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Una epopeya de lo cotidiano

Almudena Grandes el día de la presentación de su última novela.

Almudena Grandes el día de la presentación de su última novela.

A muchos de nosotros, como les sucede a algunos de los personajes de esta nueva novela de Almudena Grandes, se nos ha quedado grabado en el subconsciente y en la costumbre el acto de besar el pan cuando se cae al suelo. Es el acto heredado de generaciones que han sufrido el hambre, el hábito transmitido por racionamientos y estrecheces de la guerra civil y la posguerra. Pero también es la superstición y el convencimiento de que se está en presencia de un ingrediente fundamental de lo humano.

El pan es sagrado siempre y en todo lugar, de ahí que no sólo sea un alimento, el Alimento, sino que constituya, además, el símbolo de todos los alimentos del mundo. Nos ganamos el pan con el sudor de nuestra frente, después de haber cometido el pecado original por haber aspirado a conocer los misterios del árbol de la ciencia. La proverbial hospitalidad de los hogares romanos consistía en ofrecer el pan y la sal al visitante. El pan es sagrado, porque la vida del hombre, la de todos los días, la cotidiana, la del presente íntimo, también lo es. El pan nos constituye, o debería, porque todos deberíamos aspirar a ser un pedazo de pan, más buenos que el pan, que es lo mejor que se puede llegar a ser. En mi casa no sólo se ha besado siempre el pan, sino que no se ha tirado nunca, como se pueden tirar otros alimentos. El pan duro se guarda -con otro beso-, para rallarse, para freírse, para lo que sea, pero no se echa jamás a la basura, porque eso sería como echar a la basura una parte consustancial de nosotros mismos, como echar a la basura la vida y su sacralidad.

Almudena Grandes conoce esta condición sagrada de la vida más próxima, por eso ha escrito una epopeya de lo cotidiano. Ella sabe que el superhombre, en un sentido estricto, no es la invención especulativa de Nietzsche, sino aquel que aparece en un poema de Juan Bonilla: aquel que se levanta a las seis de la mañana, trabaja diez o doce horas, cuida de sus hijos, hace las tareas domésticas y aún tiene espíritu para pensar que el mundo merece la pena. Esta es la historia de un barrio; es decir, de la gente que habita en él, que vive y muere en él, que sufre y disfruta en él, que lucha contra la adversidad en él. Una novela de vecina que cuenta y canta los destinos de sus vecinos, porque el vecindario, todos los vecindarios, representan un microcosmos. Un barrio que podría ser muchos barrios de muchos países, con padres, madres, hijos, abuelos y abuelas, divorcios, deudas, vacaciones baratas, amores y amoríos, engaños conyugales y sufrimientos adolescentes. Un barrio con todo lo que cabe en la conciencia de sus habitantes, en sus formas particulares de instalarse en lo real.

Para dar vida al microcosmos del que hablo, Almudena Grandes ha tejido un tapiz de voces y aventuras, en una novela coral que pone de manifiesto la necesidad eterna de que el artista, el escritor, se pregunte cada dos por tres acerca de la necesidad del compromiso. Los novelistas -tengo la impresión- están obligados a comprometerse, desde el primer momento hasta el último, con su oficio, con su tradición, con la exigencia verbal que la literatura imprime; pero también pueden, y deben, intervenir en la realidad, comprometerse con ella. Almudena Grandes ha aspirado siempre en su obra a ese género de bendita impureza que defendía Neruda para sus poemas - sobre todo para sus Odas-, en los que se mezclaban el colibrí y las patatas fritas, el claro de luna y el caldillo de congrio, las abejas y los gatos, el vino y la alegría, los trenes del Sur y las cucharas. Todo tiene su oda, todo cabe en la novela, porque lo que importa es elevar un mundo, el mundo; porque lo que importa es contarnos aquello que importa, que nos importa: la vida en su sentido genérico y último.

Los besos en el pan es una novela de personajes, de multitudes se podría decir (en cierto sentido es una novela de las mareas: la blanca, la verde, las mareas políticas de la España del aquí y el ahora; pero también de las simples mareas humanas, de los ciudadanos de a pie, que cobran voz gracias al arte de la literatura). Se trata de la historia de muchos individuos que luchan contra la adversidad privada y la adversidad pública (esa que, dicho sea de paso, nunca es sólo pública, porque lo privado y lo público se encarnan siempre en las peripecias de cada uno de nosotros).

Leyendo esta magnífica novela de Almudena Grandes -tal vez la más galdosiana de las suyas- he pensado en el sofisma (ya convertido en tópico) de que con los buenos sentimientos no se escribe buena literatura. Yo sostengo lo contrario: sólo se puede escribir alta literatura con altura de miras. Sólo pervive en el tiempo la literatura que exalta las grandes virtudes del hombre: la fortaleza, el valor, el sacrificio, la bondad, el amor, la honradez. Sé que hay muchos partidarios del diablo, de todos los diablos que en el mundo son, pero, a la hora de la verdad, las diabluras resultan pueriles, y sólo nos interesa el mejor ejemplo de lo humano.

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*Escritor

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