Opinión | El puntet de la i

Redactor
La vivienda para la ‘generación perdida’
Más que un derecho en la Constitución, se ha convertido en un bien inalcanzable. Los ‘millenials’ llegamos al mercado laboral en plena crisis sin poder ahorrar cuando tocaba.

Edificios en construcción hace unos meses en el barrio de Quatre Carreres en Valècia. / Francisco Calabuig / LEV
Tengo 36 años y vivo con mis padres; más por obligación que por decisión. Sobrepaso en cinco años la edad media de emancipación en España, 30,5 años, según los datos de Euroestat; en la Unión Europea es de 26,2 años. ¡Un mundo! Aun así me siento afortunado porque, hace unos meses, fui uno de esos 208.227 españoles que recibieron una casa en herencia el pasado año como reflejan las estadísticas del INE. La casa de mis bisabuelos, alzada en 1900, en mi Llíria natal, en mi barrio de siempre; con el tejado maltrecho y una reforma en marcha -sí-, pero una vivienda al final y al cabo. Quien me conoce sabe bien que siempre soñé con vivir allí. Es uno de los motivos por los que me considero venturoso. No el único. La vivienda, más que un derecho reconocido en el artículo 47 de la Constitución Española, se ha convertido en un bien inalcanzable. El precio del metro cuadrado en València alcanza ya los 3.485 euros -unos 278.800 euros si el piso tiene 80- y el alquiler ronda los 1.500 euros mensuales. Sin la herencia recibida, mis perspectivas serían nefasta, se lo aseguro.
Los últimos millennials, quienes nacimos a los inicios de la década de los 90, vivimos en primera persona las consecuencias de la recesión y la crisis económica. El paro juvenil se disparó al 56 % en 2013. Fuimos una generación que desembarcó en el mercado laboral en el peor momento, cuando no había trabajo, peor aun en el mundo de la comunicación e información; y perdimos esos años en que uno ahorraba sin afrontar gastos de la vida adulta. No quiero aburrirles ni abusar de la autocita, pero les daré tres datos personales. Mi primer sueldo a jornada completa apenas era de 500 euros; primera oportunidad en una empresa ya extinta que uno acepta por ir llenando su currículum. Fui emprendedor durante unos años con La Veu de Llíria, un medio local, hasta que nos cansamos de intentarlo. Y, finalmente, con 31 años, firmé mi primer contrato indefinido.
Leía hace unos meses sobre la fórmula Greene en un artículo publicado por una entidad bancaria. Según este cálculo del ahorro según la edad, a los 30 años, una persona debería tener ahorrado un año de su salario bruto y, a los 35 años, el doble. Les confieso que llevo lustro y medio de retraso aun sin haberme independizado e intuyo que pocos de mi generación cumplirán la fórmula. Y créanme, la suscripción mensual a Netflix o Apple Music no tienen la culpa. Muchos de mis amigos y compañeros hacen verdaderas ingenierías financieras para salir una noche a cenar o renuncian a planes por motivos económicos. La evolución de los salarios respecto al coste de la vida tiene mayor peso en nuestro balance de resultados.
La precariedad salarial es una realidad. El sueldo medio en España de 29.540,26 euros al año y, pese a que somos la economía de la Unión Europea que más crece, está un 25,6 % por debajo de la media europea; en 2008, la diferencia era de solo un 11,2 %. Y lo es también el esfuerzo de una familia para adquirir una vivienda calculado por el Banco Nacional. Un español debe destinar ahora ocho años íntegros de su nómina; en 1987, cuando mis padres compraron su piso, solo se requerían 3,3 años. Ambos de familias humildes, hijos de agricultor y mecánico, pero pudieron independizarse a los 25 años, algo impensable hoy en día. Con estos problemas, de ahorro y de precios, es casi insultante que las ayudas ICO para una hipoteca acaben a los 35 años. Quien percibe la pensión máxima tiene descuentos para ir al cine o el transporte, cuando su proyecto de vida está completo, pero con 36 años soy mayor para comprar una casa. No es un ataque a los jubilados, sino al sistema y su concepción.
En estos días en que muchos enarbolan la bandera de la prioridad nacional y alertan sobre la "invasión" de migrantes con la resaca de Ceuta aún presente, pocos alzan la voz por el crecimiento de la compra de vivienda a manos de extranjeros. Fueron el 16 %, máximo histórico en la Comunitat Valenciana, entre abril y julio. Esta es la verdadera invasión, la de aquellos que invierten privándonos -o dificultándonos más bien- el derecho a vivir donde nacimos. No espero nada de los partidos conservadores, pero sí critico que el actual Gobierno supuestamente progresista haya sido tan poco audaz con las políticas de vivienda. La aritmética parlamentaria de la actual legislatura no les ayuda, fue favorable en la anterior. Igual que el Botànic con la tasa turística o la limitación de los pisos de alquiler; son oportunidades perdidas. No sé si es por miedo a perder votos o porque quienes gobiernan suelen ser 'señoros' con la vida medio solucionada. Lo mismo ocurre en muchas secciones de economía en los medios, en cuyas piezas no siempre se ven los jóvenes reflejados. Un poco de autocrítica. Realmente, me siento -nos sentimos- como miembros de una generación perdida.
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