Opinión | A la contra

Profesor de Filosofía y Agente de Igualdad
Eclipsado por la anormalidad

El eclipse visto desde el Centro de Coordinación de Emergencias (112) de l'Eliana
En las últimas semanas, la normalidad, especialista en imponer su propia agenda, ha hipertrofiado el interés por el eclipse solar del pasado 12 de agosto. Como a la masa le aterra la anormalidad —ese territorio que a unos pocos nos resulta cómodo y hospitalario—, los planes para «disfrutar» del evento se han disparado hasta el paroxismo. Tanto es así que las autoridades —ese ente difuso que nunca sé bien dónde empieza ni dónde acaba— han alertado del riesgo de colapso. La vida, al igual que el cuerpo, padece sus propias parálisis y tiene sus propios colapsos. Si millones de razonables personas conducen, acampan y paralizan la red viaria para atestiguar un parón de luz, la rutina salta por los aires y emerge el delirio, que no es más que la realidad cuando se le olvida disimular.
Sobra aclarar que no contemplé el eclipse ni hice el menor ademán por dar dos pasos para tropezar con él. Hay cierta dignidad en ejercer el derecho a no enterarse de nada y perderse las grandes citas de la historia de la humanidad, aun cuando se anuncie el fin del mundo. Resistir a la gravitación de lo «normal» exige una disciplina severa, un entrenamiento diario en el arte del repliegue. En estas mismas páginas del diario —e incluso en la portada de este periódico— el fenómeno ha sido elevado a acontecimiento supremo. Lo comprendo: la prensa tiene la servidumbre de fotografiar la normalidad, aunque basta leerla con un poco de sospecha para descubrir que detrás de cada titular late una forma desquiciada de delirio colectivo. No sé si esa disociación es deliberada o pura inercia; sospecho que es una incógnita que también se le escapa a la propia redacción de Levante-EMV.
La normalidad es un analgésico que nos ayuda a soportar la existencia. En sus pliegues habitan las más veneradas trivialidades: las playas intransitables, el turismo en serie, los vaivenes de la Bolsa, las colas del supermercado, los atascos de domingo o este último fenómeno astronómico. Ocurre una paradoja: la gente se siente más individuo cuanto más integrada está en el rebaño. Confundirse con una multitud que engulle palomitas de maíz a la espera de que el sol se apague se vende como un hábito social deseable, cuando en verdad no es más que un extravío colectivo disfrazado de fiesta. Reivindico el derecho a la anormalidad y a no ser señalado por la condición de ermitaño. Cada cual es muy libre de buscar su lugar como prefiera. Servidor, mientras tanto, continuará felizmente eclipsado por la anormalidad.
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