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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

El corazón de las metrópolis

La progresiva despersonalización por el cierre de comercios locales dificulta la identidad urbana

Recreación de la nuevas terrazas proyectadas para la plaza del Ayuntamiento de València.

Recreación de la nuevas terrazas proyectadas para la plaza del Ayuntamiento de València. / Levante-EMV

A los paseantes les sorprende la constante desaparición del comercio local. Dos tiendas al mes cierran para siempre, de media. Los mejores locales son pasto de las franquicias; los demás acabarán en el catálogo de los alquileres turísticos. Pasa en casi todas las grandes ciudades, pero eso no sirve de consuelo ante la progresiva despersonalización de las metrópolis. Resulta difícil contener un mercado desbocado cuando los propietarios reciben ofertas que hasta hace poco parecían inimaginables. Quizás por eso, por la resistencia frente a tanta uniformidad, siguen teniendo tanto éxito los puestos ambulantes de las playas o los mercadillos estivales.

Complicado se antoja revertir esa decadencia urbana, aunque siempre aparece algún valiente. Es el caso del nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, que se ha propuesto proteger los famosos pubs con una rebaja del 20% de los impuestos locales que gravan estos establecimientos. Para el laborista, hasta hace poco alcalde metropolitano del Gran Manchester, su propio partido había infravalorado la contribución de estos negocios al «corazón y el alma» del país. Hay algo tranquilizador en un gobernante que decide ocuparse también de los lugares donde la gente toma una cerveza, escucha música, charla con los vecinos o simplemente deja pasar el tiempo. Veremos cuánto dura Burnham, pero prestar atención a esas cosas que sostienen la vida cotidiana inspira más confianza que muchas de las grandes proclamas.

El paisaje comercial siempre ha explicado las ciudades. Ahora proliferan los salones de uñas, como antes llegó el boom de las tiendas de vapeo y, años atrás, el de los comercios de informática. Hubo incluso calles especializadas: la de los zapatos, la de los bolsos, la de los electrodomésticos. No sé si una cierta afición etnosociológica permite equiparar el pub inglés con nuestras cafeterías y sus terrazas, pero basta contemplar la desoladora imagen de la actual plaza del Ayuntamiento para entender de qué hablamos.

Podemos discutir sobre bocetos urbanos, pero con las ciudades puede ocurrirnos lo mismo que con las fotografías de las habitaciones de hotel. Con la diferencia de que del hotel nos marchamos al cabo de unos días; en la ciudad vivimos. Las mejores ciudades son las más cómodas para quien las habita. Las que conservan comercios, bares, mercados, librerías, terrazas y lugares donde todavía suceden cosas. Las que renuncian a convertirse en una postal porque prefieren seguir estando vivas.

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