Opinión
La ciudad como mercancía
València ya es una enorme mercancía, un bien manufacturado de consumo más, aunque ahora la carcoma mercantil penetre en sus intestinos, en su domesticidad más íntima

Turistas en bicicleta, en el centro de València. / Ana Escobar / EFE
El que Valencia esté desapareciendo no es ninguna novedad para los habitantes de la urbe que la pisan a diario. Desde los finales finalísimos de Rita, durante todo el Botànic, y ahora mismo, contemplamos con ojos de folios líricos como se esfuman hasta sus mitos más cercanos y hasta sus prosas más callejeras. La ciudad ya es una enorme mercancía, un bien manufacturado de consumo más, aunque ahora la carcoma mercantil penetre en sus intestinos, en su domesticidad más íntima, a diferencia de la tradicional metamorfosis producida en la ciudad por el viejo capitalismo especulativo, el del suelo y la construcción en su superficie. Replicarán enseguida los contrarios: cosas de la época, al fin y al cabo la ciudad resulta de una acumulación de etapas, capas y cicatrices. Si, claro, las ciudades se enroscan sobre sí mismas y crecen al compás de un proceso evolutivo constante, más o menos sosegado, no cabe duda. Pero lo que hay ahora es distinto: el proceso corroe las tripas, atraviesa los hogares con pantunflas, y su ritmo gangrenante es de una mutación intensa y acelerada sobre unos usos que, en sus rasgos profundos, han perdurado durante siglos. No hay un cambio en la ciudad “externa” sino en la “interior”. De puertas hacia adentro. Su agonía es orgánica, no está en la superficie, aunque después se desparrame en la calle mediante shorts y chanclas.
A Valencia no se la ha protegido en los últimos años. Protegemos el bosque, protegemos los mares, protegemos los insectos, las aves, el arte, las costumbres, los monumentos, pero no protegemos la ciudad en sí: la ciudad como espacio de sociabilidad vecinal en torno a una iconografía singular. Es decir, existe una ideología de la protección de la naturaleza, que ya es transversal y que comparte la política y la ciudadanía, pero no existe una ideología de la protección urbana, de la conservación identitaria y específica. Y es muy torpe discutir sobre los dilemas del tráfico rodado, sobre la recuperación de los barrios azotados por la marginalidad, sobre los distintos ornamentos callejeros, sobre los árboles como seres inimitables capaces de disminuir los nuevos calores climáticos, sobre la siempre escasa policía o sobre el saludo alegre a los okupas incendiarios (Benicalap) cuando lo que de verdad está en juego es la ciudad en sí misma, que ya se funde bajo nuestros pies. Se comprenderá que sin el objeto de la discusión se ha acabado la discusión. Que es bobo discutir sobre los elementos afiligranados que componen una cosa cuando es la cosa la que se extingue súbitamente. Primero habrá que ponerse de acuerdo en cómo salvarla de la precipitada conversión en una mercancía con valor de uso y de cambio y, después, ya trasladada desde la UCI a la habitación correspondiente, empezar de nuevo con la embriaguez que provoca la guerra de alfilerazos en la clase política. Porque que el Cap i Casal mute su naturaleza para encontrarse con una infinita fila de habitáculos de pernoctación fugaz y aleatoria a cincuenta o cien euros la noche y que en paralelo se cree por tanto una ciudad-dormitorio exterminadora del vecindario y de los comercios -hoy reconvertidos en habitaciones de alquiler- solo parece desasosegar a una parte de los actores políticos cuando debería angustiar a su totalidad. Quizás haya quién aún esté imbuido del falso espíritu economicista según el cual cada época tiene sus características inevitables. Pero eso es como agarrarse a la convicción de que existe una ley inexorable que está por encima de la voluntad del personal, negando que la política esté en condiciones de componer o recomponer la realidad. La resignación es la antipolítica. Y es el menú de los nuevos reaccionarismos.
El otro día contemple, perplejo, cómo había subsistido una tienda añeja dedicada a la venta de ropa de trabajo situada en la calle Bolsería -o Bosseria-, anclada allí toda una vida, y rodeada por todas partes menos por una de bicis de alquiler y del ramaje habitual de la hostelería turística y los souvenirs. El aluvión de cierre de comercios en los últimos quince años constituye el mayor genocidio estético/mercantil ejecutado en Valencia con la venia de las autoridades. La eliminación de ingentes masas de tiendas sin protección alguna, dejadas a su suerte y a la suerte del mercado (ni se legisló, ni se les incentivó, ni se les defendió: el Horno de San Nicolás, el más antiguo de Valencia, con 300 años de historia, cerró porque no pudo asumir las exigencias de la nueva normativa de reformas y de sanidad, no hubo excepcionalidad, ni ayuda) constituye una de las mayores indecencias perpetradas por los llamados defensores de la memoria, defensores de la naturaleza, defensores de la sociabilidad, defensores de la solidaridad vecinal y defensores de muchos otros etcéteras del catálogo. ¿De verdad creen los restos del Botànic y los partidos gobernantes que con plantar arbolitos para frenar el cambio climático y adecentar San Vicente, o hacer o no hacer un carril en el nuevo parque, se cubre el expediente cuando lo que está en juego es la redención de Valencia, su regeneración a fin de que no quede convertida en un territorio únicamente destinado a las pernoctaciones pasajeras? ¿Y no pide esa cruda metamorfosis, que señala un antes y un después, un pacto de salvación urbana?
De acuerdo. La alcaldesa Catalá intenta detener la destrucción de la ciudad (la ciudad, insisto, como ámbito para la construcción de vida, y de vida social, como tránsito de convivencia, como refugio de apoyos mutuos, como legitimadora de identidades colectivas, de pertenencia a un lugar: todo lo que se pierde con la mercantilización de la domesticidad) imponiendo medidas coercitivas, así a los paseantes en bañador como a los cruceros, o regulando los puestos de souvenirs en los mercados públicos, y más cosas, aunque no sé si hay suficientes inspectores para cerrar las 'pensiones' ilegales, el alquiler de habitaciones sin los permisos correspondientes o los pisos turísticos desbocados (y poner orden en las terrazas de las cafeterías en su insistente expansión que cierra el paso al paseante). Lo mismo sucede con Borja Sanjuan y Papi Robles, quienes se revuelven contra ese estado uniformizador, que abate a las ciudades y abate a Valencia, o las ordena según unas reglas meramente especulativas, devoradoras del interior de los hogares. ¿Es suficiente? Las circunstancias diarias, y las elecciones próximas, quizás dificulten una toma de distancia razonable para analizar en profundidad el fenómeno demoledor que vive Valencia y que afecta a su médula. La drástica alteración de esa estructura doméstica exige consensos cauterizadores o la clase política se enfrentará al dilema de transferir un legado vulgar, franquiciador y sombrío a las nuevas generaciones. Hasta el hijo de Aznar, sirva como signo refulgente, promueve 46 pisos turísticos o habitaciones de alquiler en un edificio antiguo de Valencia. La llamada de la selva. La imposibilidad de luchar contra la ciudad/mercancía por separado -dada la potencia de los mercados en su inercia monopolizadora- convoca irremediablemente a la clase política a un pacto emancipador que sortee su fragilidad. O César o nada.
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