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Opinión

València

Ron Gourlay, ¿por qué nos avergüenzas?

Ron Gourlay en las oficinas del Valencia CF

Ron Gourlay en las oficinas del Valencia CF / Fernando Bustamante

El cierre del mercado de fichajes no pudo ser más vergonzoso para el Valencia CF. Ni siquiera hubo suspense. Ni una última maniobra. Ni un intento desesperado por corregir las carencias evidentes de una plantilla que agoniza. Nada. Como si las cosas fueran bien, como si el equipo estuviera compitiendo por Europa y no instalado en la cola de la clasificación, las oficinas del club apagaron las luces dos horas antes de que terminara el mercado. Y, Ron y Solis, se fueron a casa. Debían estar satisfechos. O, al menos, eso dieron a entender. ¡Chicos, habernos engañado y quedaros hasta las doce!

Los valencianistas estamos desconcertados. Llevamos años soportando decisiones incomprensibles, promesas incumplidas y viviendo temporadas cada vez más alejadas de lo que algún día fue el Valencia CF, porque sí, el Valencia CF se desangra deportivamente y los que tienen la responsabiidad de tomar decisiones parecen vivir en una realidad paralela. Una vergüenza. No nos merecemos esto.

Desde que Peter Lim compró el club, la deriva ha sido tremenda. El Valencia CF ha pasado de pelear por jugar la Champions -sí, parece que hablamos de otro siglo, pero no- a acostumbrarse a mirar hacia abajo en la clasificación. De ser un equipo que aspiraba a todo, a estar en la cuarta jornada con un solo punto y con el miedo al descenso instalado demasiado pronto en el cuerpo. Y ojo, que el domingo llega el Barça.

Cuando algo empieza mal, salvo que haya un volantazo, normalmente acaba mal. Y esta Liga ha empezado mal. Muy mal. Mestalla dictó sentencia en la primera jornada. En un día que debería ser una fiesta, el ambiente fue raro, rarísimo. ¿Cuándo se ha visto que una grada pida la dimisión del entrenador en la primera jornada? Pues cuando el club, por cabezonería, decide renovar a un técnico cuestionado por su propia afición y con eso convertir los partidos de local en un campo de minas. Ron Gourlay debería saberlo. Aunque quizá no quiera saberlo.

El valencianismo no quiere a Corberán. Y no es únicamente una cuestión de resultados. Es que, a estas alturas, seguimos sin saber a qué juega este Valencia CF. No se percibe una identidad reconocible, no se ve un equipo capaz de competir con regularidad y tampoco parece que el mister sepa cómo sacar rendimiento a una plantilla que, por mucho que tenga limitaciones, no puede ser tan mala como la que estamos viendo sobre el terreno de juego.

Eso sí: que nadie me malinterprete. Los futbolistas también tienen una responsabilidad enorme. Muchísima. La falta de competitividad, de intensidad y, en algunos momentos, de orgullo resulta difícilmente justificable. Un jugador del Valencia CF debería saber perfectamente qué significa ponerse esta camiseta.

Pero sí, es Corberán quien pone y quita jugadores. Es quien diseña el equipo. Es quien debe encontrar soluciones cuando las cosas no funcionan. Es quien participa en la planificación deportiva y quien, supuestamente, señala las posiciones que necesitan refuerzo. Si lo ha dicho, parece que no le han hecho caso y debería rebelarse porque él va a ser la diana; y, si no lo ha hecho por estar agradecido por la renovación, lo pagará más pronto que tarde con su destitución porque es el dardo más fácil.

El problema es que, quien debe decidir el próximo entrenador, no sabe fichar, que Dios nos pille confesados.

Este verano el Valencia no ha actuado como un club que pretende alcanzar los objetivos que él mismo ha vendido. Se nos habló de Europa. Se nos invitó a soñar precisamente en una temporada simbólica: la última del viejo Mestalla. Y mientras comprábamos el discurso, renovábamos los abonos y volvíamos a ilusionarnos, el club repetía acciones y, lejos de hacer una limpia de plantilla, la hacía aún más mediocre.

Este Valencia CF necesitaba fichar para mejorar de verdad, completar posiciones, aumentar la competitividad y añadir calidad. Pero no, en las oficinas se instaló la comodidad y una especie de resignación institucional. Una cultura del mínimo esfuerzo. Como si el simple hecho de evitar males mayores fuera ya un éxito. El Valencia CF no nació para sobrevivir. Nació para competir. Para jugar en Europa y disputar títulos pero, gracias a Lim, la pregunta es si habrá plantilla suficiente para salvarse. Ron Gourlay tiene una responsabilidad directa en todo esto. Y por eso la pregunta del título no es retórica. Ron, ¿por qué nos avergüenzas? Permiteme que te diga que tenías la obligación moral de hacer algo especial en la despedida de Mestalla. Construir un equipo digno, competitivo y reconocible. No lo has hecho y el mercado ya está cerrado. La suerte está echada.

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