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Opinión | Trencar l'enfit

Isabel Olmos

Isabel Olmos

Subdirectora de Levante-EMV

Lorca mola, el abuelo no: sobre la hipocresía de la izquierda en la memoria histórica

Nos indigna no saber dónde está Lorca, pero nos cansa que alguien siga buscando a su familiar, sea quien sea. La memoria también se pierde entre la soberbia y el desprecio

Federico Garcia Lorca.

Federico Garcia Lorca. / Junta de Andalucía

Quien me lea habitualmente sabe que soy especialmente sensible a la memoria histórica. También por mi propia vivencia familiar: tengo un bisabuelo carabinero desaparecido en el frente en el 36 y un tío abuelo del que tampoco supimos nada desde final de la guerra. Tenía apenas 24 años. Los relatos familiares, las sobremesas y los silencios han construido también mi identidad. Llevo más de veinte años buscando expedientes e informes para reconstruir una historia que el franquismo nos había querido arrebatar. Y después de todo este tiempo hay algo que me resulta incomprensible: que el propio Estado se haya convertido demasiadas veces en un dique de contención para recuperar esa memoria. Más todavía cuando durante muchísimos años ha estado en manos de gobiernos socialistas y con otras formaciones progresistas con muchos valencianos en sus filas.

Ayer escuchaba en la SER a Emilio Silva hablar de Federico García Lorca. Casi noventa años después de su asesinato, todavía no se puede acceder libremente a la documentación que rodeó su detención y asesinato. Un expediente blindado por el Estado que quizás podría aportar alguna pista sobre dónde está el poeta.

Y está bien que nos desvivamos por Lorca. Que queramos saber quién lo mató, cómo y dónde están sus restos. Lo que me cuesta entender es que algunas de esas mismas personas resoplen de hastío cuando alguien habla de un fusilado de su propia familia. Que buscar a Lorca sea apasionante, pero buscar al abuelo, al bisabuelo o al tío abuelo parezca una obsesión. Como si hubiera muertos de primera y de segunda. Como si la memoria fuera admirable cuando pertenece solo a la Historia con mayúsculas.

En el Archivo Histórico de Defensa de Madrid se conservan miles de expedientes de juicios sumarísimos a valencianos. Si queremos saber quiénes formaron parte de los consejos de guerra en la València del 39, quiénes participaron en los fusilamientos o simplemente conocer qué les ocurrió a nuestros familiares, investigadores, periodistas y familias iniciamos un peregrinaje que cuesta tiempo y dinero.

En Castelló demostraron que se podía hacer de otra manera. El Grup de Recerca de la Memòria Històrica consiguió, gracias a un convenio con la Universitat Jaume I y la Diputación de Castellón, digitalizar los sumarios. ¿De verdad ninguna administración valenciana puede hacer algo semejante con el resto antes de que se los coman las ratas? La riada del 57 dañó muchísimo estos documentos y algunos están tan deteriorados que ya no pueden digitalizarse. Cuando desaparezcan no perderemos papeles viejos: perderemos nombres, testimonios, sentencias, delatores y fragmentos irrepetibles de nuestra historia.

Esta es también una de las grandes deudas de la izquierda de este país, sean partidos, militantes o simples votantes. Desde la soberbia, demasiadas veces se ha invisibilizado a quienes dieron su vida por la libertad. Cada vez que se decide que buscar a un desaparecido, un fusilado o un represaliado ya no importa, se arroja al cubo de la basura una parte de su lucha. Una lucha por unos derechos que hoy son también los nuestros. Por eso hay que digitalizar los expedientes y abrir los archivos. Todos. A investigadores, historiadores, periodistas, colegios, universidades y, sobre todo, a las familias. Porque cada expediente que desaparece y cada historia que dejamos de contar es una pequeña victoria del silencio. Y después de casi noventa años, ya hemos permitido demasiadas.

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