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Opinión

València

Releerte

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

“Dime qué lees y te diré en qué te convertirás”, dice el búlgaro Gospodinov. Pienso yo: Dime que relees y verás cómo evolucionas. He vuelto a leer “El túnel” de Sábato, por tercera vez quizá. Puede ser lo releo con la intención de que cada una de sus palabras penetre en mí, aunque también puede que vuelva sobre lo conocido por el miedo a desilusiones, como con “El estrecho de Bering” de Emmanuel Carrère. Vaya churro. Releer es ir contra el sistema, es cargar contra el consumismo que diseña el mundo. Leer un libro por segunda vez es un acto de contestación. Uno se levanta contra un régimen que vocifera en favor de lo nuevo, de lo insultantemente nuevo. No hay pausa ni reflexión, todo debe consumirse y despreciarse.

Los libros duran pocos días en los estantes de las librerías. Si no funcionan como un trueno que estalla y se expande, desaparece en los almacenes. Lo sustituyen rápido, le imponen ser pasado a pesar de recién nacer. Miles de libros aparecen como novedades cada semana. Se suceden, paralelamente, las aplicaciones digitales para registrar (y mostrar) qué se ha leído. No importa leer, importa haber leído, dice Alejando Dolina. Y bajo esa fórmula macabra se esconde la victoria de un neoliberalismo salvaje que está consumiendo el planeta y las mentes, sometidas a la continua novedad, sin asideros, sin memoria.

Quien vuelve sobre las páginas ya leídas se busca donde se perdió, revisa quién fue y se cuestiona, ojea lo vivido y decide vivirlo de nuevo desde el mismo cuerpo pero seguramente con una nueva mirada. Los libros nunca son los mismos porque quien los lee cambia y el pasado escrito siempre se interpreta desde el presente mutante. Buscamos en las lecturas del pasado las justificaciones presentes. A veces, allí están, esperándonos. Otras (las más) la relectura sorprende con nuevas preguntas. “El que relee para corregir es un intruso”, brama Millás. Libros raídos, manoseados en exceso, con fragmentos subrayados. Libros fetiche al estilo Bolaño. Uno no relee libros, se relee a sí mismo.

Quien relee conoce el futuro y pausa el presente solo con el objetivo de disfrutar. En la eterna novedad, por el contrario, nadie lee entrelíneas. No se lee, se ve. No se lee, se consume.

Leer es soledad acompañada, tranquilidad de vértigo, acelerar la quietud. Leer de nuevo lo ya leído es revisitar la persona que fuimos y constatar cómo han ido levantándose nuestros cimientos.

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