Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Antonio López Heredia

Antonio López Heredia

Ex maestro, profesor de Gª e Hª de secundaria e Inspector de Educación jubilado

La ilusión del confort: cómo la sobreprotección desarma a las nuevas generaciones

Aumnos en un aula, en una imagen de archivo.

Aumnos en un aula, en una imagen de archivo. / María José López - Europa Press

Hace unos meses provocaron un enorme revuelo las palabras de un dirigente empresarial al criticar la fragilidad de algunos jóvenes trabajadores para afrontar la disciplina laboral. Le llovieron críticas por las formas, pero, en el fondo, su diagnóstico tocó una fibra incómoda: estamos educando a generaciones enteras sin herramientas para tolerar la frustración.

En los países nórdicos conocen bien este fenómeno bajo el término de los «padres curling»: adultos que van barriendo el terreno por delante de sus hijos para evitarles cualquier obstáculo, conflicto o dificultad. La idea puede parecer bienintencionada, pero sus consecuencias no lo son. Cuando un niño se acostumbra a que todo se negocia y a que su voluntad debe ser respetada en todo momento, el choque con el mundo adulto puede resultar devastador. Ni el mercado laboral, ni las relaciones personales, ni la vida real funcionan bajo esas reglas.

Tras décadas de ejercicio en las aulas y en la inspección educativa, he observado con preocupación cómo esta filosofía ha penetrado también en la educación primaria. Se ha producido una peligrosa confusión entre autoridad y autoritarismo, como si exigir esfuerzo, disciplina o conocimientos sólidos fuera una forma de coartar la libertad. Es justamente al contrario: la verdadera libertad de un ciudadano nace del conocimiento y de la capacidad para esforzarse y asumir responsabilidades.

Bajo el paraguas de metodologías de moda —aprendizaje por proyectos, gamificación o ABP— se ha instalado además un modelo que puede resultar atractivo sobre el papel, pero que a menudo adolece de una carencia fundamental: la evaluación objetiva. Por experiencia en la inspección, he podido comprobar cómo numerosos proyectos carecen de indicadores claros para saber qué han aprendido realmente los alumnos. Todo termina valorándose como «muy positivo», mientras se deja en segundo plano algo tan básico como comprobar los conocimientos adquiridos. Ahora llamados “saberes”. Se pretende formar pequeños historiadores, científicos o filólogos mediante actividades vistosas mientras algunos alumnos ya de quinto o sexto de primaria presentan dificultades de comprensión lectora. Y la lectura sistemática pierde espacio frente a una sucesión interminable de celebraciones, proyectos y actividades que reducen el tiempo dedicado a enseñar y aprender.

A esto se suma una formación del profesorado cada vez más desorientada. Cursos de didáctica rigurosa se sustituyen en ocasiones por talleres de dudosa utilidad académica, que otorgan los mismos créditos para los complementos salariales que otras formaciones centradas en materias de fondo. El problema no es que existan nuevas metodologías, sino que se incorporen sin una evaluación seria de sus resultados.

Es cierto que existe un malestar generalizado entre los docentes y que va mucho más allá de las ratios o de las condiciones laborales. Por muchas leyes educativas que se redacten, la realidad no cambiará si no afrontamos este debate. Corremos el riesgo de construir un sistema donde la complacencia sustituya a la excelencia y donde señalar las carencias de un alumno se convierta en un tabú.

La escuela pública es la herramienta más valiosa de una sociedad para garantizar la igualdad de oportunidades, nació para ser un gran ascensor social. Precisamente por eso me resulta doloroso verla perder rigor mientras algunos centros privados de élite mantienen una cultura basada en la disciplina, la lectura exigente, la evaluación y el esfuerzo.

Recuperar el rigor, la evaluación de calidad y el respeto a la autoridad docente no es un retroceso, sino una necesidad. Aceptarle todo al estudiante no es educarlo; es desarmarlo. Si renunciamos a la disciplina y al mérito para evitar cualquier frustración, dejaremos precisamente a los más vulnerables peor preparados para afrontar el mundo que les espera. ¿ Es eso lo que queremos?

Tracking Pixel Contents