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Opinión | Trencar l'enfit

Isabel Olmos

Isabel Olmos

Subdirectora de Levante-EMV

El eclipse acabó y la emoción seguía ahí

Y quizá sea ingenuo e infantil, pero durante unos minutos una llega a pensar que un eclipse es como los Reyes Magos. Que puede hacer magia y borrar aquello que no nos gusta. Estoy segura de que ayer más de uno y más de una, mirando al cielo, pidió un deseo.

Torre de Montroi desde la montaña de Real.

Torre de Montroi desde la montaña de Real. / Foto Club Alcalans

Es difícil explicar, en esta era hipertecnologizada, donde todo va tan rápido y todo parece tan superfluo y tan de plástico, cómo el ser humano tiene todavía capacidad de emocionarse hasta lo más profundo de su alma. Y ayer lo hicimos. Nos sentimos pequeños, privilegiados, como si durante unos minutos estuviéramos recibiendo un regalo de la naturaleza absolutamente inmerecido.

Dijimos que la COVID nos haría mejores y no nos hizo mejores. Tampoco lo hará el eclipse. Mañana seguiremos siendo exactamente los mismos humanos. Pero solo por esos minutos en los que miles de personas nos sentimos, de alguna manera, unidos, ya habrá valido la pena.

Hacía más de cien años que en València no se podía ver un eclipse de esta magnitud. Y ayer bastaba con recibir las fotos de la gente conocida, de los amigos, de la familia, para percibir la emoción. Cada uno desde un lugar diferente, pero todos mirando lo mismo. En una sociedad tan triste a veces, con tantos problemas, tantas necesidades y tantas injusticias, ser capaces de mirar juntos al cielo y pensar simplemente «qué maravilla» no tiene precio.

Y es que, a veces, hay que buscar el consenso en el cielo.

Porque ayer estaba allí. Todo el mundo miraba hacia el cielo para disfrutar, divertirse, dejarse llevar. Hace generaciones, un eclipse provocaba miedo, supersticiones, oscurantismo. Ayer fue casi lo contrario. Fue un destape emocional. Piel con piel con el eclipse, con esa danza entre el sol y la luna, desde los pueblos, desde las azoteas, las montañas, las playas y los balcones.

Mañana habrá que pagar la factura de la luz. Tendremos que continuar buscando piso. Volveremos al enfrentamiento político entre los partidos, esta vez por la tragedia humanitaria de Ceuta. Subirá el precio de la gasolina. Tendremos que escuchar a Trump. Tendremos que soportar de nuevo el horror de la violencia machista.

Pero, por unos instantes, ayer no.

Y quizá sea ingenuo e infantil, pero durante unos minutos una llega a pensar que un eclipse es como los Reyes Magos. Que puede hacer magia y borrar aquello que no nos gusta. Estoy segura de que ayer más de uno y más de una, mirando al cielo, pidió un deseo.

Hoy vuelve la dura realidad. Claro que vuelve. El eclipse no ha solucionado nada y tampoco nos ha hecho mejores. Pero si conseguimos prolongar un poco más la emoción que sentimos ayer, solo un poco, habrá valido la pena. Porque además no hicimos nada para merecerlo. Nos lo regaló la naturaleza, a pesar de lo mucho que la maltratamos.

Sí, el eclipse acabó. Pero la emoción todavía sigue ahí.

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