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Lector isósceles

Guerrero "Bergantín"

Puede que uno de los requisitos para alcanzar el oficio de poeta sea la lucidez, la capacidad para darse cuenta de lo obvio, de enfrentarse a la realidad con una mirada que traspasa la opacidad. Una de las posibles consecuencias es la de rebelarse contra la injusticia, porque raramente la realidad es otra cosa. Manel Barriere es un activista, un luchador, un buscador de la pureza, un pesimista esperanzado, tal vez un optimista. Esa condición de inconformista se intuye ya desde sus blogs El ángel de la historia y El fondo del aire, y se va repitiendo en cada una de sus manifestaciones como cineasta desde el montaje. Diríase que sólo directores y directoras muy determinados, sólo aquellos que están en su misma voz musical, en su mismo tono, lo escogen como colaborador. La mayoría son documentalistas comprometidos como él mismo. Y él antes de ponerse a trabajar hace algo que pocos intentan: conocer a fondo a la persona con la que va a construir un mensaje. Sabe que la obra es una extensión de la persona, al menos en el registro en el que él se mueve. Lo más parecido que he visto en los últimos años en cine a un poema, diría que a un silencioso haiku, es Volar, un largometraje dirigido por Carla Subirana y montado por Manel Barriere.

Tenemos ahora entre las manos el poemario El rostro oculto (Ed. Amargord), que empieza por ligar revolución e infancia en una oportuna cita de Walter Benjamin y que en verdad describe el espíritu de la confesión íntima en que se va convirtiendo este libro. Una confesión en forma de diálogo en tres tiempos, «rápido-lento-rápido» o, mejor «verso-prosa-verso». Las voces son la suya y, claro, la del lector, aunque el lector puede escoger entre convertirse en la figura oculta a la que alude el título (permitidme que no me extienda en su caracterización, por no desvelar un enigma), o bien no dejar de ser él. Cualquiera de las dos opciones es válida. En cualquiera de esas dos se operará la magia. En las dos el lector deja de ser un poco él mismo para rejuvenecer, para volver a la esencia, para entrar en el secreto de las advertencias, las dudas, los miedos y también las ilusiones de un individuo de mayor experiencia al que se ha decidido escuchar, incluso creer. Incluso querer. Puede que la confesión del autor configure algo parecido a un estado de deuda con él. Por la inyección de energía, por la sinceridad, por la voluntad de proteger, porque mi llanto también es el suyo, porque él quiere ser yo y no quiere para mí un «futuro fantasmagórico» y va a luchar para impedirlo. Y desde luego por la oferta de belleza: las flores pueden crecer en el asfalto, una revelación puede entrar de improviso por la ventana e iluminar la memoria, el cuerpo es el recipiente que contiene el universo. El lector habrá entrado a formar parte del círculo más íntimo del autor, se habrá beneficiado con ello sin que se pierda el misterio. Éste lector concreto lo agradece.

(*El poemario El rostro oculto se presentará el sábado 22 en la Librería Ramon Llull de Valencia)

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