Opinión
El navío
No puedo dejar de preguntarme cómo un incendio advertido casi desde su comienzo, con cerca de un centenar de avisos de vecinos y un parque de bomberos a pocos minutos, pudo crecer hasta obligar a evacuar el pueblo de El Saler

Los cañones funcionando con el incendio en la Devesa del Saler al fondo / Levante-EMV
Desde hace unos días no puedo dejar de pensar en un barco. No sé demasiado de barcos. Tampoco sé demasiado de incendios forestales, de puestos de mando avanzado, de la UME o de cómo se organiza a decenas de personas cuando un bosque comienza a arder. Supongo que, por eso, cuando el incendio de la Devesa llegó tan cerca de El Saler, hice lo único que sé hacer con alguna perseverancia: preguntar. Preguntarme, por ejemplo, cómo un incendio advertido casi desde su comienzo, con cerca de un centenar de avisos de vecinos y un parque de bomberos a pocos minutos, pudo crecer hasta obligar a evacuar el pueblo. Preguntarme si quienes dirigían el operativo sabían que el viento iba a cambiar. Aemet, según hemos sabido después, lo había anunciado. Y si lo sabían, preguntarme qué significa exactamente saber que el viento va a cambiar. Porque quizá una cosa sea disponer de una información y otra muy distinta saber qué hacer con ella.
Es entonces cuando aparece el barco. Platón imagina en la República un navío bastante extraño. Su propietario es fuerte, pero no sabe demasiado de navegación. A su alrededor, los marineros se disputan el timón. Cada uno piensa que debería gobernarlo, aunque ninguno ha aprendido realmente el arte de navegar. Intrigan, persuaden, se enfrentan entre ellos, y mientras todos discuten acerca de quién debe mandar, aquel que Platón llama el verdadero piloto parece un personaje inútil. Lo curioso es cómo lo describe. El verdadero piloto, dice, tiene que prestar atención a las estaciones del año, al cielo, a los astros y a los vientos. A los vientos.
Desde el jueves esa palabra se me ha quedado ahí. No pretendo saber si el dispositivo de extinción actuó correctamente. Sería absurdo que yo, que tendría serias dificultades para organizar a cuatro amigos para una cena, pretendiera explicar desde una columna de periódico cómo se organiza una cuadrilla de bomberos frente a un incendio forestal. Sé, además, algo que conviene no olvidar: mientras yo me hacía preguntas, había personas entrando en un bosque en llamas. De su valentía no tengo ninguna duda. Tampoco creo que haya dinero suficiente para pagar a alguien por acercarse al lugar del que los demás estamos intentando alejarnos. Pero quizá precisamente por respeto a ellos haya que seguir preguntando.
Los sindicatos de bomberos forestales han cuestionado estos días la organización del dispositivo. Han hablado de unidades especializadas infrautilizadas, de falta de personal y de cuerpos municipales sin suficiente formación específica en incendios forestales. Los vecinos han preguntado públicamente por la coordinación y por el cambio de viento. También hemos sabido que un plan aprobado en 2017 preveía extender los sistemas de protección contra incendios al pueblo de El Saler y que, nueve años después, aquella protección continúa sin completarse. Yo no sé cuál de todas estas cosas explica lo ocurrido. Tal vez ninguna por separado. Tal vez todas un poco.
Gobernar un barco no consiste únicamente en aparecer cuando comienza la tormenta. Consiste, quizá, en haber mirado antes el cielo
Y vuelve entonces el navío. Porque uno empieza a sospechar que gobernar un barco no consiste únicamente en aparecer cuando comienza la tormenta. Consiste, quizá, en haber mirado antes el cielo; en comprobar que hay suficientes marineros, que conocen su oficio, que el casco está en condiciones, que los instrumentos funcionan. Consiste incluso en haber pensado qué hacer si el viento, como hacen los vientos, cambia.
Durante la DANA de 2024 pensé mucho en la solidaridad. Vi aparecer algo extraordinario: miles de personas dispuestas a ayudar a desconocidos. Pero también pensé que la bondad no organiza por sí sola una ciudad. Podemos llenar el barco de personas valientes y generosas y, aun así, necesitamos saber quién conoce las corrientes, quién observa el cielo y quién debe decidir hacia dónde se mueve el timón.
Platón llamó justicia, entre otras cosas, a que cada cual ocupara el lugar para el que estaba verdaderamente preparado. No tengo claro si es adecuado aceptar hoy todo lo que Platón entendía por ello. Seguramente no. Pero hay algo inquietante en aquella vieja imagen: los marineros de su barco estaban tan ocupados disputándose quién debía gobernar que habían terminado confundiendo el arte de conseguir el timón con el arte de navegar.
Es posible que dentro de unos días sepamos quién inició el incendio. Las primeras investigaciones apuntan a que pudo ser provocado. Quizá encuentren al responsable, quizá puedan demostrarlo y quizá sea condenado. Y sentiremos, con razón, que se ha hecho justicia. Pero espero que entonces no dejemos de hacer preguntas. Porque saber quién prendió el fuego nos dirá quién prendió el fuego. No nos dirá necesariamente por qué una Devesa que conoce incendios desde hace décadas sigue esperando algunas de las medidas previstas para protegerla. Ni por qué los profesionales especializados denuncian falta de personal o infrautilización. Ni qué ocurrió cuando cambió el viento. Ni quién decidió qué debía hacerse. Quizá todas esas preguntas tengan respuestas perfectamente razonables. Ojalá sea así. Yo, de momento, sigo mirando aquel barco y preguntándome no quién merece el timón, sino algo bastante más sencillo: quién sabe navegar.
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