Opinión
Setenta años sin Brecht

Fotografía del poeta dramaturgo Bertolt Brecht y el crítico Walter Benjamin.
Setenta años sin Bertolt Brecht son demasiados años y el mundo se oscurece conforme nos alejamos de su obra. ¿Quién después de él? Si el mundo cabalga a uña de caballo a la desvergüenza y la cobardía que ya conoció en 1933, ¿dónde está el nuevo Brecht? La razón fundamental de la arrogancia del nuevo pensamiento reaccionario es que sabe que no tiene enemigo serio. Todos se cansan de decir que la lucha cultural es la decisiva, pero que no exista un Brecht significa que el mundo de la cultura no dispone de herramientas para hacer frente al fanatismo que encubre el miedo y la avaricia universales.
Para celebrar los setenta años de su muerte, volví a ver “Galileo Galilei” de Joseph Losey. La obra está unida a la vida de Brecht. Comenzada en Dinamarca en 1939, fue revisada desde 1945 en colaboración con el genial Charles Laughton para su montaje en Estados Unidos en el año 1947, primero en California y luego en Nueva York, bajo la dirección de Losey, que la llevaría al cine.
Desgraciadamente, Brecht no pudo estar en el montaje neoyorquino. Unos días antes declaraba ante el Comité de Actividades Anticomunistas. Hay por ahí una foto, en la que se lo ve, tras Dalton Trumbo, estudiando la situación. Pero a diferencia de los diez de Hollywood, que no respondieron, Brecht aprovechó para hacer lo que sabía, teatro. En realidad, ya tenía los pasajes para regresar a Europa. Así se perdió el montaje de su obra en Nueva York.
Losey acabó la película en 1974 y debo decir que no ha resistido el paso del tiempo. La crítica contemporánea afeó la actuación de Chaim Topol, mientras celebraba la interpretación de la plana mayor de la escena británica. Topol representa los elementos de Galileo, pero no tiene el espíritu del personaje. Puede ser pícaro, inteligente, entusiasta, hedonista, ligero, cobarde, curioso, resistente, miedoso, orgulloso y egoísta, pero jamás nos convence de ser la personalidad de la que debe brotar ese entramado de contradicciones. Le falta la mirada diabólica que en el cine británico sólo tenía Rex Harrison. Topol tiene ojos bondadosos, por eso está mejor cuando la ceguera ya se ha adueñado de su rostro.
Quizá si Orson Welles hubiera dirigido la obra, como Laughton quería, el resultado habría sido diferente. Pero lo que resiste el paso del tiempo es el texto. Aquí Brecht sigue iluminando el presente tanto como podría hacerlo en 1945, tras la bomba de Hiroshima. El Galileo de Brecht tiene la fluidez y la versatilidad de lo demoníaco, algo que Laughton descubrió en el personaje, ciertamente. Ahora bien, en la tradición puritana americana incluso lo demoníaco conoce la profunda e inocultable conciencia de culpa ante el delito.
En verdad, esa conciencia de culpa domina el final de la obra y fue fruto de la reescritura de 1945. Es curioso que Brecht identificara el descarrío de occidente en la comprensión de la ciencia que impuso Galileo, en plena convergencia con la tesis del filósofo Husserl, que por los mismos años también culpaba al autor de los “Discorsi” de haber separado la ciencia de la filosofía, entregando la primera al método de la abstracción matemática y a la técnica, llevando las ciencias a una distancia irreversible del mundo de la vida.
El Galileo de Brecht experimenta la culpa que identificó Husserl. Las últimas páginas de la obra, fielmente recogidas por Losey, lo expresan bien: “Durante algunos años fui tan fuerte como la autoridad. Y entregué mi saber a los poderosos para que lo usaran, o abusaran de él, según conviniera mejor a sus fines. He traicionado a mi profesión. Un hombre que hace lo que yo he hecho no puede ser tolerado en las filas de la ciencia”. Como en Husserl, esa traición marcó el camino descarriado de la ciencia moderna. Ahora, Brecht añade, todo está consumado: “Tal y como están las cosas, lo más que se puede esperar es una estirpe de enanos inventores, que podrán alquilarse para todo”. Una ciencia sin ética, ese es el contenido de la culpa que amarga la vejez de Galileo. No fue la cobardía. “Nunca estuve verdaderamente en peligro”. Fue su naturaleza obsequiosa con el poder.
Brecht llevaba un diario de trabajo. El tercer volumen recoge muchas entradas sobre su colaboración con Laughton para la versión inglesa. La entrada de 30 de julio de 1945 es relevante porque muestra que solo en esa traducción Brecht tomó conciencia del problema, que el progreso de la ciencia pura no llevaba consigo el progreso en la revolución social. “La ciencia tiene que ver con ambas luchas”, le dice Galileo a Andrea Sarti en la penúltima escena. “Yo sostengo que el único objetivo de la ciencia es aliviar las fatigas de la existencia humana”. Una ciencia que no puede combatir las supersticiones de la gente es completamente estéril y ha perdido las dos batallas, la de la verdad y la de la vida. Eso vemos hoy, cuando los mismos que creen en la precisión letal de un dron, dejan de creer en las vacunas, en la esfericidad de la Tierra o en el cambio climático.
“Vuestras nuevas máquinas significarán solo nuevos sufrimientos” -dice este nuevo Fausto en la culminación de su experiencia de culpabilidad. Y es que una experiencia profunda siempre es profética. Esa profecía se cumple hoy. Literalmente dice: “Vuestro progreso será solo un alejamiento progresivo de la Humanidad. El abismo entre vosotros y ella puede ser un día tan grande, que vuestros gritos de júbilo por alguna nueva conquista sean respondidos por un griterío de espanto universal.” El invento definitivo consistirá en aplastarlo con la verborrea de las redes sociales.
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