Opinión
Algo sobre Kempes 50 años después de su llegada a Mestalla
Mario fue un crack periférico y cordial, sin el impacto de la globalización histérica posterior. A su alrededor no se levantó ninguna escuela de pensamiento, ni se inventó ningún género literario, ni tan siquiera se creó una mitología que él jamás habría ayudado a sostener. Mario fue una especie de dios menor, a la altura de su carácter nada ególatra

Kempes, durante un partido con la camiseta del Valencia CF contra el Real Murcia. / Levante-EMV
Kempes fue el mejor futbolista del mundo entre 1976 y 1980. Sin las lesiones, en otro contexto, con una actitud más teatral, estaría a la altura de las grandes celebridades del universo futbolístico. En cierto modo lo está, pero un escalón por debajo de su verdadera dimensión. Por suerte para el pueblo de Mestalla, Mario fue un crack periférico y cordial, sin el impacto de la globalización histérica posterior. Incluso su mundial es un mundial bajo sospecha. A su alrededor no se levantó ninguna escuela de pensamiento, ni se inventó ningún género literario, ni tan siquiera se creó una mitología que él jamás habría ayudado a sostener.
Mario fue una especie de dios menor, a la altura de su carácter nada ególatra. Tuvo un reinado efímero, casi clandestino. Triunfó en un periodo de transición y notables cambios sociales, cuando la inocencia del juego agonizaba y la mercantilización abusiva ensayaba su vasallaje entre Naranjito y las pausas de hidratación. Esa singularidad, la frontera entre una época y otra, es el termómetro del tiempo que le tocó vivir como futbolista.
Kempes fue el mejor sin el funambulismo tan indigesto del querer es poder y los delictivos programas de niños cantantes, ajeno al bricolaje mercantil y patológico que nació con Maradona y la mano de dios, la tentación nacionalista y la inflación televisiva. A Mario nunca se le explicó demasiado. Jugaba fácil, metía goles, enamoraba con su potencia, se tomaba sus cañas en el bar Víctor de la calle Almela i Vives. El fútbol sólo era fútbol, el aliciente semanal de las clases populares en tránsito hacia el gregarismo uniformador, una conversación entre padres e hijos para acercarse al misterio del lenguaje compartido, nada que cotizara en bolsa, nada que sostuviera patrias necesitadas de anécdotas de prestigio. Seguramente, Kempes fue el último de los mejores sin darse importancia por ser el mejor, sin esa fe fanática del puritano que mueve montañas y suda fósforo en el gimnasio para lograr sus objetivos sobredimensionados por el aliento de la ostentación. Ya se intuía en el horizonte, pero la fama aún no era la religión dominante de las masas. Kempes reinó en la antesala de la maquinaria comercial que vino poco después, tan llena de estrés y furia, tan ferozmente inhumana en su vocación destructiva y morbosa cuando la pelotita no entra y la marabunta encuentra en el ídolo con pies de barro el chivo expiatorio de una mediocridad alentada por la mala educación. El Matador tampoco jugó en la liga de los grandes iconos malditos como fuente narrativa. No fue un juguete roto, no fue George Best, no fue Garrincha, no fue un embajador de sí mismo como tantos otros que van por la vida con nutricionista, jefe de prensa, coach y hasta peluquero. Por supuesto, no opositó a Bartleby del fútbol a la manera del Trinche Carlovich. El de Bell Ville se limitó a ser Kempes, Mario Alberto Kempes Chiodi. Fue grande entre líneas, sin énfasis ni hipérboles. Lo fue sobre el terreno de juego, con su aparente dejadez, sin alardes, con sus debilidades tan humanas, viviendo en un rincón de la plaza Honduras, en aquella Valencia huérfana de novela que se asomaba a un abismo de solares, huertas y playas sin turistas. Sí, ya sé. Bajo la lógica imperante pudo ser más ambicioso y jugar más tiempo en la élite, pudo tener más suerte o venderse mejor, ganar otro mundial, una liga con el Valencia, una copa de Europa en Rotterdam a la temporada siguiente, hacerse millonario, apurar su carisma con herramientas más sofisticadas, lucir melena retocada por algún estilista de postín en clubs más aparentes, pelear por objetivos más golosos, estudiar un máster en gestión deportiva en la universidad de Baden-Baden o en la de Vilanova i la Geltrú-Vilanova i la Geltrú, pero entonces ya no hubiera sido Kempes, el Matador, un mito que nunca se dejó engañar por la feria de las vanidades.
En realidad, su intuición de perfil bajo no erraba. Perseguir la gloria suele ser un pasatiempo condenado a la frustración y el desequilibrio psíquico. Kempes la encontró por su enorme talento, la disfrutó sin aspavientos el tiempo suficiente, dejó una hermosa lección en el aire: su aura magnética e imperecedera medio siglo después. Lo hizo con barba de dos días, sin el estallido solemne del me lo merezco o la cultura del esfuerzo, ese sucedáneo de la esclavitud que suelen proclamar quienes no han descargado un saco de harina en su vida. En ese pedestal sin peana previo al gran simulacro de la actualidad se quedó a vivir Mario Kempes, un argentino felizmente lacónico que llegó a Mestalla hace 50 años para convertirse en el último mohicano accesible y discreto. Ahí sigue y seguirá para siempre, incluso cuando los buitres inmobiliarios nos echen de nuestra centenaria casa con la complicidad del poder y sus representantes políticos.
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