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El desapercibido Antonio Cabrera

A veces, mientras disfruto de un libro, me pregunto cuál es la verdadera diferencia entre un gran escritor y otro que no lo es; es decir, entre quien nos parece un gran escritor, durante nuestra lectura, y quien no nos lo parece. En esos casos, me digo que la diferencia es de naturaleza óptica, o, mejor dicho, óptico-verbal.

Lo que creo que distingue a los grandes escritores es su especial manera de escoger y combinar las palabras, para expresar aquello que miran también de una forma especial. No se trata tanto de aquello que miran (porque, al fin y al cabo, todos acabamos por tener delante casi las mismas cosas), como de aquello que ven en lo que miran. Y, sobre todo, de la forma en que moldean el lenguaje, para que las palabras terminen por trasladarnos la esencia de la mirada propia en lo visto.

Los escritores que nos seducen decimos que lo hacen, abreviando, por su voz propia, pero en realidad deberíamos indicar -mediante una suerte de sinestesia enmarañada, para ser más precisos- que lo hacen por la voz con que suena su forma de mirar.

Pensaba en todo esto mientras leía las prosas de El desapercibido, de Antonio Cabrera (Pepitas de Calabaza Editores), en algunas ocasiones fragmentos reflexivos de vocación filosófica; en otras, apuntes de espíritu lírico; a veces, mínimos relatos de naturaleza doméstica, y casi siempre todo ello a la vez.

Tengo a Antonio Cabrera por uno de los mejores escritores españoles vivos, practique el genero que practique -el poema, el aforismo, el artículo de periódico, el apunte especulativo, la prosa poética-, porque todo en él pretende la edificación de un universo literario único. Su último libro de poemas (el espléndido Corteza de abedul) se llamó durante un tiempo, mientras permanecía inédito, Canto exterior, que era un título en donde se condesaba no sólo su poética, sino además una manera de estar en el mundo muy propia.

Antonio es el cantor de las insondables superficies, de la hondura epidérmica, de las a menudo indescifrables y misteriosas cortezas de aquello que llamamos realidad. Su obra es un permanente y asombrado diálogo (un diálogo hecho de resistencias, de refracciones, de opacidades) entre la conciencia y la exterioridad, entre la inteligencia y la materia, entre los sentidos y las cosas.

Este es un libro, no obstante, autobiográfico, de sutiles propósitos confesionales, pero de una confesionalidad pudorosa, decorosa, rigurosa. Para algunos, la revelación de la intimidad exige poner de manifiesto llamativas anécdotas de naturaleza moral, pero lo cierto es que lo más intimo de nuestra experiencia humana reside en lo doméstico, en todo aquello que reiteramos sin apenas darnos cuenta, en las enormes minucias de lo elemental. No es menos íntima -nos enseña Antonio Cabrera- la luz que proyecta el níscalo recién recogido sobre su recolector, que la narración de un episodio de naturaleza erótica. La aventura de oler el cuero no nos marca menos que otras aventuras sensitivas.

Este es el retrato de un maestro que aspira, sin llamar la atención -desapercibidamente, inadvertidamente-, a reparar y a hacer que reparemos en todo aquello que merece la pena ser tenido en cuenta por nuestra atención.

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