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Opinión

Lo pagamos todos

El centro de València en plena ola de calor.

El centro de València en plena ola de calor. / Miguel Ángel Montesinos

Cierto es que sopla un ligero viento del este que ofrece sensación de desahogo. Cierto es que los peores días de la ola de calor han pasado, con sus mediodías de más de cuarenta grados y sus noches tórridas por encima de veintiséis. Cierto es que son las diez de la mañana, cuando se marca la hora límite entre hacer deporte y jugarse la vida. Todo eso es cierto pero también lo es que a mediados de julio en la costa valenciana no hace clima para correr con pantalones largos y sudadera térmica. Verla me lleva a pensar en todas esas personas que, auspiciadas por iluminados, ponen en práctica teorías excéntricas. Y uno piensa en decirle “bonica, sin ese atuendo quizá correrías más pero sobre todo no pondrías en riesgo tu salud”. Pero claro, ni mucho menos abro la boca porque cualquier consejo a una mujer desconocida que no lo haya pedido me parece una agresión. Tampoco se lo hubiese dicho a un hombre.

Continúo a mi ritmo y pronto queda atrás, haciendo gestos de triunfo como si fuese Rocky tras subir la escalinata. Es entonces cuando uno piensa que la crítica a esa gente no es mala educación sino responsabilidad pública, defensa de lo que es de todos, de los marcos de convivencia que son el pilar de la democracia. Y me invade el sentido colectivo. Su supuesta excentricidad (que quizá responda a causa justificada que yo desconozco y opto por obviar) la pagamos todos porque esta gente que se pone en riesgo siguiendo las teorías de deslavazados mentales acaba en la sanidad pública, colectivizando su rebentón intelectual.

Esos que afirman que el sol no quema y que hay que achicharrarse en pleno verano, esos que aconsejaban lejía contra el coronavirus, esos que promocionan dietas extremas, esos que abogan por convertirse en virales dando un bofetón a un viandante… Defecar en piscinas públicas, la cicatriz francesa, desaparecer 48 horas, consumir medicamentos sin prescripción, comer pescado recién pescado a mordisco limpio, lamer tapas de váteres...

Todos esos (mayoritariamente hombres) y todos los que los siguen (mayoritariamente hombres) nos cuestan un dineral a la comunidad ¿Quizá la sanidad pública no debería atenderlos? Sería discriminatorio, por supuesto, pero quizá solo así se darían cuenta de que las consecuencias las pagamos todos.

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