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Leer para aprender a escribir

Leer para aprender a escribir

Leer para aprender a escribir

Carlos Marzal

Para enseñarnos a escribir, los buenos libros deben enseñarnos a leer bien primero, porque la escritura es un subgénero de la lectura, su consecuencia lógica, cuando uno aspira a imitar aquello que ama.

EL QUIJOTE

(1605). Miguel de Cervantes

Nos enseña con el ejemplo que el principal deber de la literatura de creación es entretenernos, divertirnos, además de enseñarnos acerca de los asuntos de la vida humana. En sus páginas aprendemos a combinar todo género de materiales al servicio de la narración: cuentos, novelas cortas, discursos, poemas, cartas. La escritura de Cervantes representa la libertad absoluta, la concepción de la literatura como un ámbito en el que todo está permitido.

Teoría de la expresión poética

(1952). Carlos Bousoño

Este tratado de estilística consigue lo que consiguen muy pocos tratados de parecidos intereses: despertar el apetito por leer y entender la poesía contemporánea, con su base de naturaleza irracional, con su tendencia histórica hacia el ensimismamiento y la oscuridad del sentido. Es un estudio realizado por quien posee el rigor de un científico, el buen gusto de un excelente lector y la sensibilidad de un poeta.

AFORISMOS

(1800-06). Georg Christoph Lichtenberg

Lichtenberg es un maestro del género breve, tan propicio para nuestro presente inmediato. Las redes sociales están ayudando a difundir este tipo de «filosofía portátil» que reflexiona, durante un relámpago, sobre la condición humana. Lichtenberg nos enseña que el humor es uno de los pocos rasgos divinos en el hombre, y que no existe asunto, por elevado o humilde que parezca, que no merezca nuestra observación.

Fernando Delgado

LA MONTAÑA MÁGIcA

(1924). Thomas Mann

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

(1967). Gabriel García Márquez

MADAME BOVARY

(1857). Gustave Flaubert

Me han preguntado alguna vez por qué escribo. Me hubiera gustado responder, como Rulfo, que porque advertí un día que me faltaba un libro, no lo encontraba y decidí escribirlo. Pero esto no sólo no sería cierto en mi caso, sino que supondría por mi parte una respuesta pretenciosa. Podría decir como García Márquez que escribo para que me quieran, que estaría más cerca de la verdad. Pero tampoco. Creo que esta es una pregunta sometida siempre a respuestas arbitrarias, como cada vez que uno quiere explicarse el azar. Digo, eso sí, que soy un escritor realista, pero aclaro en seguida que tengo por realistas a Italo Calvino y a Álvaro Cunqueiro; que yo, como ellos, no admito dicotomía entre lo soñado y lo real, que me apropio de un credo estético de Hölderlin que dice que «el hombre es un dios cuando sueña y sólo un mendigo cuando piensa». La verdad es que no sé qué queda en mí de mi pasión por Sartre, seguramente más de lo que yo pienso; tampoco sé si hoy me entusiasmaría tanto como antaño el Sánchez Ferlosio de El Jarama o de Alfanhui, ahora que ni siquiera a él le interesan. Admiré mucho a Juan García Hortelano, pero ahora tendría que volver a leerlo. El Martín Santos de Tiempo de silencio no ha dejado de interesarme jamás y José Manuel Caballero Bonald es un escritor en el que mucho me he mirado. A Juan Marsé lo he ido valorando más como el excelente novelista que es en la medida en que me ha ido apasionando más la narratividad. De Jesús Fernández Santos, por ejemplo, creo que nos hemos olvidado demasiado, como nos ha pasado con otro escritor excelente, Ignacio Aldecoa. Pero con quienes he aprendido a vivir y a escribir ha sido con los poetas. Vicente Aleixandre me enseñó a leer a Proust y ahora es una especie de voz de mi conciencia literaria, Flaubert una pasión a la que vuelvo, y Thomas Mann, mi gran devoción, como Galdós y como Clarín, unos monstruos a los que envidio y a los que releo. Pero nuestra educación sentimental está llena de canciones, de poemas dispersos, de resonancias...

Juan Arnau

Otras inquisiciones

(1952). Jorge Luis Borges

Se ha dicho, él mismo lo dijo, que Borges no fue un filósofo. Es falso. Lo fue y como la copa de un pino. Este libro reúne dos micro ensayos que han marcado mi filosofía y supongo que la de muchos de sus lectores. «Nueva refutación del tiempo» y «El idioma analítico de John Wilkins». El primero es una refutación del tiempo newtoniano en el que vivimos, de los relojes y de la tiranía de lo cuantitativo (y una defensa, velada, de la «duración» de Bergson). El segundo es una refutación de cualquier tipo de lenguaje universal, ya sean las matemáticas o el inglés, que nos viene muy bien en esta época que tiende a la uniformización del pensamiento. Tiene por supuesto otras joyas, como los ensayos dedicados a Coleridge, Chesterton, Oscar Wilde o Bernard Shaw. Y es secuela de otro libro, Inquisiciones, que contiene otro ensayo memorable: «La encrucijada de Berkeley». Si los juntáramos todos, quizás podríamos encontrar la salida del laberinto en el que nos ha metido la modernidad.

Los adioses

(1954). Juan Carlos Onetti

Una de las mejores novelas breves escritas en nuestra lengua. Donde el acto de la narración adquiere la importancia de un crimen, una escapada, una venganza o cualquier hecho fundamental de la historia, lo que desdobla las ficciones y las multiplica, como si el relato entrara en un laberinto de espejos. En la obra de Onetti a veces el narrador es el protagonista, en el caso de Los adioses es un personaje muy secundario, un almacenero del pueblo que se encarga de contarle al lector lo que sabe y vio de un deportista retirado. Una obra originalísima y muy americana que debe mucho a Faulkner y a esa intimidad desesperanzada, angustiosa en ocasiones, que estuvo de moda en Francia y dio en llamarse existencialismo.

Final del juego

(1956). Julio Cortázar

Antología que contiene dos relatos especialmente significativos: «Continuidad de los parques». Y «La noche boca arriba». El primero es el cuento más breve de Cortázar y una definición de la magia misma de la narrativa, en la que conviven diferentes niveles de realidad y en la que la ficción y los hechos se enroscan como en un caduceo. El segundo es otra incursión en el mundo imaginal, pero en este caso del sueño, de la mano de un joven motorista y un indio moteca, con un giro final sorprendente en una época en la que estos finales, hoy tan al uso, no se habían inventado.

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