Opinión

Profesor honorario. Universitat de València
Los incendios forestales: problema estructural, reto coral

Imagen de archivo de las labores de los bomberos forestales en el incendio de la Vall d'Uixó. / Bombers Castelló
En las últimas décadas, el régimen de incendios forestales en España ha experimentado una transformación significativa, tanto en su frecuencia como en su intensidad y comportamiento. El último en la Sierra Espadán lo corrobora. Este fenómeno no puede interpretarse como una mera sucesión de episodios extremos, sino como la manifestación de un cambio estructural asociado a la interacción entre dinámicas climáticas, transformaciones socioeconómicas del territorio y déficits históricos en la gestión forestal. El cambio climático constituye uno de los principales impulsores del nuevo régimen de incendios. A todo esto, hay que añadir también causas antrópicas directas, no intencionadas o intencionadas, en algunos de los casos responsables de los incendios forestales.
Las causas de esta situación son complejas, pero bien conocidas. El cambio climático intensifica las olas de calor y las sequías prolongadas, generando condiciones propicias para incendios más virulentos. Al mismo tiempo, el abandono del medio rural ha favorecido la acumulación de biomasa (matorral, madera seca) que actúa como combustible, favoreciendo incendios de comportamiento más extremo. También la desaparición de la trashumancia que traía en los inviernos a la Sierra de Espadán. Del mismo modo se añaden factores humanos, ya sea por negligencias en la realización de tareas agrícolas, o por incendios intencionados.
Las consecuencias son múltiples y de gran alcance. En primer lugar, el impacto ecológico es devastador: pérdida de biodiversidad, degradación del suelo y alteración de ecosistemas que tardan décadas en recuperarse. A ello se suma la emisión masiva de CO2, que retroalimenta el cambio climático y agrava el problema a largo plazo. Pero quizá la consecuencia más preocupante sea la creciente amenaza para la población. En los últimos años, el fuego ha dejado de ser un fenómeno exclusivamente forestal para convertirse en un riesgo directo para los núcleos habitados, lo ocurrido en el de los Gallardos nos lo demuestra. La expansión de la interfaz urbano-forestal, unida al abandono de zonas rurales, ha creado un escenario especialmente vulnerable en el que la evacuación de poblaciones ya no es una excepción.
España, y en particular la Comunidad Valenciana, se enfrentan a un reto que no admite soluciones simples ni inmediatas. Los incendios forestales son ya una cuestión estructural que exige coordinación entre administraciones, inversión sostenida y una previsión a largo plazo. Solo mediante una combinación de prevención, gestión del territorio y adaptación al cambio climático será posible reducir su impacto y evitar que cada verano vuelva a padecerse la misma tragedia.
La adaptación al cambio climático exige igualmente la integración de herramientas de planificación basadas en evidencia, así como el uso de tecnologías de monitorización, modelización predictiva y sistemas de alerta temprana. La prevención también debe incluir, bajo nuestro punto de vista, actividades de educación y concienciación ciudadana, que ayude a reducir conductas de riesgo y promover una cultura de respeto hacia el entorno natural, son pasos esenciales en la prevención para el futuro. Además, la planificación urbanística debe adaptarse a este nuevo contexto, limitando construcciones en zonas de alto riesgo y estableciendo medidas de protección más estrictas para las zonas pobladas.
Como vecino y usuario de la Sierra de Espadán quisiéramos destacar y agradecer los trabajos realizados por las personas dedicadas a la extinción del incendio forestal de este verano, exponiendo su vida ante situaciones tan difíciles como se plantean durante los incendios forestales, por la orografía del terreno, tantas veces abrupta y la peligrosidad en si de las tareas frente al fuego, así como la solidaridad de los municipios e instituciones que acogen a las personas evacuadas de sus domicilios, en algunos casos instalaciones municipales como los polideportivos de Moncófar, Nules y Onda, o de índole religiosa como el Seminario de Segorbe, y de las instituciones como Caritas al prestar la ayuda alimenticia durante el tiempo que duró la evacuación de la población afectada.
En definitiva, los incendios forestales deben abordarse como un problema estructural (y estatal) que requiere respuestas sistémicas, sostenidas en el tiempo y fundamentadas en el conocimiento científico. Solo mediante una estrategia integrada que combine prevención, gestión adaptativa del territorio y políticas de resiliencia será posible mitigar sus impactos y reducir la vulnerabilidad de los sistemas socioecológicos para un futuro inmediato. Es sin duda un enorme reto, que requiere un gran esfuerzo de colaboración por parte de todos, administraciones y sociedad.
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