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Opinión | Editorial

El Saler no puede esperar al próximo incendio

Administraciones, vecinos y expertos deben avanzar hacia un acuerdo estable que permita reducir riesgos y mejorar la capacidad de reacción

Sábado de trabajos en el incendio del Saler

Sábado de trabajos en el incendio del Saler

Cada incendio en el Saler obliga a formular dos preguntas. La primera es qué ha ocurrido y quién puede estar detrás del fuego. La segunda, no menos importante, es si se está haciendo todo lo necesario para proteger uno de los espacios naturales más valiosos y, al mismo tiempo, más vulnerables de València. La primera exige una investigación rigurosa. La segunda reclama prevención, planificación y capacidad de respuesta.

Si finalmente se demuestra que el último incendio fue provocado, corresponde investigar hasta el final, identificar a su autor y exigirle las responsabilidades previstas por la ley. Ninguna administración puede anticipar la conducta de quien decide deliberadamente prender fuego a un bosque. Resulta imposible saber quién actuará, cuándo lo hará o qué puede llevarle a causar semejante daño. Pero esa dificultad no puede convertirse en resignación.

El reto no es solo esclarecer el origen del fuego, sino conseguir que el Saler esté mejor preparado

Porque una cosa es no poder impedir todas las acciones intencionadas y otra muy distinta renunciar a reducir sus consecuencias. La obligación de los poderes públicos es precisamente anticiparse a los riesgos previsibles, mejorar la vigilancia, disponer de los medios adecuados y garantizar una respuesta rápida cuando la prevención no ha sido suficiente.

Y esa respuesta debe adaptarse al territorio que se pretende proteger.

El Saler no es un espacio cualquiera. A pocos kilómetros de una gran ciudad se encuentra uno de los principales patrimonios ambientales de los valencianos, integrado en el Parque Natural de l’Albufera: un bosque extraordinario junto al Mediterráneo, un sistema dunar de enorme valor y kilómetros de playas por los que cada año pasan miles de personas. Es también un territorio atravesado por carreteras y sometido, especialmente en determinadas épocas, a una intensa presión humana.

Pero el Saler no es únicamente un espacio natural. Allí también vive gente. Vecinos que conviven diariamente con un patrimonio natural excepcional, pero también con los riesgos que implica habitar en un entorno forestal especialmente sensible. Conviene recordarlo porque cualquier política de protección del Saler debe ser capaz de conciliar ambas realidades. Hay que preservar el bosque, las dunas, las aves y el paisaje que convierten esta parte de València en un enclave único. Pero también hay que garantizar la seguridad y la tranquilidad de quienes viven allí. Y desde hace tiempo algunos vecinos vienen reclamando mayor seguridad y una mejor protección frente al riesgo de incendio.

El último fuego no debería quedar reducido, por tanto, a la extinción de las llamas, la evaluación de los daños y el lento proceso de recuperación de la vegetación. Debería servir también para revisar con rigor qué puede mejorarse. Habrá que analizar si la vigilancia es suficiente y si puede reforzarse; si existen mecanismos para detectar antes cualquier conato; si los medios de extinción y los protocolos actuales responden adecuadamente a las particularidades de este territorio; si la coordinación entre administraciones puede perfeccionarse; y si determinadas actuaciones pendientes deben acelerarse.

Plantear estas cuestiones no significa atribuir a ningún responsable público la decisión de quien pueda haber provocado un incendio. Significa evaluar cada episodio, aprender de lo ocurrido y reducir al máximo los riesgos futuros. También será necesario abordar una cuestión de fondo que el Saler plantea desde hace décadas: cómo proteger un espacio natural extraordinariamente sensible sin olvidar que dentro y alrededor de él existe actividad humana. Esa presencia incrementa algunos riesgos, pero también puede formar parte de la solución. Los vecinos, trabajadores, visitantes y personas que conocen bien el entorno pueden contribuir a la vigilancia y a una detección temprana. Su experiencia debe ser escuchada e integrada en las políticas de prevención.

Por eso quizá ha llegado el momento de avanzar hacia un verdadero pacto por el Saler. Un acuerdo institucional estable, respaldado por las distintas administraciones y fuerzas políticas y abierto a vecinos, expertos y colectivos vinculados al parque natural. Un compromiso que establezca prioridades, inversiones, protocolos y mecanismos de seguimiento y que no dependa de quién gobierne en cada momento.

Sobre todo, un acuerdo que no nazca únicamente bajo el impacto de las imágenes del último incendio para desaparecer cuando el fuego deje de ocupar titulares. El patrimonio natural exige políticas de largo recorrido. El Saler tardará años en recuperar lo perdido en apenas unas horas. Ese tiempo debería servir también para reforzar su protección.

Porque el próximo incendio puede ser imposible de prever. Lo que no puede ser imprevisible es la respuesta.

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