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Opinión | Tribuna

Periodista

Pedagogía desde Sagunt

Tener a una mujer en la cúspide de un partido no liquida el machismo estructural de la organización ni las dinámicas patriarcales ni los silencios cómplices.

Imagen del cartel de la peña.

Imagen del cartel de la peña. / Levante EMV

No hay verano sin sobresalto machista, y este tórrido de 2026 lo protagoniza el polémico logo de una peña taurina de Sagunt basado en un dibujo de un toro violando a una chica. Una vez más, la realidad en forma de noticia se asoma para recordarnos que la distancia entre la igualdad formal y la real sigue siendo abismal. Pero no solo eso.

Como acertadamente comentaba hace unos días Isabel Olmos, lo grave no es solo lo ocurrido, sino lo que no ha ocurrido durante años, así como la tenue reacción de los máximos responsables municipales. Conviene no ser simplistas ni reducir esto a una anécdota, porque el cartel de marras y todo el merchandising asociado no son una broma. Cabe atender a lo que nos enseña, por ejemplo, la antropóloga feminista Rita Segato sobre cómo las fiestas, las tradiciones y sus símbolos no son inocentes. En los rituales colectivos, en las peñas, en los casales se representa y se aprende el poder. Y lo que ese cartel representa es tan viejuno como peligroso. Es lo que Segato denomina "violencia expresiva" y "pedagogía de la crueldad": una ilustración exhibida entre risas en el espacio público para señalar quién manda. El cuerpo de la mujer convertido en territorio sobre el que los hombres, el toro y la fiesta ejercen su dominio.

Pero el problema no es solo el dibujo. El problema es que se ha exhibido con total impunidad durante todas las fiestas, hasta que una queja particular y la coordinadora feminista del Camp de Morvedre lo han puesto en la diana. La tardía y deficiente respuesta del ayuntamiento envía el mensaje de que la tradición y sus "guardianes" son intocables, validando la premisa de que ellos dominan y ellas aceptan. Alegan ahora desde el consistorio que la unidad de igualdad no actúa de oficio, sino tras quejas formales, como si fiscalizar no formara parte de sus tareas. La igualdad debe proyectarse desde las políticas públicas, desde la prevención, desde una reacción pronta y contundente que alcance a los reductos más recalcitrantes donde se engorda la fratría y también, cómo no, desde la vigilancia para detectar abusos. Porque sin esto último, campa la impunidad.

Conforme esta polémica ha crecido, las reacciones se han sucedido: la Generalitat, el Ministerio de Igualdad, partidos políticos, etc. Sin embargo, llama poderosamente la atención el silencio que perdura; en especial, el del alcalde de Sagunt, Darío Moreno, quien por decisión propia ostenta también las competencias de Igualdad.

Desde hace un tiempo, el socialismo valenciano presume de contar por primera vez con una mujer como líder y candidata a la presidencia de la Generalitat. Sin embargo, ese hito no es una vacuna infalible contra lo que Segato denomina la «corporación de hombres». Tener a una mujer en la cúspide no liquida el machismo estructural de la organización ni las dinámicas patriarcales ni los silencios cómplices. Y aquí es donde el papel del alcalde toma relevancia. Mal vamos si los jóvenes referentes con mando en plaza, los mismos que aspiran algún día a moldear el futuro del socialismo valencianon, en lugar de hacer pedagogía de la igualdad, se muestran tan timoratos a la hora de encarar el machismo más obvio y chusco.

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