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Opinión | Trencar l'enfit

Isabel Olmos

Isabel Olmos

Subdirectora de Levante-EMV

El extraño placer de destrozar el lugar que has ido a conocer

¿Qué lleva a alguien a viajar cientos o miles de kilómetros para después agredir, pintar, golpear, ensuciar u orinar sobre el patrimonio de todo aquello que, supuestamente, querías descubrir?

El recodo del Cap Negre de Xàbia, repleto de embarcaciones.

El recodo del Cap Negre de Xàbia, repleto de embarcaciones. / A.P.F.

Hace unas semanas, la dueña de una casa rural del norte de Navarra me dijo algo que se me quedó grabado. La carretera para llegar hasta allí es estrecha, complicada y larga. Cuando me quejé del trayecto, me respondió: «Es así para que no llegue todo el mundo. Para que lleguen las personas que de verdad quieren llegar. Si quisiera que viniera todo el mundo, habría hecho una carretera más ancha y podrían subir hasta autobuses. Pero no es eso lo que queremos aquí». He recordado muchas veces aquella conversación, especialmente estos días.

Mucha gente aprovecha los meses de verano y de descanso para viajar, conocer otros países, otras culturas, otros idiomas y descubrir un patrimonio que no conoce. Por eso no puedo dejar de sorprenderme cuando leo noticias como algunas de las que se han producido estos últimos días. Por ejemplo: un hombre ha provocado con su coche daños en la conocida Pampa del Leoncito, en Argentina, una inmensa llanura, antigua laguna desecada, de enorme valor natural. Casi al mismo tiempo, otro turista destrozaba a golpes una de las almenas del castillo de Niebla, en Huelva. A golpes, insisto.

El coche que ha dañado el inmenso paraje argentino.

El coche que ha dañado el inmenso paraje argentino. / Levante-EMV

Y hay algo en todo esto que no consigo entender. ¿Qué lleva a alguien a viajar cientos o miles de kilómetros para después agredir, pintar, golpear, ensuciar u orinar sobre el patrimonio cultural, histórico o natural que supuestamente ha ido a conocer?

Y aquí tampoco nos libramos. En València y en muchas otras ciudades valencianas lo hemos visto demasiadas veces: visitantes orinando junto a la Llotja y otros edificios cargados de historia, pintando sus muros o utilizando sus fachadas como aparcamiento de bicicletas.

Todo el mundo tiene derecho al disfrute. Viajar y conocer el mundo no debería convertirse en una propuesta elitista reservada únicamente a quien pueda permitírselo. Las montañas están ahí. Los lagos están ahí. Los desiertos están ahí. Nuestro patrimonio está ahí. Y debería poder ser disfrutado por todos. Pero que todos tengamos derecho a llegar no significa que tengamos derecho a hacerlo de cualquier manera. Ni a tratar lo que no es nuestro como si no valiera nada.

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