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Opinión | Viento albornés

¡Qué desolación me da!

Eclipse solar

Eclipse solar / JCCM

Tomamos como título parte de una letra tanguera de los noventa del grupo Malevaje, Arroz blanco, pues “desolación”, junto a sus principales definiciones como aflicción intensa o completa destrucción, adecuadas al propio sentir analítico, significó asimismo para algunos puntales del catolicismo hispano la obscuridad del alma, la carencia de luz divina, y remontándonos aún más en el tiempo llegamos al epíteto Febo, el brillante, tanto en la tradición grecolatina como en la del siglo de oro español, originariamente referido al divino Apolo -un dios de la luz-, pero también al sol, la belleza, la música o la inspiración poética.

En resumen, hoy les escribo, como los franceses, “en train de” vivir el famoso eclipse solar total y les llegarán estas líneas tras el simpar suceso que nos dejará desolados, dado que a fin de cuentas la falta prolongada de sol altera el sueño, la energía y el estado de ánimo. El término eclipse también procede de las lenguas griega y latina, destacando con él la ocultación de un astro por otro cuerpo celeste, lo que nos habla de un fenómeno tan antiguo como nuestra memoria histórica, siempre acompañado -junto a los científicos- por el grado de idiocia pública del momento secular concreto, resultando para mí, el que hoy nos ocupa, impenetrable.

Con ello quiero decir que se nos escapa la “magnitud universal” alcanzada por este fenómeno astronómico, pues el alineamiento espacial sol-luna-tierra provocando que en zonas de nuestro planeta parezca oculto el sol totalmente por breves instantes es frecuente y en este siglo XXI ya ha sucedido diecisiete veces en veintiséis años, amén de los eclipses parciales numerosos, siendo el penúltimo en abril de 2024, visible desde Canadá, EEUU y México (como ahora en Groenlandia, Islandia y España: territorios amenazados por el imperialismo estadounidense), junto a otros cinco entre 1991 y 1999.

Tampoco he adquirido las gafas homologadas, luego espero que alguien me ceda un momento aparatos para verlo, aunque como dice un amigo en la televisión se observa estupendamente, y aun así trataré de reservar plaza para captarlo el próximo año, o el siguiente, haciendo el pino puente desde un helicóptero, dado que tan inusitado evento terrícola se repetirá, visible en España, en agosto de 2027 y volverá a materializarse en julio de 2028 o en noviembre de 2031 para los más perezosos en semejante peregrinaje, que responde al anglicismo FOMO.

Tal como servidor lo aprecia, sin artefactos específicos, este eclipse, pleno en los lugares donde ha puesto sus ojos la actual águila calva, es un símbolo de nuestro tiempo: visto el sol como la libertad y el pueblo cual la tierra, lo que se interpone es el asteroide fascismo, taponando el trayecto entrambas. Un cretinismo neorreaccionario dirigido por oligarcas que desteje lo que de día construimos; cuasi una Penélope, desolada, sin otro interés que el lampedusiano cambiar todo para que todo siga igual, y camino de ser gobernados por inteligencias artificiales, supuestamente infalibles, que manejarán otras cabezas reales, requetefalibles.

La próxima semana -serán dos-, como decían geniales Tip y Coll, hablaremos del gobierno o, lo que es lo mismo ahora para algunos, de la izquierda que viene tras el verano azul a la valenciana, ya que la eclipse-manía e selva eclíptica, lastrándonos en el día de autos, habrá cesado (esperamos sin incidencias graves, ni fuego) y sólo permanecerá eclipsado su enorme gasto en medios públicos para lucros privados, un clásico del sector.

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