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Opinión

No dejes que el trabajo te siga de vacaciones

La no desconexión en vacaciones, una tendencia al alza.

La no desconexión en vacaciones, una tendencia al alza. / LevanteTV / Laura Roca

Las vacaciones no son un capricho, son un derecho conquistado a pulso, y la historia demuestra que nunca ha estado a salvo. Ahí está Feijóo, diciendo que están "sobrevaloradas", para recordarnos que lo que se ganó también se puede perder si bajamos la guardia.

Y se ganó despacio, año a año. En 1931, la Segunda República reconoció por primera vez un permiso retribuido de siete días. Antes de esa ley, solo algunos colectivos de funcionarios, como militares o docentes, gozaban de algo parecido, y el resto de la clase trabajadora, nada. En 1976 el descanso subió a 21 días naturales; en 1980, el Estatuto de los Trabajadores lo llevó a 23; y en 1983 se fijó el mínimo que seguimos disfrutando hoy: 30 días naturales, ampliados por algunos convenios colectivos.

Pero pelear por los días de vacaciones no basta si seguimos atados al móvil mientras las disfrutamos. La tecnología que iba a liberarnos nos ha metido la oficina en el bolsillo, y con ella, la sensación de que nunca terminamos de trabajar. Por eso hay que defender, con la misma fuerza, el derecho a la desconexión digital, la posibilidad de no estar disponibles en ningún dispositivo profesional fuera del horario laboral, y muy especialmente durante las vacaciones.

No es un capricho ni una debilidad. Es una cuestión de salud. Desconectar garantiza un descanso real, hace posible conciliar la vida personal y laboral, y previene riesgos psicosociales asociados a la hiperconectividad: el estrés, la fatiga digital, la ansiedad de mirar el correo antes de dormir. Un cuerpo y una mente que nunca se apagan del todo terminan pasando factura, y la factura la paga también la empresa, en forma de bajas, rotación y peor rendimiento.

¿Qué significa esto en la práctica? Que nadie está obligado a responder a un correo, una llamada o un chat de trabajo durante su descanso, sus permisos o sus vacaciones. Que ejercer ese derecho no puede acarrear ninguna sanción, trato desfavorable ni freno en la carrera profesional. Y que cualquier trabajador o trabajadora puede, simplemente, apagar el dispositivo al terminar la jornada, sin sentirse culpable por ello.

Así que un mensaje claro para las empresas: dejad de molestar a quienes están de descanso. Organizad el trabajo para que la plantilla pueda desconectar de verdad, sin necesidad de seguir "conectados a distancia" mientras están en la playa o la montaña. Un equipo que no descansa no rinde mejor, solo se agota antes.

Existen, claro, situaciones excepcionales: emergencias, fuerza mayor, necesidades organizativas imprevistas que supongan un riesgo grave o un perjuicio empresarial urgente que exija una respuesta inmediata. Pero esas excepciones deben estar justificadas, no convertirse en la norma disfrazada de urgencia, y el convenio colectivo puede (y debe) contemplar compensaciones para quien se ve obligado a responder.

Hay medidas sencillas que ayudan mucho, y cuestan poco, como programar el envío de correos para que lleguen dentro del horario laboral, o activar respuestas automáticas que avisen de que la persona está de vacaciones y cuándo regresa. Si de verdad queremos entornos de trabajo saludables, la responsabilidad recae, sobre todo, en las empresas que pueden organizar el trabajo respetando horarios, jornadas y vacaciones, fomentar la sensibilización entre mandos y equipos, y respetar sin excusas los tiempos de descanso.

Las vacaciones se ganaron con esfuerzo colectivo, generación tras generación. La desconexión también hay que ganarla cada día: apagando el móvil cuando toca, no respondiendo ese mensaje que puede esperar, y defendiendo individual y colectivamente el derecho a no estar siempre disponibles. Porque un derecho que no se ejerce, tarde o temprano, se acaba perdiendo.

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