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Opinión

Sin prisa

Concierto en los Jardines de Viveros.

Concierto en los Jardines de Viveros. / Germán Caballero

Quique González me baja la tensión, me ralentiza el diapasón interno. Inmerso en su último trabajo, no aspiro a nada, no espero nada, no ansío nada. Es una navegación placentera que aniquila las pretensiones. Preguntas sencillas. “A dónde van mis callejones. El remolino de gorriones, que sube por la espina dorsal ¿Serán verdad? ¿Serán rumores? Serán preguntas sencillas difíciles de contestar”.

Me apasionan esas personas que no tienen absolutamente ningún tipo de prisa. Y lo demuestran, sobre todo, al hablar. Quizá también al caminar pero es al hablar cuando presuponen la misma parsimonia en el interlocutor, al que imponen ritmo. Constantemente se acompañan de silencios que hablan mucho más que las palabras. Silencios que si no son bien interpretados por el oyente pueden acabar en desesperación. Las personas sin prisa son un peligro para el sistema hegemónico, que acelera para exprimir.

Las miro con admiración. Son, queriéndolo o sin quererlo, contraculturales. Mientras otros aceleran películas, series y podcast para verlos o escucharlos más rápido, perdiéndose los detalles y la comunicación de lo no verbalizado, ellas navegan, acompasando sus palabras y sus pensamientos. No hay atolondramiento. Son como los letreros de establecimientos cerrados para siempre, que te interpelan desde un tiempo detenido. Sin los objetivos comerciales que un día tuvieron. Desde la tranquilidad de quien habla sin esperar una reacción inmediata.

La palabra siempre conlleva significación pero esa significación cambia con el contexto que la envuelve. Los silencios forman parte de ese envoltorio y si los suprimimos desechamos una herramienta comunicativa de enorme riqueza. Uno no se da cuenta de la tranquilidad de su vida hasta que la pierde. Pasa lo mismo con la felicidad y con el silencio. Por eso la satisfacción aparece a menudo ligada al pasado.

Dicen que Francisco Brines hablaba con la tranquilidad de quien ya ha dicho en vida aquello que quería decir. Acostumbrado a crear belleza, se hacía esperar. Pausado, las ideas aparecían al ritmo lento que el físico también imponía a sus días. La pausa le permitía mostrar mejor su lucidez. “Vives ya en la estación del tiempo rezagado: lo has llamado el otoño de las rosas. Aspíralas y enciéndete. Y escuchacuando el cielo se apague, el silencio del mundo”.

La poesía necesita del silencio para ser. Debemos versar el presente.

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