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Opinión | LA VELETA DE PAPEL

Federico

Federico Garcia Lorca.

Federico Garcia Lorca. / L-EMV

Hace noventa años asesinaron a Federico García Lorca y su cuerpo aún no descansa en un panteón digno de él. Esa fue la clara intención de sus asesinos, tanto de los matarifes que lo hicieron físicamente, como de los que lo ordenaron, y tuvieron éxito. A Federico lo mataron por ser poeta, dramaturgo y homosexual, pero él era más que sus particularidades.

Como a todo poeta, al verdadero Federico podemos rastrearlo en sus poemas, en su teatro. Aún está vivo, muy vivo dentro de ellos. Ahí fracasaron estrepitosamente sus verdugos y triunfó su genialidad. Lo mataron por ser pacífico, por estar enamorado, por su arte inconmensurable y por darle voz a los que estaban invisibilizados. Nunca fue partidista ni discriminó a nadie por su pensamiento, origen social o raza; fue amigo de quien quiso acercársele. No, no había ningún motivo para matarle (de hecho nunca lo hay). Lo importante era silenciar su arte. ¡Qué se callen coño!

No podían soportar esos salvajes (hoy también hay) que su fina pluma cantara a la vida, por que eso es lo que hace su obra, cantar a la vida, con sus defectos y con sus virtudes, intensamente viva. Como iban a tolerar los fascistas, cualquier fascista de cualquier tiempo, que se elevaran las diferencias a arte; que se expresara el amor con una intensidad difícilmente alcanzable; como iban a tolerar la defensa de la diversidad, la crítica a lo que ellos consideran sociedad establecida según sus cánones. ¡Mueran los intelectuales! ¡Muera la inteligencia! Eso siguen pensando.

Durante toda mi vida me ha acompañado Federico, junto a Roís de Corella y Kavafis, ellos fueron los que me abrieron las puertas a la escuela de la vida, me enseñaron a ver el mundo a través de la belleza, a amar desde la intensidad del acto, desde el deseo o recuerdo, incluso a gozar el amor pasional desde el desamor. Confieso que los envidio y muchísimo. Es muy difícil superar los versos de Federico, no hay mejor forma de describir un acto sexual que el de su “Casada infiel”: Aquella noche corrí / el mejor de los caminos, / montado en potra de nácar / sin bridas y sin estribos.

Me regalaron su “Romancero gitano” cuando era niño, fue mi libro de cabecera, la muleta de mis romances, la navaja de mis pasiones, y algunos de sus poemas, todavía me conmueven lanzándome por un torbellino de sentimientos difícil de controlar. Sí, los envidio, pero sobre todo, les admiro. A pesar de sus brutales ejecutores, Federico noventa años después vive, sigue viviendo en cada uno de sus lectores, en su teatro y para mí especialmente en su poesía. Gracias Federico.

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