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Novela

La musa perfecta

Si el amor se creyó sentimiento y los amantes no son sino enfermos de ficción en un entresijo epistolar, para los neuróticos de la palabra una novela puede ser la realidad, y la historia, imaginación sobrevenida.

La musa perfecta

La musa perfecta

«El amor es un discurso, amigo mío, es un folletín, una novela, y si no se escribe con la cabeza, o en el papel, o donde sea, no existe, se queda a medias; no pasa de ser una sensación, que se creyó sentimiento?»; así es como concibe esta historia Cristóbal, el escribidor de cartas de la plaza de Santo Domingo de Lima. Hay amantes que adoran las elipsis, otros arrojados a la omnisciencia y al dominio absoluto de la historia, pero los de esta novela, estos dos niños ricos, mediocres poetas que quisieran ser Juan Ramón, no son amantes sino enfermos de la ficción. Esta neurosis de la palabra los lleva a escribir al ya célebre Juan Ramón Jiménez en nombre de una enfermiza muchacha inexistente, Georgina Hübner, con el objetivo de conseguir un ejemplar firmado de una de sus obras; y el resultado de esta broma literaria es una larga correspondencia entre el poeta de Moguer y esa mujer fantasma, la musa perfecta para Juan Ramón.

Esta aventura metaficcional que propone Juan Gómez Bárcena basándose en la historia real que culminaría Juan Ramón con un poema de su libro Laberinto no es sino la historia de la construcción de una novela, un folletín en el que la jovencita lánguida, ávida lectora de poesía modernista, enamora al mítico poeta de Almas de violeta; son las vicisitudes de José Gálvez Barrenechea y Carlos Rodríguez Hübner, aprendices de bohemios, hijos de importantes familias limeñas, que reparten sus horas de ocio entre las buhardillas, los prostíbulos y las incipientes revoluciones obreras soñando convertir Lima en París. Esta construcción de la musa perfecta los llevará a establecer contacto con todo tipo de jóvenes que irán enriqueciendo el personaje de Georgina: la muchacha vírgen de la Europa del este forzada a la prostitución, la inteligente y caritativa Elizabeth Almada, una ninfa en un grabado de Gustave Doré pero también floristas, criadas y paseantes que dotan de tonos, matices y rasgos físicos a la Galatea limeña. Todas ellas van conformando una Georgina que va cambiando precipitadamente hasta el momento en el que Juan Ramón muestra signos de enamoramiento „«pienso que paseo contigo»„ y es entonces cuando es preciso terminar la función, introducir un giro inesperado en la acción, como en las malas novelas.

Gómez Bárcena domina los recursos metaficcionales como un narrador avezado; en esta, su tercera novela, sabe enfrentarse al taller del escritor-fingidor y adentrarse en los torpes mecanismos de estos dos hijos de papá para embaucar al poeta a través de la musa o incluso para adivinar, con la lectura de sus cartas, cuál es su grado de interés y entrega. De ahí que sea necesaria la intervención del escribidor de cartas, el licenciado Cristóbal porque, si aquí la ficción es la realidad, la lectura es también una forma de escritura y el licenciado es el único capaz de averiguar si, entre los entresijos de la escritura epistolar, es posible concebir el amor: «Desengáñese, amigo mío: el amor, tal y como usted lo entiende, lo ha inventado la literatura, lo mismo que Goethe le regaló el suicidio a los alemanes».

La morosidad en esta narración es tan necesaria como titubeantes son los pasos de los escritores protagonistas; la novela, en el fondo, no es tanto el relato de una broma literaria, sino la historia del proceso de la escritura, de las imaginaciones sobrevenidas y de los conflictos que surgen en la creación y en el choque entre fantasía y realidad, entre mundo fictivo y verosimilitud. Y es que todo rezuma literatura desde los sanatorios para tuberculosos hasta los ecos reivindicativos de los estibadores del puerto, quizás personajes desterrados de una novela de Zola o de un folletín de Sue. Sólo un poeta como Juan Ramón podía requerir una mirada tan puramente literaria.

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