30 de marzo de 2008
30.03.2008

50 Aniversario

Los últimos de Cabo Jubi

30.03.2008 | 01:00
José Tortajada, Octavio Ten, Enrique Sans, José Clemente, el coronel retirado José Bellés, Vicent Penadés y Antonio Azorín.

Los valencianos que combatieron en la última guerra que libró España se resisten a que su odisea en el desierto pase a la historia como «la Guerra olvidada»

Rafel Montaner - Valencia

«Mira, este soy yo, y detrás de mi el infinito, el desierto...», dice José Clemente mientras enseña una foto de hace 50 años en la que aparece un soldado en medio de la nada del inmenso Sahara. Hace medio siglo, centenares de jóvenes valencianos como Clemente fueron enviados a las ardientes arenas del desierto para combatir en la última guerra librada por España en África: la Guerra de Ifni y del Sahara.

Pertenecían al Batallón expedicionario del Regimiento de Infantería Guadalajara número 20, con sede en los cuarteles de la Alameda de Valencia, y eran unos 700 soldados de la quinta del 56 que, tras dos meses sacando el barro que la ríada de 1957 había dejado en el Cap i Casal, fueron embarcados en un buque rumbo a un destino desconocido al que en teoría iban «de maniobras».

En los seis meses que duró aquel conflicto colonial, que para el régimen franquista oficialmente jamás existió, murieron 300 españoles y otros 500 resultaron heridos. La mayoría de las víctimas eran soldados de reemplazo escasamente preparados y mal armados que fueron acosados por un Ejército de Liberación formado por miles de guerrilleros marroquíes. Aquellos hombres perfectamente adaptados al desierto, de los que todavía hoy se desconoce cuantos cayeron en combate, estaban liderados en la sombra por el entonces príncipe Muley Hassan, quien cuatro años después subiría al trono alauí como Hassan II.

Los enfrentamientos estallaron en noviembre de 1957 y concluyeron el uno de abril de 1958 con la firma de un tratado secreto firmado en la ciudad portuguesa de Angra de Cintra por el que España entregaba a Marruecos su colonia de Cabo Jubi -la actual Tarfaya- y cedía tácitamente todo el territorio de Ifni. Esto suponía abandonar todas las posesiones españolas en la zona sur del desaparecido protectorado marroquí, a excepción de la ciudad de Sidi Ifni, de la que finalmente se arriaría la bandera 11 años después.

Hoy, cuando pasado mañana se cumplen 50 años justos de aquel esperpéntico armisticio que puso fin a una contienda que nunca se declaró, aquellos jóvenes valencianos que como Clemente combatieron el hambre, la sed y el siroco -el viento del desierto-, se resisten a que su odisea en el Sahara pase a la historia como la Guerra olvidada. Este combate, el de la memoria histórica, es el que ahora afrontan los veteranos del 20 de Guadalajara. Tienen entre 72 y 75 años y estiman que si de los 14.000 soldados enviados a la entonces África Occidental Española «sobreviven unos 3.000, de los 700 de nuestro batallón aún deben quedar unos 150», calcula Vicent Penadés, quien se alistó voluntario para hacer la mili cerca de su casa, en Algemesí, y acabó luchando en una guerra a más de 1.500 kilómetros de su hogar.

Penadés y Clemente pertenecían a la quinta compañía de armas pesadas de aquel batallón valenciano que pasó cinco meses y un día en el infierno del Sahara, donde «las pulgas y las moscas nos comían», sentencia Octavio Ten, de Chiva. Los tres, junto a sus compañeros Enrique Sans, de Benifaió, Antonio Azorín, de Algemesí, y José Tortajada, de Valencia, han quedado unidos para siempre por todas las penurias que vivieron. Se reunen a menudo con uno de sus tenientes, el hoy coronel retirado José Bellés, quien ha escrito un libro sobre aquella campaña.

Son los últimos de Cabo Jubi, pues ellos fueron los encargados de arriar el 19 de mayo de1958 la última bandera española que ondeó sobre Villa Bens, la capital de una franja de desierto al norte del entonces Sahara español un poco más extensa que la Comunitat Valenciana.

Azorín, inmortalizó en su diario aquel adiós: «...sobre las siete de las tarde zarpamos con rumbo a las Islas Canarias. Al poco rato hemos perdido de vista para siempre Vila Bens, el fuerte, la playa, el pueblo de Tarfaya, las alambradas, las dunas del desierto? y aunque tenemos ganas de abandonar estas tierras, un poco de nostalgia y desencantó queda dentro de nosotros al pensar en todos los sacrificios que hemos hecho durante cinco meses, para esto?».
«Nos bebimos hasta el agua de los radiadores de los camiones»
Los soldados valencianos desembarcaron en Cabo Jubi en el peor momento. El coronel José Bellés recuerda que llegaron frente a las costas de Villa Bens el 13 de enero de 1957, «el mismo día de la matanza de Edchera», en alusión a una emboscada en las que los guerrilleros marroquíes liquidaron a toda una bandera de la Legión (47 muertos, 64 heridos y un desaparecido). El oleaje les impidió bajar a tierra hasta cinco días después
Nada más pisar la playa les recibió la dura realidad: el siroco, el viento del desierto en el que «la arena arrastrada por el aire corta como cuchillos cualquier parte descubierta del cuerpo», relata Antonio Azorín en su diario. Las pulgas, los piojos, «con los que hacíamos carreras» recuerda entre risas Enrique Sans, y el sofocante calor por el día y las gélidas noches del Sahara -«pasábamos de más de 40ºC por el día a 0ºC por la noche, el contraste era brutal», añade José Clemente-, se convirtieron en sus compañeros inseparables. Tampoco han olvidado del hambre que padecieron, «el rancho era bastante malo y, lo peor, lleno de arena», cuenta Azorín.
Octavio Ten resume en una frase la mala suerte que tuvieron aquellos quintos del 20 de Guadalajara que, sin un día de descanso, cambiaron la Batalla del Barro de Valencia por las dunas del Sahara: «Pasé dos meses sacando el fango que había dejado la riada en el barrio del Carmen, tiritando de frío e incluso hasta con 40 de fiebre, a casi morirme de sed y calor en el desierto».
Efectivamente, el golpe de Edchera iba a marcar el destino de los recien llegados a Cabo Jubi. Apenas cuatro semanas después de desembarcar, los soldados valencianos se vieron implicados en una gran ofensiva conjunta franco española cuyo objetivo era barrer a los guerrilleros marroquíes del Sahara español. En Madrid la bautizaron como Operación Teide mientras los galos la llamaron Ecouvillón (escobazo).
«Fueron 22 días por el medio del desierto, en los que recorrimos más de 300 kilómetros, nunca lo olvidaré», dice Sans. Ninguno de ellos ha borrado de su mente lo que sufrieron en aquellos días de marcha de combate en alpargatas por el Sahara - «las botas no valían porque se nos metía la arena y nos comía las uñas de los pies», explica Ten- ni tampoco la sed que pasaron. «La ración de agua era de sólo un litro al día, para beber y asearse», puntualiza Bellés.
Encima, añade Clemente, «el agua la habían metido en latas que habían sido de combustible, con lo que tres cuartos de litro eran de agua y el tercero de gasolina». En aquellas condiciones, se lanzaron a la caza de un enemigo que para ellos no eran más que un espejismo. «Estaban perfectamente adaptados al desierto, marchaban por la noche y se escondían por el día, mientras nosotros, los hacíamos al contrario, les seguíamos con el sol cayendo a plomo y descansábamos por la noche», narra Vicent Penadés.
La lucha por la supervivencia les agudizó el ingenio, ya que Ten narra que robaban el agua de los depósitos de los camiones, «haciendo agujeros con alambres y llenando la cantimplora», y Sans recuerda que se bebieron «hasta el agua de los radiadores de los vehículos, absorbiéndola con una goma». A Clemente, un legionario llegó a ofrecerle hasta un billete de 1.000 pesetas por su cantimplora, cosa que rechazó: «Para que quería yo el dinero, ¿Para comprar arena?»
Sans fue condecorado con la Cruz Roja al Mérito Militar, una medalla que por cierto nunca le entregaron, por rescatar junto a su capitán, Sergio Pedrajas, y evacuar a hombros a más de 20 soldados que habían caído deshidratados tras una marcha a píe de 24 horas seguidas sin comer por el fondo de la Sakia El Hamra, el Río Rojo, un enorme cauce seco lleno de dunas y rocas.

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