Opinión
Carta abierta por Juan Ignacio Marín Arce

Juan Ignacio Marín. / Levante-EMV
“Y cuando llegue el invierno,
el Sol alumbrará todavía en nuestro corazón”
Yannis Ritsos
Hacia el otoño de 2022 retomé mis estudios e investigaciones históricas sobre la mal llamada etapa de la reconversión industrial, es decir sobre las medidas políticas gubernamentales que produjeron el cierre de las instalaciones de la cabecera siderúrgica integral de Altos Hornos del Mediterráneo, S.A., en Puerto Sagunto. Nos referimos a la década de los años ochenta del pasado siglo XX.
En mis indagaciones y relecturas en la hemeroteca, recuperando las noticias y artículos de aquellos años, me aparecieron numerosos nombres propios, pero en un momento determinado hubo uno que me llamó más poderosamente la atención, me refiero a Juan Ignacio Marín Arce, entonces ostentando la máxima representación como secretario general de la Federación estatal del Metal de Comisiones Obreras.
Me encontré con una columna de la periodista Rosa Montero, titulada “Bestia negra”, dedicada a Marín, publicada en el diario El País el 13 noviembre 1983. Les sugiero, si no la recuerdan o no la leyeron en su momento, que la lean. Seguramente fue esta palanca escrita la que me impulsó a desear saber más de este protagonista. Para conocer sus itinerarios anteriores a la época que estudiaba y los posteriores.
Por medio de algunos veteranos militantes sindicalistas de Comisiones Obreras valencianos, así como alguno de Madrid, me fueron llegando noticias, anécdotas y vivencias de Juan Ignacio Marín. Asimismo, fui averiguando más datos, como sus dos títulos universitarios en Madrid, alcanzados bien joven y de forma brillante: Ingeniero de Telecomunicaciones y licenciado en Políticas y Sociología. Y fue adquiriendo una conciencia de clase, ya siempre con la defensa de la justicia social como lema, lo que le condujo muy pronto a su compromiso político y sindical. Y, al final de su trayectoria profesional en la Inspección de Trabajo, obtuvo el doctorado cum laude en Derecho por la U.A. Barcelona (2017/18).
Todo ese cruce de informaciones sobre su educada personalidad, su fina inteligencia y su tranquila presencia y actuación, me acentuaron mis deseos de poder llegar a conocerle. Finalmente, hacia la primavera de 2025, conseguí su número telefónico, pero advirtiéndome el sindicalista que me los ofreció que nuestro estudiado Marín había padecido un grave traspiés en su salud.
Así fue como pude hablar por teléfono, mayo 2025, con Juan Ignacio, presentarme y brevemente comentarle mis intereses de estudio. Quedamos en seguir en contacto por correo electrónico y por WhatsApp, pues ambos residíamos en diferentes ciudades, separadas por más de 300 kilómetros de distancia. Además de recordarme él mismo que, hacía algún tiempo, le habían diagnosticado que padecía la enfermedad de ELA.

Juan Ignacio Marín. / Levante-EMV
Encuentro personal
Por sus tratamientos y controles médicos, pudimos establecer una primera cita personal a principios de octubre de 2025 en su domicilio. Allí tuvimos la oportunidad de conocer a quien nos abrió la puerta y acompañó también, y que me presentó como su hijo.
Le llevé en esa ocasión un ejemplar de otro estudio mío anterior sobre la siderurgia durante la época de la dictadura franquista. Asimismo, le expuse mi planificación sobre el tema de estudio, ante lo que me escuchó con gran capacidad intelectual y me ofreció su ayuda en todo lo que pudiese, contando con las limitaciones físicas que le estaba imponiendo la enfermedad.
Le mostré y declaré mi alegría por conocerle personalmente, por su extraordinaria y exquisita amabilidad en atenderme. Quedamos en continuar nuestras comunicaciones a distancia. Y solamente le pedí, por favor, que, recordando lo que nos decían nuestros mayores en la Historia, se cuidase mucho y que resistiera. Esbozó una medio sonrisa y me respondió que lo haría hasta donde pudiera. Me permitió un muy afectuoso abrazo al despedirnos, que me causó una honda satisfacción.
Pero en los últimos meses de 2025 y durante parte de 2026 se me cruzó otro tema de estudio e interés, “2025 Año María Moliner” para el Ayuntamiento de Sagunto, coincidiendo con su 125 aniversario de nacimiento. Lo que me llevó a colaborar en su preparación (una conferencia, una exposición y contactos con otras personas estudiosas de María Moliner), terminando con la confección de un libro sobre la misma a presentar hacia finales de enero de 2027.
Estuve comentando estos avatares a Juan Ignacio, y nos volvimos a encontrar en otra cita en su domicilio el pasado 8 julio 2026. Nuevamente nos recogió y abrió el camino la necesaria presencia de su hijo, que testimoniaba silenciosamente su delicada y solícita asistencia a su progenitor. ¡Qué belleza había en aquella atención!
Nuevamente pude ser testigo en este intervalo de tiempo, acotado en su brevedad, de algunas cualidades que me confirmaban lo que ya había observado y que me habían transmitido nuestros enlaces. Se desplegaba en aquel salón una muy lúcida inteligencia y sabia capacidad de captación, sin hacer ostentación de la misma. Solamente sus breves palabras, cuando se separaba de la toma respiratoria de oxígeno, eran la precisa y concreta adecuación de lo comentado. Y pude observar de nuevo también su rigor y su metódico razonamiento en los argumentos. Y algo que me percutió fue su bonhomía para no ser agresivo ni despreciar las posiciones de algunos de sus adversarios políticos/sindicales de aquellos años pasados en tiempos de reconversión.
Nos despedimos con un nuevo abrazo, suave pero muy profundo, ante mi solicitud. Con una emocionada sonrisa como mejor muestra satisfactoria que me volvía a llevar, y que quise también ver en su rostro.
En realidad, lo que subyace a esta carta es poder declararle dos últimos afectos a Juan Ignacio Marín. El primero es decirle que la lentitud tal vez, en su sentido poético, sea imprescindible, pero en los procesos y estudios historiográficos a veces no es necesaria, en especial cuando se trate de recoger testimonios de sus protagonistas. Por ello, ofrecerle mis sinceras disculpas al amigo Juan Ignacio por haberme demorado en localizarle y en contactar con el personalmente. Y, en segundo lugar, pero simultáneamente, agradecerle su generosa amabilidad (suya y de su hijo) al recibirme y ofrecerme su ayuda en todo lo que pudiera.
Siempre diremos que esos encuentros han contribuido a que nos hayamos acercado en algunos momentos a eso que llaman Felicidad, y su marca benefactora la llevaré indeleblemente conmigo.
Muy agradecido por todo, querido amigo Juan Ignacio Marín Arce. Además, te seguiré considerando un bellísimo y muy digno estímulo para mi estudio, el cual espero poder culminar y enviaros un ejemplar del mismo.
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