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Catálogo y exposición

Chema López, el otro

Una vez que se atraviesa la Ouija de Chema López en la antesala, se establece el contacto con el más allá que el pintor aproxima a lo real en el canto del marco, el reflejo del espejo, velada la brillantez, cambiadas las tornas.

El fin de la representación (el menino).

El fin de la representación (el menino). Chema López. 2014

«El lenguaje existe, el arte existe, porque existe «el otro».

Todo está en esta frase: el lenguaje (la pintura), el arte (el lenguaje de la pintura), el otro (el fantasma, el muerto), y la existencia (la historia). La frase es de George Steiner y pertenece a su libro Presencias reales. Chema López titula también así una de las secciones de su exposición Un cuento de fantasmas para adultos. Presencias reales por tanto que aluden directamente en la exposición a las imágenes de la realeza, contraponiéndolas a los espectros anónimos, aluden también a la realidad de las imágenes que pueblan los cuadros de Chema López: fantasmas, objetos diversos, paisajes, retratos, «aproximaciones a lo real» y a la «ausencia de lo real en el seno de la representación». (Clément Rosset, Lo real, tratado de la idiotez, Valencia, Pre-Textos, 2004).

Un cuento de fantasmas para adultos es evidentemente una metáfora. Una metáfora de la historia del arte (Aby Warburg). El catálogo de la exposición, sobrio, buenas reproducciones de cuadros de la exposición, y de algunos otros que no forman parte de ella, pero que vienen a cuento, con los colores que utiliza Chema López y la mosca de rigor en la cubierta, detalle de una de las obras expuestas, Mal de archivo, alusión ahora a Jacques Derrida, el filósofo de la deconstrucción y de la diferancia [sic], además de las presentaciones de rigor, contiene dos textos que son sendos ensayos sobre la pintura de Chema López, más un epilogo sobre el video que cierra la exposición. Ensayos que les recomiendo vivamente, como les recomiendo el video Angelitos negros, los motivos del pintor, colofón en cierto modo de la exposición, que ayuda a entender el porqué de algunas cosas y el cómo de otras. Pueden verlo al terminar de ver la exposición (nunca al empezar) pero también en youtube:

(http://www.youtube.com/watch?v=LfEfPKW2QTQ&feature=kp)

En el primero de los ensayos, La esfinge sin secreto o meditación sobre otro caballo de juguete, Ricardo Forriols, comisario también de la exposición, nos habla de las imágenes en la pintura de Chema López. López pinta cualquier cosa, desde una cámara fotográfica (pintar una cámara fotográfica es ya una perversión mayor que retratarla) hasta un rey, pasando por una mosca, un caballete, una tela, o el fantasma de Benjamin. Pinta por tanto, en cierto modo también, el arte y el oficio de pintar. Forriols, cuyo texto es además un brillante y documentado recorrido por el laberinto de la exposición a través de sus distintas secciones y secretos, abunda en algunas sugestivas ideas, como la de representación y sus distintas acepciones, o la de imitación, esenciales para comprender y situar la obra de Chema López. Porque la obra de Chema López es una obra narrativa, una historia, un cuento, una novela familiar, y como tal debemos contemplarla, leerla, contextualizarla para poder entenderla cabalmente. López no crea imágenes, asunto imposible hoy, ni tampoco las recrea, asunto posible pero sospechoso. López las deconstruye literalmente (véase especialmente el cuadro El fin de la representación, para mi gusto una de las mejores obras de la exposición, y de las más complejas en su sencillez, o más sencillas en su complejidad, otro ejemplo es el cuadro Felipe IV, perfecta ilustración del proceso de deconstrucción, en el sentido original y derrideano de esta palabra, no en el que le da Ferrán Adrià), y de esa manera consigue, como decía Aby Warbur y cita Forriols, «una impresión». Porque «el artista no es un inventor de cosas nuevas, sino una especie de recuperador del azar, un buen usuario de lo fortuito». (Clément Rosset, Materia de arte, Valencia Pre-Textos, 2009, p. 62). Y éste es el quid de la cuestión: los cuadros de Chema López «nos impresionan», hacen que, más allá o más acá de la contemplación de las imágenes o de su ausencia, nos enfrentemos a la vez con la imagen de la contemplación. En definitiva, como concluye el autor, imágenes de imágenes en un mundo de imágenes, en el que lo único real, la única «presencia real», parece ser ya la imagen. ¿Es entonces una historia de las imágenes lo que nos propone López en este cuento de fantasmas para adultos, o es más bien una imagen de la historia?

Y éste es en cierto modo el tema del segundo ensayo del catálogo, Acerca del retrato en la obra de Chema López, que firma Rosa Martínez-Artero: la fascinación que ejercen las imágenes en el pintor. En este sentido la obra central de la exposición, Peace in the Walley (el fantasma de la esperanza), obra de gran formato, es en cierto modo una imagen, un retrato, un paisaje de la fascinación que nos repele y nos atrae al mismo tiempo como el abismo. Chema López, nos dice la autora, hace salir las imágenes de dentro del lienzo como si convocara fantasmas (el fantasma de la esperanza, de nuevo). La historia del retrato es la historia de la vanidad. Y Chema López pinta fotografías como otros fotografían cuadros, proceso inverso con resultados inversos también, en un caso de reapropiación de una imagen, en el otro de reproducción de la misma, reapropiación y reproducción omnipresentes en toda la obra de Chema López. Una peculiaridad de su arte, que es algo más que una peculiaridad: Chema López pinta un objeto, o un retrato, como si se tratara de un paisaje, y un paisaje como si se tratara de un retrato. Pero sobre todo, si me permiten una cita más (no será la última), Chema López pinta en presencia de la ausencia (titulo de la autobiografía poética del gran poeta palestino Mahmud Darwix).

Y terminemos citando a Levinas, otro filósofo que bien podría haber inspirado algunos cuadros de Chema López, sobre el tiempo, sobre la alteridad, sobre la muerte. Levinas relaciona el acontecimiento (el cuadro en el caso del pintor) con la muerte, que siempre es la muerte del otro. En cierto modo el filósofo responde al «yo soy otro» del iconoclasta poeta adolescente, con la sentencia más compasiva y reflexiva, más filosófica y humana también: «el otro soy yo». O dicho de otro modo:

Tú, eres tú y más que tú / Tú, eres tú y menos que tú / Tú, eres más o menos tú / Tú, eres y no eres tú al mismo tiempo. (Mahmud Darwix, En presencia de la ausencia, Valencia, Pre-Textos, 2011).

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