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André Gorz

En los años setenta traduje para la revista Triunfo, aquel gran semanario antifranquista que acogió en sus páginas lo mejor de las grandes corrientes del pensamiento europeo de izquierdas, varios textos de un tal Michel Bosquet.

Tenía Triunfo acuerdos con prestigiosas revistas extranjeras, entre ellas la francesa Le Nouvel Observateur, de la que Bosquet era asiduo colaborador, y yo disfrutaba haciendo accesibles al lector español sus artículos, de una extraordinaria lucidez política.

Michel Bosquet era uno de los dos heterónimos utilizados por el periodista y filósofo Gerhard Hirsch, nacido en Viena en 1923 de padre judío convertido al cristianismo y madre católica. El segundo heterónimo, por el que hoy es universalmente conocido, era André Gorz.

He recordado estos días a Bosquet al leer en el semanario L´OBS (antes Le Nouvel Observateur) un artículo dedicado a su figura con motivo de la publicación en Francia de una biografía, de la que es autor el historiador Willy Gianinazzi.

En 2017 se conmemora el décimo aniversario de su suicidio junto a su esposa, que sufría una grave enfermedad, por lo que esa biografía del teórico de la autogestión y precursor de la ecología política no puede ser más oportuna.

Amigo y conocedor profundo de la obra de Jean-Paul Sartre, fue admitido por éste como colaborador de su revista Les Temps modernes, en la que escribía en los años sesenta la flor y nata de la intelectualidad francesa.

Pronto empezó a colaborar también con Le Nouvel Observateur, y el oficio de periodista que con tanta maestría ejerció en sus páginas iba a facilitarle muchos de los conocimientos económicos y medioambientales que le serían luego de tanta utilidad como crítico acerbo del crecimiento productivista.

Libro tras libro, señala el semanario L´OBS, Gorz se empeñó en demostrar al mundo que la máquina económica capitalista «no sólo despojaba al trabajador de los frutos de su trabajo, sino que le desposeía de lo más valioso que tenía: su creatividad, su singularidad, su libertad».

Para luchar contra lo que los marxistas llamaban «alienación», había que devolver a los individuos, según Gorz, su autonomía, palabra clave de todo su pensamiento filosófico.

Gorz fue también un agudo crítico de la civilización del coche, que «procura a su propietario la más ilusoria de las libertades» mientras ocupa un espacio urbano que escasea, expolia a peatones y medios de transporte colectivos y contribuye a una explotación insensata de los limitados recursos del planeta.

En 2006, un año antes de su suicidio, Gorz concedió una entrevista al semanario Le Nouvel Observateur en la que justificó sus fuertes críticas a la poderosa industria nuclear.

Además de «tragarse sumas enormes» mientras se descuidan el ahorro energético y las renovables, «la industria nuclear exige un Estado fuerte y estable, una policía fiable y numerosa, la vigilancia permanente de la población y el secreto. He ahí todos los gérmenes de una deriva totalitaria». Gravísima advertencia.

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