11 de septiembre de 2012
11.09.2012
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Caligrafía

Secretos ocultos en la ilegible letra de los médicos

Ramón y Cajal relata que el ambiente de trabajo y seriedad de la Facultad de Medicina de Valencia despertaron en él su vocación 'de modesto investigador'

11.09.2012 | 20:11
Secretos ocultos en la ilegible letra de los médicos

Tan indescifrable como imaginar que una pequeña mancha semicircular negra sobre fondo blanco es una radiografía de tórax en posición vertical que el doctor Juan Peset realizó en 1921 en la clínica del doctor Rincón de Arellano, en Valencia, es averiguar lo que se esconde detrás de la enrevesada caligrafía de los médicos, sean de la época que sean, ya se trate de recetas, apuntes, fórmulas magistrales, aranceles o epístolas. La exposición Caligrafía de la enfermedad. Letra del médico que ayer se inauguró en el Palacio de Cerveró de Valencia es un viaje en el tiempo por la escritura manual de los seguidores de Hipócrates, si bien hay que resaltar que al único que se le puede leer de carrerilla entendiendo cada palabra escrita es al Premio Nobel de Medicina Santiago Ramón y Cajal, que, con una letra deliciosamente domada y clara, el 4 de mayo de 1922 escribía una misiva de agradecimiento al doctor Gómez Ferrer en respuesta a la felicitación recibida tras la concesión del Nobel: «Mi estimado compañero y amigo „dice en un rasgo fino y de pluma sobre una cuartilla amarillenta„, agradezco en el alma la felicitación de la Facultad de Medicina de Valencia donde apliqué mis primeras lecciones de catedrático y donde en aquel ambiente de trabajo y seriedad se despertaron en mí los primeros conatos de mi vocación de modesto investigador». Corta el aliento su confesión.

En la misma vitrina de la exposición que ha organizado el Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero, que es un centro mixto del CSIC y la Universitat de València, se alojan otras perlas de valor similar, como la Declaración de la epidemia de fiebre pútrida, ardiente, maligna, pestilencial y contagiosa en la villa de Lequeitio en 1769, la Descripción del ojo por el doctor Peset y Vidal en el siglo XIX y el texto de Remedios Inaccesibles del doctor Vicente Peset y Cervera, de lectura más intuitiva que real por los endiablados bucles de su grafía. Adentrarse a adivinar, más que a leer, lo que se aprecia en las primeras líneas, llenas de tachones y rayas que llevan y traen palabras de un lugar a otro, es casi una tarea de egiptólogo.

De hecho, el catedrático de Paleontología Francisco Gimeno tuvo que contribuir a descifrar el libro Cuaderno de Fontilles: un joven médico frente al fantasma de la lepra y la posguerra, que recoge las vivencias del doctor Sorribes en el verano de 1941.

Otras de las joyas que se exponen en la muestra, que está organizada en siete espacios, es la Descripción de un órgano, datado en 1878-79, con deliciosos dibujitos a pluma de células y cortes transversales de tejidos, así como la receta de la píldora antiblemorrágica (contra la gonorrea) del siglo XVIII, en la que se indica tomar en partes iguales aceite de enebro, bálsamo del Perú y alcohol nítrico, «mézclese y solidifíquese la masa con carbonato de magnesio y háganse píldoras de 4 gr para tomar hoy hasta las 4, mañana y tarde».

Junto al expediente académico de la Facultad de Medicina de Valencia de Pío Baroja, de 1893, se exhibe un remedio farmacológico poético de 85 versos, ansiolítico y antidepresivo, que lleva por título «¡Qué descansada vida!» y que consiste en leer el poema homónimo de Fray Luis de León. La exposición muestra tres impactantes imágenes del cuerpo humano con los meridianos y puntos de acupuntura cedidas por el Instituto Confucio de Valencia, y en el otro extremo, las anotaciones de un médico de Ontinyent donde el galeno recoge los regalos de enfermos de hígado: seis huevos y melones, patatas, una tortada, un pollo, un juego de fumador
y un queso.

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