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Opinión

José Miguel Martínez Castelló

José Miguel Martínez Castelló

Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

La democracia… se va, se va

Archivo - Bandera de Estados Unidos.

Archivo - Bandera de Estados Unidos. / EUROPA PRESS - Archivo

Hace unos días tuve el privilegio de visitar la Casa Museo de Salvador Dalí en Figueres. Adentrarse en el mundo de un genio como el artista catalán tiene sus peligros porque podemos caer en los menosprecios de siempre, ya que nos faltan herramientas interpretativas y formativas para comprender lo que tenemos delante. Iba sin expectativas, simplemente dejarme llevar por una de las mentes más atrayentes que nos ha dejado el siglo XX. Al poco de entrar comienzo a notar cierto revuelo, a ver caras de sorpresa, fotos que iban y venían para inmortalizar algo que había sorprendido. El cuadro en cuestión era uno de los más famosos, Gala contemplando el mar Mediterráneo que a una distancia de 20 metros se transforma en el relato de Abrahan Lincoln. Como bien indica su título, pintó el cuadro para crear una ilusión óptica en la medida que la figura de Gala se transforma de forma única en el rostro del líder americano. Demostró, de ahí su condición de genio, cómo la realidad cambia según la distancia y la perspectiva del espectador.

De pronto, comencé a buscar información sobre el cuadro y no daba crédito a las casualidades de la vida. Dalí pinto el cuadro en 1976, es decir, en el bicentenario de la independencia de EE. UU. y que Lincoln un siglo después reforzó a partir de la abolición de la esclavitud. Este año se cumplen, pues, 250 años de tal acontecimiento que no es otro que la presencia de la democracia en nuestras vidas. Lincoln representaba para Dalí la autoridad moral, la emancipación, la democracia y el valor de la libertad. Este cuadro es una descripción, si se me permite, de la debilidad del sistema político que nos hemos dado y la urgencia de amarlo y cuidarlo. En ocasiones, olvidamos lo que la democracia es capaz de aportar, la tenemos tan cerca, ante nuestras narices, que como en el cuadro de Dalí, la imagen de Lincoln, esto es, de la democracia se desdibuja. Tenemos que contemplar con ojos agradecidos y críticos lo que podemos perder.

Ya es curioso que, en 1915, en El Espectador, Ortega y Gasset publicara un breve artículo, “Se van, se van” en el que describe el paisaje norteño de España para demostrar que, como espectadores, la realidad se nos presenta dinámica, en constante fuga y cambio, al igual que el cuadro de Dalí. En ocasiones, más de las debidas, creemos que la democracia va a estar ahí, para siempre, esperándonos, y obviamos que es una realidad viva, y como tal puede morir y desaparecer de nuestra perspectiva. La democracia se va, se va, y no sabemos a dónde va a ir. Estamos dormidos, callados ante las tropelías diarias que contemplamos como de un cuadro se tratara, sobre todo, de los nuestros, de los que no nos atrevemos a poner en cuestión. Estaría bien que en todas las escuelas se trabajara ese Discurso de Gettysburg de folio y medio que pronunció el 19 de noviembre de 1863 en el campo de batalla: “Nosotros, los que vivimos, tenemos la obligación sagrada de continuar y terminar noblemente la obra que comenzaron los que aquí sucumbieron. Ahora nos corresponde a nosotros dedicarnos por entero a la gran empresa que todavía está inconclusa”. Esa tarea también es la nuestra para tener las agallas de señalar, sí, a unos y otros en su intento de apropiarse y de mancillar un modo de vida que nos habíamos dado y así evitar que no se vaya, sino que se quede desde nuestro compromiso y responsabilidad. El tiempo dirá si hemos cumplido o no con esa gran empresa.

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