Opinión | Opinión
Iciar Usandizaga y Carlota Sánchez-Guerrero
Todo lo que podrías tener compite contra todo lo que tienes
Hay una competición que ocurre todos los días y que hemos terminado por normalizar. De un lado están las cosas que tenemos. Del otro, todas las que podríamos tener. El problema es que las segundas juegan con ventaja.
El vestido que tenemos nos lo hemos puesto tres veces; el que acabamos de descubrir en Instagram todavía puede convertirnos en esa persona que imaginamos que seremos cuando nos llegue a casa. Nuestras vacaciones, por buenas que hayan sido, compiten con las de cientos de personas que parecen haber elegido siempre un destino mejor.
Lo real tiene defectos. Lo posible, todavía no.
Nunca habíamos estado expuestos a tantas posibilidades. Ahora ni siquiera hace falta buscar. El restaurante, el hotel, las zapatillas, la crema o el destino de vacaciones nos encuentran a nosotros.
¿Cuántas de las cosas que queremos hoy las queríamos antes de saber que existían?
Las redes sociales han convertido el mundo entero en un escaparate infinito. Lo curioso es que buena parte del tiempo que pasamos mirándolo lo llamamos «inspirarnos». Nos inspiramos para vestirnos, decorar nuestra casa o elegir el próximo viaje. Pero la línea entre inspirarnos y aspirar constantemente a algo nuevo es cada vez más fina.
Podríamos llamarlo fast inspiration: una exposición constante a cosas, lugares y vidas que no estábamos buscando, pero que podemos empezar a desear en cuestión de segundos.
No creemos que haya nada malo en querer cosas. Comprar también es disfrutar, estrenar hace ilusión y viajar es maravilloso. El problema aparece cuando todo lo que podríamos tener empieza a quitarle valor a todo lo que ya tenemos.
Lo vemos especialmente en la moda. Tenemos más ropa que nunca y seguimos pronunciando delante del armario el famoso «no tengo nada que ponerme». Ese armario, limitado y conocido, compite cada día contra miles de prendas perfectamente combinadas que todavía no tenemos.
Una camisa que lleva tres años en nuestro armario compite contra una que acabamos de ver perfectamente fotografiada y combinada. La primera ya la conocemos. La segunda todavía contiene todas las posibilidades. Quizá por eso resulta más fácil imaginar un look nuevo comprando otra prenda que mirando de otra manera las que ya tenemos.
Pararnos un segundo y preguntarnos si aquello nos gusta de verdad o simplemente nos ha gustado cómo quedaba en una vida que no es la nuestra. Si necesitamos algo nuevo o necesitamos volver a mirar lo que ya tenemos con un poco más de curiosidad y cariño.
Porque nuestro armario no empeora cuando vemos el de otra persona. Nuestra casa no se vuelve más fea cuando abrimos Pinterest. Y nuestras vacaciones no fueron menos especiales porque alguien haya pasado agosto en una cala que ni siquiera sabíamos que existía.
Lo único que ha cambiado es el punto de comparación.
Quizá consumir mejor no consiste únicamente en comprar menos. También consiste en conseguir que las cosas que elegimos mantengan su valor durante más tiempo. En volver a encontrar posibilidades en lo conocido. En dejar de tratar cada descubrimiento como una carencia.
Tenemos acceso a más posibilidades que cualquier generación anterior. Sería absurdo renunciar a ello. Pero también sería absurdo permitir que un catálogo infinito de vidas posibles nos impidiera disfrutar de la nuestra.
Porque todo lo que podrías tener seguirá compitiendo contra todo lo que tienes.
La cuestión es si tiene algún sentido dejarle ganar siempre.
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