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Amalgama

Condorcet y Podemos

En un interesante debate con amigos tuve que echar mano del marqués y revolucionario francés para argumentar que las ideas falsas pero eficazmente propuestas son las que conceden la supremacia de los votos

En 2003, varios amigos nos enfrascamos en un interesante debate: un político que se presentó y ganó, un alto funcionario de banca, tres escritores, dos pintores y yo. Se trató de la estrategia electoral en la que se trabajaban decenas de miles de votos a fin de conseguir el Gobierno de la nación. El político defendió la concienciación de los ciudadanos en una especie de cadena de información vecinal, el funcionario bancario defendió la utilización de las corrientes dinerarias, los escritores establecieron diversas utopías para acabar con los affaires de la política, los pintores atribuyeron al arte la clave del auge de un pueblo, y yo tuve que echar mano de Condorcet para argumentar que las ideas falsas pero eficazmente expuestas son las que conceden la supremacía de los votos: ni la conciencia, ni el dinero, ni la justicia, ni el arte. El revolucionario francés Marqués de Condorcet, escribió, en 1785, el Ensayo sobre la aplicación del análisis a la probabilidad de las decisiones tomadas por pluralidad de votos. Ahí analizaba que el elector es como una moneda colocada de canto a merced de la información. Y la información nunca es correcta o precisa, basta ver cómo los rumores empañan la verdad a poco que se traspasen por más de tres bocas. Un elector mal informado tiene tendencia a equivocarse en vez de acertar: pongamos una probabilidad de 0,6 de equivocarse frente a una probabilidad de 0,4 de acertar. En el caso de tres electores en un referéndum, la probabilidad de que la verdad triunfe se presenta en 4 de los 8 casos, pero justamente en los casos menos probables: 0,352 de probabilidad total para el triunfo de la verdad, o sea, bastante alejado de 1. Con 5 electores es peor, y con millones de electores el alejamiento del triunfo de la verdad es impresionante. Ciertamente, las masas tienen muchísimas posibilidades más de equivocarse que una sola persona. Por eso Condorcet concluyó que «serían convenientes muchas asambleas en un país en el que, por el progreso de las luces, hubiera una gran igualdad entre los espíritus en lo tocante a lo correcto de sus juicios». Planteé que ya que se trata de un problema de matemática social, una salida que evite estos desequilibrios indeseados en la instauración de la verdad, sería la toma del poder por un líder, una sola persona, y sólo habría que atender a que la ideología nutriente de ese líder fuera benéfica para las masas, es decir, fuera verdadera. Y me expulsaron de la fiesta. Pero ahora todos aquéllos amigos de 2003 quieren votar a Podemos.

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