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Zombis

Interesante tema el de los zombis. Como el lector seguramente sabrá, estos personajes aparecen ligados históricamente a la religión vudú y tienen su encarnación más fuerte en Haití en estrecha relación con la esclavitud. En realidad, zombi es una palabra que procede del centro de África y que significa «retornado del mundo de los muertos». Viene a ser, pues, un muerto viviente. Pero la influencia haitiana determinó un vínculo entre el muerto y el esclavo, por el que se considera que un acto de brujería ha arrebatado el alma a una persona y la ha convertido en rehén. Resumiendo: el zombi es un ser extraño, de apariencia cadavérica y hábitos alimenticios repugnantes, que carece de voluntad propia.

Ya sé que han visto muchas películas de zombis y que lo que les estoy contando no es nada nuevo. Pero sí quiero llamar su la atención sobre el hecho de que estamos rodeados de zombis sin darnos cuenta. Salgan, salgan a la calle y verán un montón de personas que caminan como aleladas sosteniendo un objeto luminoso en la mano: si tropiezan con ellas, es improbable que se disculpen, lo más seguro es que te miren con expresión ausente y continúen su camino enajenadas. Cojan un metro, un tren, un autobús: más de la mitad de la gente está abstraída sorbiendo las instrucciones del aparatito en cuestión. Tomen asiento en la sala de espera de una consulta médica: la misma historia, los zombis siguen con su objeto mágico, esta vez algo más enfermizos, lo cual mejora el atrezzo de manera muy efectista.

No es una broma. Resulta que en casi todas las profesiones los clientes se han transformado en zombis. El camarero espera pacientemente a que los comensales dejen de mirar sus pantallas y se dignen echar un vistazo a la carta. El empleado de banco o el vendedor de un gran almacén tampoco ganarían nada repitiendo su ¿dígame?: no es prioritario, lo fundamental es que el cliente acabe de teclear la jaculatoria ritual que le está demandando la pantalla centelleante. Ni siquiera el profesor está a salvo de alienígenas. Hoy día las clases se dan en el vacío, para un puñado de alumnos raros que aún te escuchan mientras sus compañeros están a muchos kilómetros del aula encandilados con el móvil.

Tampoco los políticos lo tienen mejor. Todo el mundo se está rasgando las vestiduras porque los norteamericanos han votado a Trump, un tipo que no oculta que lo que quiere es esclavizarlos con la ayuda del Ku Klux Klan. O porque los británicos votaron salir de los buenos tiempos e ingresar en una época, tal vez irreversible, de vacas flacas. No sé de qué se extrañan. Sabemos que los que les votaron son fundamentalmente los zombis, los que se pasan el día mirando alguna pantalla, la grande o la pequeña. En España -¡ay!- también habría mucho que decir sobre el sortilegio electoral de ciertas prácticas televisivas y de ciertos mensajes de las redes sociales.

Se me podría objetar que las peores épocas de la historia moderna siempre se caracterizaron por la proliferación de zombis. No otra cosa fueron ciertamente los europeos magnetizados en cada país por los discursos de su dictador de turno y que acabaron en millones de muertos a mediados del siglo pasado. Pero en todos estos casos la alienación era colectiva. El espíritu de rebaño está en nuestros genes y, aunque siglos de evolución han permitido independizar eso que llamamos el yo, la tentación del gregarismo subsiste. Mas lo verdaderamente preocupante del tiempo que nos ha tocado vivir es que el atontamiento ha pasado a ser individual, que cada persona se abisma en su comecocos insignificante y se convierte en un zombi incapaz de obrar con libertad. Los dictadores podían ser vencidos cambiando las ideas del grupo por las buenas o por las malas. Ahora no, habría que volver a la vida a los zombis uno a uno. Nuestra existencia se está convirtiendo en una película de terror a menos que estallen todos los móviles y no solo los de cierta marca chapucera. Crucemos los dedos.

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