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Opinión

Patrono de Fundación por la Justicia

La solidaridad es compromiso

Personas "sintecho" en la ciudad de València.

Personas "sintecho" en la ciudad de València. / Germán Caballero

El Día Internacional de la Solidaridad, 31 de agosto, pretende reconocer el derecho que todos tenemos de vivir una vida digna, así como de ser más compasivos con los demás. La vida de los hombres se centra en valores, como el de la solidaridad. Y para ello hay una manera de lograrlo, no resignarnos y, también, conservar el valor de la solidaridad. La solidaridad, nos compromete, como principio necesario y organizador de la democracia.

¿Cómo es posible aceptar que una parte de la población viva en condiciones de miseria al lado mismo de nuestras casas sin querer conocer esta realidad? En nuestras ciudades siguen situaciones que no queremos ver, que se ignoran. Es la realidad de “los nadie”, que dijera Eduardo Galeano, “que no son, aunque sean”. Son los invisibles a nuestros ojos. Personas adultas, familias con menores que viven en estructuras temporales, fábricas en desuso o locales abandonados, próximos a la ciudad, donde gran parte de la población duerme cómodamente.

Tratemos al semejante como desearíamos que a nosotros nos hubieran tratado. La Agenda para el Desarrollo Sostenible, insta a resolver los problemas de la insolidaridad antes de 2030. Es un imperativo de los derechos humanos tratar a los necesitados con la dignidad que merecen. La responsabilidad de las Naciones Unidas no excusa la nuestra. Que el Día Internacional de la Solidaridad no sea una celebración más, sino que nos comprometa a todos.

Debe ser mediante la solidaridad como se recupere el ejercicio de la función pública, para aportar el componente necesario que permita vencer las dificultades que hoy alarman a todo el tejido social. Responsabilidad social que no se improvisa, ni se implanta sin un esfuerzo colectivo. Como aventuraba León Tolstoi, “no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, si ve que, a su alrededor, todos las aceptan”. De esta manera es menester reconocer la exigencia de la solidaridad humana, que desde Fundación por la Justicia reivindicamos.

Por ello, resulta imprescindible apelar a la responsabilidad compartida, para plantear soluciones reales a la crisis de solidaridad. Es un imperativo de los derechos humanos tratar a las personas con la dignidad que merecen. La justificación de cualquier discurso que ignore los derechos humanos desautoriza a quienes pretenden utilizarlo. Este tipo de explicaciones ha sabido insertarse en un escenario de crisis de solidaridad.

¿Cómo, acaso, puede volver a ser la sociedad solidaria, si el valor principal del comportamiento ejemplar es desatendido? ¿Qué tan difícil es que cada cual cumpla con sus responsabilidades, y se denuncien los posibles incumplimientos de solidaridad? Adela Cortina advierte que la ética es indispensable para la vida, que hay que buscar remedio en la ética para vencer a la enfermedad de la insolidaridad social. Hace falta una reflexión social sobre qué valores valen la pena, y cuáles no. La solidaridad social como uno de los fundamentales. Hoy ya no se puede, o no se debe, ser espectador impasible. El tiempo del silencio ha concluido.

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