipses en 1860, cuando tuvo la oportunidad de recibir a diferentes expediciones extranjeras. Una de las más destacadas fue la italiana, liderada por el astrónomo jesuita Angelo Secchi, que fotografió la corona solar desde el Desierto de las Palmas, en Castellón. Unas imágenes cuyo autor material fue, en realidad, José Montserrat Riutort, catedrático de Química de la Universitat de València, cuyo nombre rara vez aparece recogido en los libros.
Algo más tarde, los eclipses de 1900 y 1905 llevaron a España a algunos de los astrónomos más reputados del momento. Uno de los ejemplos más destacados fue la visita del astrónomo y divulgador francés Camille Flammarion, que observó el primero de esos eclipses desde Elche junto al naturalista valenciano José Joaquín Landerer, convertido en uno de los observadores más rigurosos de su generación.
El eclipse de 1905, por su parte, despertó un enorme interés público, superior incluso al de las elecciones generales que se celebraron el mismo día. El propio Alfonso XIII se desplazó a Burgos, al igual que numerosos observadores españoles y extranjeros, para contemplar el fenómeno desde la zona de totalidad. El apoyo institucional que recibió la astronomía española con motivo de estos fenómenos celestes, en aquellos años de regeneracionismo y voluntad de apertura a Europa, muestra cómo la ciencia puede ser entendida también como un gesto político.
Un canal privilegiado
Esta lógica volvería a aparecer décadas más tarde, aunque en un contexto completamente diferente: el de los intentos por aislar internacionalmente a la dictadura franquista tras la Segunda Guerra Mundial. En ese escenario, la astronomía se convirtió en un canal privilegiado para mantener el contacto con el exterior. No en vano, el desarrollo de la disciplina dependía de una cooperación internacional a la que los científicos españoles podían contribuir.
En febrero de 1952, la franja de totalidad cruzó la Guinea Española. Para los astrónomos del régimen, enviar allí una expedición se convirtió en una cuestión «de honor nacional». Tres cuartas partes de la colonia quedaban dentro de la zona de totalidad: ¿iba a ser España el único país que no enviara una expedición cuando otros lo hacían aunque el eclipse no cruzara su propio territorio? Habían pasado treinta y ocho años desde la última vez que España había financiado una comisión para observar un eclipse, con motivo de la expedición enviada a Crimea en 1914.
Demostrar ante la comunidad internacional que el Estado franquista podía movilizar sus colonias para fines de interés científico mundial era, a principios de la década de 1950, una forma de reivindicar también que se le tratara de otra manera. La expedición llegó a Kogo, en el estuario del río Muni, con astrónomos de los principales observatorios españoles. Allí pudo descargar e instalar sus instrumentos gracias a los braceadores africanos —hombres condenados a trabajos forzados por haber participado en ritos Bwiti, una forma de resistencia cultural y religiosa que las autoridades coloniales reprimieron sistemáticamente— que los transportaron a hombros. Sus nombres no aparecen en ningún informe ni artículo científico. El eclipse fue también, como tantos otros, un episodio de trabajo forzado invisibilizado, tan constitutivo del resultado científico como los propios instrumentos.
En 1954, el astrónomo español José María Torroja llevó a Suecia el método de determinación de los contactos del eclipse que había ideado y ensayado en Guinea. En la isla de Sydkoster, junto a otros científicos extranjeros, pudo observar el eclipse y sus aportaciones fueron reconocidas por la bibliografía internacional. La ciencia española parecía ganar crédito por sus propios medios.
Cinco años más tarde
Un nuevo eclipse fue observable cinco años más tarde desde territorios españoles, en 1959, cuando la franja de totalidad cruzó las Islas Canarias y el Sáhara Español. Una comisión interministerial coordinó la construcción de carreteras y barracones en Fuerteventura para recibir a cientos de astrónomos procedentes de diferentes países. La hospitalidad y la posibilidad de ofrecer a las expediciones científicas extranjeras todas las facilidades para observar el fenómeno se convirtieron en una prioridad para las autoridades españolas.
Incluso ante las reticencias de la Presidencia del Gobierno a dejar entrar en el Sáhara a científicos extranjeros, dada la situación política del momento en aquellos territorios, el Ministerio de Asuntos Exteriores abogó por una entrada controlada para evitar levantar un «telón de arena» comparable al erigido por los soviéticos unos años antes al no permitir la entrada de astrónomos foráneos. Los eclipses habían pasado a ser, con todas sus letras, un asunto de Estado.
Desde el punto de vista científico, sin embargo, las nubes frustraron casi todas las observaciones. En Fuerteventura, la nubosidad fue generalizada durante la totalidad. En el Sáhara, los resultados tampoco fueron los esperados. Y es que la naturaleza no siempre colabora con la diplomacia.
El próximo 12 de agosto, la astronomía española participará en las campañas de observación del eclipse desde una posición que nada tiene que ver con la de aquellos eclipses. No hay territorios coloniales que movilizar ni aislamiento internacional que sortear. La integración en las redes científicas globales se da por descontada. Pero convendría no perder de vista lo que costó construirla y quiénes pagaron ese coste sin que su nombre quedara en ningún sitio. Los eclipses revelan muchas cosas cuando uno sabe dónde mirar. El espectáculo de la corona del Sol es solo la más vistosa.
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