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Mavi Escamilla

Tras la máscara

Tras la máscara

Tras la máscara

Mavi Escamilla es rotunda: Yo no soy esa. Y por esa se refiere a la representación clásica de la mujer a lo largo de la historia del arte. Esa mujer semi púdica que cubría con sus manos parte de sus senos o el pubis y cuyo objetivo no era sino atraer la atención de la mirada sobre esos puntos. Mujeres que yacían lánguidas esperando que la lluvia las «cubriese», o que reiteraban su desnudez reflejándose en espejos. También estaban los retratos de muchachas de rostros angelicales o vírgenes amamantando a «nuestro señor jesucristo». Bien sea retratadas como diosas o vírgenes, no podemos olvidar que todos aquellos óleos fueron realizados por hombres, pintores que se inspiraron en sus sirvientas, amantes, hijas o incluso féminas que se les cruzaban por la calle. No es tanto su retrato como el reflejo de lo que ellos, los pintores o sus mecenas (nobles o curas), sentían, fantaseaban o les hubiera gustado que aquellas fueran. Así nos las representaban y como estereotipos quedaron.

En ese aspecto, no creemos que estemos tan lejos de aquella realidad. Los pintores de entonces han sido sustituidos por equipos de productores de televisión que venden sexo; por estudios publicitarios que nos conminan a comprar eterna juventud; por corporaciones que nos instan a vestir de una determinada forma o incluso vivir de una forma absolutamente reglamentada, o modificar nuestro cuerpo según unos parámetros establecidos. Al final somos „mujeres y hombres„ producto de lo que establece cada sociedad, y el individualismo se queda para quién viva en una isla desierta.

Recogiendo un amplio elenco de obras maestras de la historia de la pintura, Mavi Escamilla va reinterpretando las escenas situándose como protagonista. La pintora es la que se niega a ser: la Venus boticelliana que en lugar de mirar a su Marte, desvía la mirada para fijarla en el espectador; es la chiquita piconera de Julio Torres, altiva, sensual, sugerente, observándonos; o la Cecilia leonardesca, la dama del armiño, todo pureza y virtud vigilante tras una máscara. Que no se engañe el espectador: la protagonista de todos estos retratos encubre su rostro tras una máscara de vivos colores ciertamente aterradora que no hace más que acrecentar el tenebrismo de la temática además de la factura. Siguiendo en la línea a la que nos tiene acostumbrados, Mavi Escamilla cubre completamente las telas con cera negra, opaca, mate, dura, para posteriormente rascar y obtener el dibujo, el blanco y, más como concesión que como devoción, algún trazo carmesí y algún ocre puntual. Poco más. De ahí, que la cromática careta, elemento absolutamente perturbador en escenas tan religiosas y virginales, se nos antoje más tenebrosa que el memento mori de algunas obras, esas calaveras que nos recuerdan nuestro fin último, protagonistas indiscutibles en la iconografía de esta valenciana.

Una docena de obras de gran tamaño que vienen a expresar que su autora „y los demás debiéramos imitar„ se niega a formar parte de una sociedad que obliga a pasar por el aro.

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