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In memoriam

Matute, ella

Ella, Ana María, se ha encontrado finalmente con Ella, con esa con la que se juega al escondite mientras se percibe al vuelo que la vida era una naranja «prieta y jugosa».

Matute, ella

Matute, ella

Aunque Ella juegue al escondite nos refugiamos en el tronco de un árbol o en las páginas de un libro que, a veces, nos deslumbra porque Ella es la felicidad. Y nos quedamos perplejos con este descubrimiento. Nos fascina la lectura y la luz que emerge de la sombra. Pero en otras ocasiones toda la luz del mundo no basta para deshacer la negrura de la tierra y de la muerte. Así es el mundo narrativo de Ana María Matute, un orbe completo, lleno de paradojas, en el que la escritora abarca con el mismo afán lo más grande y lo más pequeño, el amor y el odio, el bien y el mal, la belleza y la fealdad y siempre existe una clara apuesta por los seres desvalidos.

De repente, los artículos periodísticos coinciden en que teníamos un gran genio entre nosotros, ya lo sabíamos los amigos y lectores fieles de Ana María Matute y, en general los que tuvieron la suerte de conocerla, aunque fuera brevemente. Especialmente los niños y adolescentes, a cuyos ojos asombrados miraba de igual a igual. Pero ella se consideraba demasiado orgullosa para ser vanidosa. En una de sus narraciones sobre su vida en el campo cuando era una niña, un chico pregunta ¿cómo es el mundo? Y otro le contesta «el mundo es como una naranja». Cierro los ojos y veo a Ana María, siempre tan expresiva, también en sus gestos, apretando la mano hasta hacer una esfera y decir: «La novela o el cuento es una naranja, prieta y jugosa». Por consiguiente, hay que exprimirla y saborearla, aunque nos encontremos con partes amargas. Esta identificación entre vida y obra nos muestra hasta qué punto ambas se interrelacionaban, o como sentenció en su discurso del premio Cervantes «Quien no imagina, no vive». Y con su cercanía y sabiduría, sin la menor intención didáctica, nos enseñaba a comprender mejor el mundo y a reírnos de él y de nosotros mismos, incluso de la muerte. Como en su admirado Cervantes la risa en ella tenía un efecto catártico.

En una ocasión la pequeña Ana María vio derribar un árbol muerto; ni la soga con que lo rodearon ni los golpes de las hachas le hicieron perder «ni un momento su apostura, su gran altivez, en su hermosa muerte? Ojalá me dije se hiciera siempre así, conmigo. Deseé entonces que las malas nuevas, que los acontecimientos amargos, que la muerte, me llegaran de golpe, valientemente, sin anuncios lentos y falsamente caritativos. Si la muerte o el pesar nos llegasen como llegan al árbol nunca envejeceríamos». Así se mantuvo Ana María Matute hasta el fin.

Incluyo como final este poema de José Mas a su querida y admirada escritora, los dos pasaron por graves episodios de arritmias cardíacas.

Decía Ana María que con la muerte el cuerpo se extingue, pero todo lo que ella había soñado, los mundos de fantasía que siempre la acompañaban no podían morir, existían en alguna parte. Existen, también, ahora, en estas páginas.

DIVERTIMENTOS ARRÍTMICOS

A Ana María Matute

Mi corazón, por cuenta propia,

organiza estos días por mi pecho

una montaña rusa apasionante

que, lejos de cerrar de noche,

incrementa ascensos y caídas

en un continuum variado y divertido:

con giros caprichosos

de curvas y de rizos increíbles,

que tensan nervios casi hasta partirlos

y hacen saltar el rojo de la fiesta

por la cara y los brazos, hasta teñir incluso

las uñas de los pies y la rutina

más confortable.

No sé cómo bajar de este artefacto mágico

que me tiene sumido y subido

en un orgasmo deleitoso

que acaba, sin embargo,

por estragarme con su furor ninfómano.

Queriendo compartir el vértigo del júbilo salí a la calle buscando niños,

pero los niños -es bien sabido-

ya no están en las calles, solo pisan

las escuelas o las calles virtuales.

Por ello puse anuncios en las mejores páginas web,

en especial las prohibidas.

Y se llenó la feria de mi pecho de los niños intrépidos, que nunca se marean,

y que reclaman siempre un poco más de riesgo

y de velocidad.

La primera semana fue un tumulto feliz.

Pero tras las primeras deserciones

se produjo, de modo atropellado y taquicárdico,

la diáspora.

Y cuando ya creía en la suerte probada

de ser el solo tripulante

de un artilugio sobrecogedor,

noté, a horcajadas sobre mis hombros y mi cuello,

el peso delicioso de una niña pequeña

que, contra prohibiciones de feriantes e internautas,

había ligado su destino

blanco y azul

al torbellino insoportable

de mi vida voladora,

exenta de la noción de tedio y de reposo.

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