23 de junio de 2019
23.06.2019

Así de grande es la pilota

Un monumental Soro III aguanta la presión ambiental y conquista su sexto título individual en una de las finales más hermosas que se recuerdan en los 150 años de vida de Pelayo (60-55) - Genovés II roza la remontada que inmortalizase a su padre en 1995

23.06.2019 | 04:15
Así de grande es la pilota

Siglo y medio de vida tiene Pelayo. Ciento cincuenta años de historia épica escrita bajo el influjo sentimental de la lírica. Se han compuesto las más bellas sinfonías pero un servidor no recuerda tanta belleza y pasión, no recuerda composición tan hermosa como la vivida cuando Jose remontó el 40-55 y puso la igualada en el marcador.

Todo parecía calcado de la final de las finales, aquella del 95.
Habíamos vivido alternativas, dudas de unos y otros; el marcador había señalado un 40-30 a favor de Jose sin que por ello se perturbara el ánimo de Soro. Cuando la eficaz sobriedad de Quico puso tierra de por medio algunas tímidas voces lanzaron al viento aquel «Paco, Paco, Paco», con el nombre de su hijo. Era el desesperado intento de elevar la moral del pelotari amado, del que « s'ho mereixia». Ganó el juego y puso un 45-55. Había esperanzas. Ganó el juego siguiente, con los compases más bellos de su obra, golpes de izquierda, de manró, de volea, de rebot. Y la timidez inicial se convirtió en un unánime coro que «in crescendo» acompañaba cada una de sus notas musicales. Con la igualada a 55, temblaron los cimientos de Pelayo. Era posible culminar la remontada exactamente igual que aquella mañana de Sagunt. Jose animaba a la afición y la afición le respondía con una locura de amor que se gritaba a los vientos y que, con toda seguridad, retumbaba en el cerebro de un rival que parecía tocado, derribado por una presión ambiental a la que nunca antes había sido sometido. Con la igualada a 55 se llenaron las losas de almohadillas€Es el gesto jubiloso de la afición a este deporte. Los pelotaris se abrazaron antes de iniciar el último y definitivo verso de este poema entre la épica y la lírica. Aquí las faltas las da el propio jugador; aquí no hay engaños ni simulaciones contra el espíritu deportivo. Aquí hay verdad y caballerosidad. Estamos en un deporte que enaltece la condición humana. Uno u otro sabían que iban a morir en unos minutos. La sinfonía musical tendría un final trágico para uno de de los dos. Se perdieron un par de minutos recogiendo las almohadillas, seguramente el tiempo suficiente para que uno, Jose, asimilase tantas muestras de cariño, como nunca antes había vivido. Y sus sentimientos se sintieran plenos, lleno de tanta estima que pudiera ser el premio deseado. Quien sabe si se sintió suficientemente correspondido. Tiempo también para que Soro, que iba hacia el «dau», respirase, y tomara conciencia de que allí no había lugar para que el último verso lo escribiese su rival. Remató la partida con un soberbio golpe desde el «dau», irrestable incluso para la izquierda de Jose.

Cayó en el suelo y veíamos su estómago respirar agitado por los lloros de la emoción. Toda la presión vivida en el último cuarto de hora explotó en la losas de la catedral del más hermoso de los juegos de pelota. Levantó los brazos al cielo, lanzó su mirada que traspasó la blanca cubierta y fue correspondida, seguro, por la sonrisa del abuelo Pena. Corrió a abrazar a su padre. Esa fusión fue eterna. Tanto sufrimiento merecía el mayor gesto de amor con quien más sufre. Y entonces, se oyeron los gritos de ¡Quico, Quico, Quico!. No, no había estado solo.
El trinquete que cinco minutos antes se volvía loco con su amado Jose, respondió con una cerrada y sincera ovación al hexacampeón. Así de grande es la pilota.

Sus primeras palabras para la televisión no pudieron ser ni más bellas ni más justas con lo que allí se había vivido. Siempre elegante, siempre respetuosamente sincero, Quico demostraba su altura, su dignidad en el más digno de los deportes. Ciento cincuenta años y una fecha, la de ayer, en la que se escribieron las más bellas estrofas que alguien pueda soñar.

Soro III es el campeón. El destino quiso premiar a quien tanto sufrió por cumplir con el ingrato papel de emborronar el poema soñado por Paco. A Jose le quedará grabada la música del coro que unánime lanzaba a los vientos de la historia su nombre€como nunca antes habian oído las murallas que contemplan el más bello de los juegos.

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