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Opinión

Riba-roja de Túria

El silencio roto del Turia

“El reto de recuperar la convivencia en el parque fluvial en Riba-Roja”

Parque fluvial del Turia.

Parque fluvial del Turia. / GERMAN CABALLERO

El Parque Fluvial del Turia ha sido, históricamente, un oasis de paz. Un espacio donde el susurro del agua y el canto de los pájaros marcaban el ritmo de los días. Sin embargo, en los últimos tiempos, el parque afronta un grave problema de convivencia y sostenibilidad ambiental.

En verano y fines de semana el río se convierte en un hervidero humano donde grupos de personas se instalan dispuestos a exprimir el día, transformando la orilla en un campamento improvisado que va mucho más allá de las clásicas mesas, sillas plegables y tumbonas. Atrás quedaron las sencillas sombrillas; ahora el despliegue incluye carpas robustas, toldos extensos e incluso tiendas de campaña que delimitan verdaderos feudos familiares, coronados siempre por potentes equipos de música que compiten entre sí. En ese caótico y vibrante paisaje sonoro, los graves del reggaetón retumban al mismo tiempo que se elevan las melodías nostálgicas de Nino Bravo, salsa y todos los imaginables, una mezcla delirante que convive sin complejos con las misas, de distintas religiones, que se celebran con cánticos, cantan y bailan como si el mañana no existiera y el río fuera el único refugio posible para la fiesta, fiestas que duran desde las mañanas hasta que anochece.

No se trata de una cuestión de origen, nacionalidad, cultura o religión —el uso del espacio público es libre y enriquecedor para todas las comunidades, que hoy disfrutan del entorno—. Se trata, estrictamente, de civismo, de horarios y del volumen de los decibelios. El espacio público es de todos, y por ello, el respeto a los límites del descanso también debe ser de todos.

El impacto en la fauna y el entorno ecológico es preocupante, para los animales que habitan el ecosistema fluvial la contaminación acústica no es solo una molestia, es una amenaza directa. El ruido constante a niveles elevados rompe sus ciclos de vida provocando en las aves acuáticas (patos, garzas, garcillas…), los pequeños mamíferos y los anfibios sufren niveles severos de estrés y los ahuyenta, rompiendo el equilibrio natural del parque, también para el descanso de los vecinos.

Muchos vecinos recuerdan con nostalgia cómo se vivía el río hace apenas unas décadas. Antes, en verano el Turia también se llenaba de vida, de algarabía de niños, de risas y de juegos compartidos. Sin embargo, existía un código no escrito de respeto vecinal y ambiental que todos acataban de forma natural.

Al mediodía, las familias regresaban a sus casas y el río recuperaba su calma. Nadie salía de nuevo hasta la hora de la merienda para garantizar y respetar el descanso de los demás. Era un disfrute plenamente integrado en el entorno, donde la diversión jamás pasaba por encima de la paz del vecino ni de la integridad del paisaje. Habia un equilibrio necesario, disfrutar de la naturaleza, reunirse con la familia y celebrar al aire libre son actividades maravillosas que llenan de vida el parque fluvial. Pero la música a gran volumen durante todo el día degrada el espacio común.

Es urgente abrir un diálogo social y aplicar normativas de civismo eficaces. El Parque Fluvial del Turia debe seguir siendo un punto de encuentro multicultural, alegre y vivo, pero siempre bajo la premisa de que tu diversión no puede ser la pesadilla de los vecinos ni el fin de la tranquilidad de la fauna que protegemos.

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