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Opinión | Algo personal

València

Seguir de pobres

Los jornaleros de la miseria en 'Seguir de pobres', de Ignacio Aldecoa. Andar y desandar los caminos del hambre. Como hicimos en Francia cuando la emigración y como esa gente que hoy sufre el desprecio de quienes olvidan que fueron -y seguramente siguen siendo- más pobres que las ratas.

Jornaleros segando.

Jornaleros segando. / L-EMV

El verano cabecea hacia no se sabe dónde. Seguro que llega el frío de repente. Como también de repente una traicionera punta de hielo abrió en canal la fuerza del Titanic: así está el cambio, la ruptura con el clima de antes, el de las lluvias que nunca llegaban a destiempo, aunque de vez en cuando levantaran ampollas de la tierra. Como los incendios cuando había cabras en el monte y los algarrobos, olivos y otros aires del secano no dejaban así como así que las llamas avanzaran por su cuenta. Eran otros tiempos. Pero esos tiempos no eran como los que nos pintaban en la escuela, como los que se silenciaban en las casas de la derrota, como los que nos envolvían en el falso celofán de una patria heroica surgida, como todas las patrias, de la violencia y el miedo.

Otros tiempos, sí. Como los que escribe Ignacio Aldecoa en sus novelas ('Con el viento solano', 'Gran Sol', 'Parte de una historia'…) y sobre todo en sus cuentos. Un verano metido hasta las cachas en esos cuentos. Como a resguardo del calorazo insoportable. Sentir en sus páginas el olor del desamparo. La soledad de un país herido. El aliento poético de una escritura como ha habido muy pocas en la historia de nuestra mejor literatura. Y eso que murió joven, a los 44 años, en 1969.

En unas pocas páginas

Esta vez salió su nombre en una cena, hace unos días, al hilo de una conversación en que se hablaba de lo de ahora (ese odio extendido en un paisaje que tan absurda como interesadamente llaman polarización) y Carmen habló del libro que estaban leyendo en su Club de Lectura. Entonces dije que por qué en esos sitios casi nunca -o nunca- se lee a Ignacio Aldecoa. Y añadí que podrían empezar con dos de sus cuentos: 'La despedida' y 'Seguir de pobres'. Y aún dije más: que si se leyeran esos cuentos en el grupo, igual crecían las ganas de leer más, y no sólo de Aldecoa sino de otra gente que nunca encuentra un hueco en unas programaciones demasiadas veces influidas por el mercado editorial.

Ignacio Aldecoa y 'Santa Olaja de Acero'

Ignacio Aldecoa y 'Santa Olaja de Acero' / L-EMV

Tengo aquí varias ediciones de sus 'Cuentos Completos'. De uno de ellos, 'Santa Olaja de acero', escribí en 'Algo personal', el libro donde hablo de cincuenta escritores y escritoras que me ayudaron a amar la literatura desde que apenas levantaba dos palmos del suelo y ya trabajaba en el horno familiar todas las noches de mi vida. Ahí afirmaba: «Sé que Ignacio Aldecoa es uno de los mejores escritores que ha dado este país de medianías». Entonces leía tebeos y novelitas del Oeste, del FBI y de Ciencia-Ficción. Y un día -ya mucho tiempo después y por azar- encontré el nombre de Ignacio Aldecoa en la cubierta de 'Santa Olaja de acero', libro publicado por Alianza Editorial en 1968. Una locomotora. Los personajes confundidos en la oscuridad de un tiempo cegado por el humo de una posguerra que nadie entonces (ahora aún muy poco: como si algunas palabras siguieran prohibidas) llamaba dictadura.

Siempre me quedé -entre los relatos de ese libro que nunca he abandonado- con 'La despedida' y 'Seguir de pobres'. El primero: la vejez, el hombre que va a la ciudad para operarse, la mujer en la estación que sabe de lo difícil que es vivir lejos de todo y tan en silencio. Y tan solos. En apenas unas pocas páginas -sin ningún adorno superfluo, de esos que hoy tanto se estilan para alcanzar las tropecientas mil páginas o más de libros basura- se nos meten en vena el amor y la rabia, la esperanza y el desasosiego, el abrazo y la seguridad de que el de la estación será el último que el hombre y la mujer se darán en lo que les que quede de vida.

Rostros en la niebla

Los jornaleros de la miseria en 'Seguir de pobres'. Andar y desandar los caminos del hambre. Como hicimos en Francia cuando la emigración y como esa gente que hoy sufre el desprecio de quienes olvidan que fueron -y seguramente siguen siendo- más pobres que las ratas. Los cinco jornaleros que recorren las sendas polvorientas de una España rota: Zito Moraña, Amadeo, San Juan, Conejo y el Quinto, del que sólo en el momento de tirar cada cual por su lado supieron que se llamaba Pablo y que acababa de salir de la cárcel. Los jerarcas que repartían trabajo en las plazas de los pueblos, la amistad insobornable, la camaradería entre quienes respiraban el aire turbio de aquellos años cincuenta que nunca fueron como nos los contaban en la escuela.

'Con el viento solano' dirigida por Mario Camus.

'Con el viento solano' dirigida por Mario Camus. / L-EMV

«Están conmigo los montes… los últimos rostros prendidos en la niebla», escribe Carmen Castellote desde su exilio mexicano. Así los hombres en busca del tajo donde ganarse un jornal miserable: veinte días de siega que supondrán cuarenta y ocho duros según la calculadora mental de San Juan. Y la copla en la voz cantora de Zito para animar la comida: un trozo de tocino, pan y vino. La copla de Zito en una España más precaria que la salud del Quinto: «Al marchar a la siega / entran rencores / trabajar para ricos / seguir de pobres». Y ese momento último, tan rabiosamente conmovedor, cuando los otros entregan a un Pablo enfermo parte de su jornal para que una vez en la ciudad pueda acudir al hospital y que le quiten de encima la humedad tuberculosa de las cárceles en esa posguerra a la que nadie -o casi nadie- llama dictadura.

No sé si después de que ustedes lean esta columna veraniega -o en septiembre-les dará por acercarse a una librería y preguntar si tienen algo de Ignacio Aldecoa. Quién sabe. A lo mejor…

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