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Opinión

Quiero una razón

Imagen creada con Inteligencia Artificial.

Imagen creada con Inteligencia Artificial. / IA

Una articulación que hasta ahora no se había manifestado ha querido empezar a dolerme. Sin previo aviso, sin razón aparente alguna. La miro, practico con ella, abro y cierro, espero una respuesta, no la obtengo. En cada intento, un chispazo. Despacio, chispazo. Mientras, el resto de dedos y articulaciones callan. Lanzo la mente al pasado, busco el origen, quiero una razón, no voy a permitir que sea un dolor caprichoso, sin explicación, asociado con ello al inicio de la decrepitud. Exagero a voluntad. Repito: toda exageración es un fracaso. La articulación, el dedo y la mano parecen decirme: “No cojas nada más, lo verdaderamente importante lo tienes ya dentro”. O quizá: “Ellos tienen manos, déjales apretar”.

El cuerpo en ocasiones habla. En otras no. Los veteranos del club dicen correr a sensaciones, ir a los ritmos que les marca el yo interior, pero sin embargo miran el reloj cada vez que cumplen un kilómetro. Disciplinados, sumisos. Las sensaciones, las alertas que marca el cuerpo a veces son falsas y, al contrario, el silencio interior asusta. Te interrogas sobre cismas ocultos, desprendimientos inapreciables, seísmos que vendrán.

No hay razones para todo, algunas cosas suceden, sin más. Cuentan con su propio camino, ajeno a nuestro control. Eso nos alarma, nos preocupa, nos inquieta. Ordenar, todo en su sitio, ordenar, todo en su sitio. Y cuando algo se desencaja, presión en el pecho.

Escribo con dolor en la mano y la cabeza llena de pájaros. Revolotean y pican. Cierro los ojos y creo ver. Miedo, parece que lo llaman algunos.

Finalmente, después de muchas evasivas, acudo a la fisioterapeuta y me deja claro, desde el primer toqueteo, que llevo todo el peso de la responsabilidad sobre la espalda y que necesito muchas visitas. Un dineral. Demasiadas sujeciones a una ordenación económica que tiene la autoexplotación como filosofía. Sobre mí (y mi espalda) recae la responsabilidad de afrontar la vida cotidiana. Llegó de sopetón, la vida adulta, y ya no se fue. No había entrenado los músculos para tanto peso y ahora recaigo lesionado y empiezo a encorvarme. Hacerse mayor es sinónimo de asumir responsabilidades ajenas.

A veces creo que la memoria está en la espalda. No hay osamenta que aguante el pavor que crean las proyecciones mentales.

Ante el peso, sólo queda el ritual. La certidumbre de la repetición, la comodidad de la rutina. La vida sosegada.

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