20 de julio de 2008
20.07.2008

investigación

Evolucionismo a la valenciana

20.07.2008 | 02:00

La Facultad de Medicina de la Universitat de València fue el principal núcleo español del darwinismo, hasta el punto que fue el único lugar de España en el que hace 100 años se celebró el centenario del nacimiento de Darwin.

Rafel Montaner. Valencia.


«¿Cual fue la razón de que los estudiantes de Medicina valencianos fueran las únicas personas que en el año 1909 organizaron en España un homenaje a Darwin con motivo de su nacimiento? Miguel de Unamuno lo repitió varias veces en la conferencia con la que abrió el acto. La respuesta es bastante sencilla: la Facultad de Medicina de Valencia era el principal núcleo español del darwinismo». Con estas palabras empieza el catedrático emérito de Historia de la Medicina de la Universitat de València, José María López Piñero, el trabajo de investigación que ha dedicado a la huella que dejó el pensamiento de Darwin en el Cap i Casal.
López Piñero, que en estos momentos está corrigiendo una amplia biografía del científico británico que ha escrito para que la Universitat la publique dentro de los actos que ha preparado para el Año Darwin, clausuró el viernes con su trabajo sobre el darwinismo valenciano del siglo XIX un seminario internacional en el que el Museu Valencià d´Història Natural ha reunido a expertos de todo el mundo en la teoría de la evolución.
Ambas instituciones valencianas se suman así a las actividades que ha programado la comunidad científica mundial para 2009, que ha sido declarado Año Darwin por el doble motivo de coincidir con el bicentenario del nacimiento del autor de El origen de las especies y los 150 años de la publicación de esta obra, que desencadenó una revolución científica de la magnitud de las lideradadas por Copérnico, Galileo y Newton.
El profesor que da nombre al Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia de la Universitat se pasa la mayor parte del día y la noche estudiando pese a sus 75 años. «Los viejos tenemos un problema, que dormimos poco, y y sólo duermo cuatro horas al día...», cuenta mientras muestra los tres o cuatro libros que está preparando a la vez. Ahora esta volcado en los darwinistas valencianos, hasta el punto que asegura que no sólo el padre del evolucionismo influyó en la ciencia valenciana, sino que también los autores de aquí están presentes en la obra del biólogo de Shrewsbury.
«Darwin estaba obsesionado con los dibujos del fósil del megaterio (Megatherium americanum) que hizo el valenciano Juan Bautista Bru en 1788», aclara el profesor. Bru, taxidermista real en la corte de Carlos III, realizó un completo estudio anatómico del megaterio, el primer mamífero fósil que se descubría en el mundo y que había sido hallado ese mismo año en el barranco del río Luján, a unos 60 kilómetros de Buenos Aires.
Las láminas de Bru, difundidas en toda Europa por el francés Georges Cuvier, fundador de la Paleontología moderna, cautivaron a Darwin hasta el punto que cuando éste, durante su periplo de cinco años a bordo del HMS Beagle, encontró huesos de gigantescos mamíferos fósiles en el acantilado argentino de Punta Alta en 1832, le escribió una carta a su hermana Caroline mostrándole su felicidad por haber hallado partes de «la curiosa coraza ósea» del megaterio. «Como los únicos ejemplares existentes en Europa están en Madrid... solamente ésto basta para compensar algunos momentos de cansancio», le escribió Darwin a su hermana.
«La obsesión de Darwin»
Sin embargo, la alegría duró poco pues esos huesos, en realidad, no eran de megaterio. «Superado este error -continua López Piñero-, el megaterio ocupó posteriormente una destacada posición en los razonamientos de Darwin acerca de las formas intermedias entre los fósiles y los seres vivos, cuya supuesta ausencia utilizaban los contrarios al evolucionismo como una de sus principales objeciones».
El origen de las especies se público el 24 de noviembre de 1859 en Londres, y en un sólo día agotó los 1.250 ejemplares que salieron a la venta. En esta obra clave Darwin expuso por primera vez sus ideas sobre la selección natural y la teoría de la evolución. En 1871 agigantaría la controversia religiosa con la edición de El origen del hombre, donde defendía la teoría de la evolución del ser humano desde un animal similar al mono.
Entre estos dos hitos históricos, en la transición de los años sesenta a setenta del siglo XIX, se produciría, argumenta López Piñero, «la plena asimilación del evolucionismo darwinista en la Universtitat de València y su conversión en uno de los núcleos españoles más importantes de la actividad científica basada en sus planteamientos».
El profesor considera que el «principal iniciador del darwinismo valenciano» fue Rafael Cisternas, catedrático de Mineralogía y Zoología de la Universitat desde 1861 hasta su prematura muerte en 1876. «Pese a que las restricciones ideológicas de la última década del reinado de Isabel II impidieron la divulgación y defensa abierta de las ideas de Darwin en España», relata López Piñero, las clases de Historia Natural que impartió Cisternas en el primer curso de la carrera de Medicina «convirtieron la Facultad de Valencia en un importante núcleo darwinista».
Uno de sus alumnos más destacados fue Eduardo Boscá, quien ocuparía la cátedra de Historia Natural de la Universitat desde 1892 hasta su jubilación en 1913. Boscá, destaca López Piñero, «aplicó el darwinismo de modo sistemático en su obra científica porque era un evolucionista radical que lo consideraba un fundamento para explicar todos los aspectos de la realidad».
Su pensamiento era tan antirreligioso que en el discursó que escribió para el homenaje que los estudiantes de Medicina de Valencia tributaron a Darwin el 22 de febrero de 1909 afirmaba que «la mayor contribución del darwinismo era haber desinfectado el cerebro de aquella fauna fantástica, fruto del subjetivismo de la Edad Media, las brujas y duendes, ángeles y diablos».
En este ambiente de fervor evolucionista que se vivía en la Facultad de Medicina en el último tercio del XIX desembarcó Santiago Ramón y Cajal en 1883, quien curiosamente ganó una de las dos cátedras de Anatomía de la Universitat con un discurso en el que rechazaba los planteamientos darwinistas por no estar«definitivamente probados».

«La Atenas española». López Piñero, que también ha escrito una amplia biografía de Ramón y Cajal, recalca que los cuatro años que éste residió en Valencia -ciudad a la que llamaba con cariño «la Atenas española»- «influyeron decisivamente en su genial obra científica» que le llevó a ganar el Nobel de Medicina en 1906 por descubrir los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas.
Explica que Ramón y Cajal pasó de negar la teoría de la evolución «a convertirse en absolutamente darwinista, debido a que su integración en el ambiente científico valenciano le condujo a convertir el evolucionismo darwinista en fundamento de su obra histológica».
Buena culpa de esta transformación la tuvieron tres grandes profetas del darwinismo en Valencia: su compañero de cátedra, Peregrín Casanova, «principal introductor en España de la morfología comparada evolucionista aplicada al cuerpo humano», relata López Piñero, y «dos de sus principales maestros, el catedrático de terapéutica de la Universitat, Amalio Gimeno, un profundo defensor de la investigación microscópica y Luis Simarro, quien lo decidió a dedicarse a la neurohistología -el estudio microscópico de la anatomía del sistema nervioso- y le enseñó las técnicas de tinción que le permitieron estudiar la textura interna de las células nerviosas».

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