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El parque

Primera y sorprendente exposición del joven escultor Antonio Samo, quien trabaja sobre piezas esculpidas -sin moldes- en madera de tilo y siempre con la figura humana, hierática, como motivo único de su creación, tan inquietante como sugerente e interrogativo.

El parque

El parque

En el mundo del arte es fácil sentirse solo pese a estar rodeado de gente, que los artistas se enfrenten a la materia prima a solas en cada estudio, como un reto, sientan, a la sazón, que compiten entre sí muchas veces más lejos del compañerismo de lo que podría esperarse, pero nadie habla de ello, es algo que se sufre en silencio. La impresión de que cada uno mira hacia su propio horizonte generalmente, con las metas trazadas, reuniéndose en inauguraciones y eventos como quien acude por inercia al mismo parque una y otra vez, sin embargo manteniéndose en su burbuja, es palpable para algunos que han hecho de esta ardua cuestión el motor de su creación.

Así lo refleja en su primera exposición individual el artista Antonio Samo (València, 1984) con el conjunto de esculturas frontales de rostro impávido y estética muy particular que hasta el 11 de marzo puede visitarse bajo el título El Parque en la galería Set Espai d´Art sita en la Plaza Miracle del Mocadoret 4 de València. Se trata de diferentes series producidas íntegramente de forma manual, sin ningún tipo de molde, tallando madera con detalles esculpidos tan sorprendentes como la textura tridimensional de un suéter de lana, una camiseta de algodón, calcetines o un inquietante pasamontañas. El protagonista, tenga facciones masculinas o femeninas, es siempre él mismo, confiesa, de modo que el artista nos enfrenta a múltiples autorretratos con aspectos de diversas tribus urbanas, simbolizando distintos estados de ánimo, una cierta falta de dinamismo y de empatía que advierte en la sociedad actual.

Los personajes representados en El Parque están a medio vestir, no se sabe si quitándose la ropa o poniéndosela, les faltan prendas, su vestimenta se percibe incompleta pero no hay un afán exhibicionista, no existe morbo en esta desnudez hierática que remite a las esculturas-fetiche de un museo natural o antropológico. Dicho estado de semidesnudez denota incertidumbre, cada personaje parece dudar entre vestirse o desvestirse, si acaso fuere algo que le preocupase no obstante resulta secundario. No vemos un gesto de querer taparse, algunos llevan ropa interior, otros no, sus atributos, en madera natural sin lacar ni pintar, pasan desapercibidos y la atención se centra en las partes de la escultura que sí aportan un cromatismo totalmente intencionado.

Samo decide pintar la falda roja de estampado hawaiano y las manoletinas negras de una mujer que posa junto a un hombre que porta un jersey negro con una calavera en medio, al cual le precede un chico cuya gorra y zapatillas son del mismo tono de verde pero que por lo demás anda desnudo. Al otro lado de la sala, donde antes se ubicaba el despacho de los galeristas, ahora trasladado a la parte izquierda en una discreta y reciente remodelación que otorga mayor peso al espacio expositivo ganando metros, encontramos una instalación de torsos y cabezas que terminan en troncos de madera pulida, limpia, rectangular, como si fuesen peanas de las que emergen bustos; es El Juego, una obra de dimensiones variables que invita al espectador a mover a los personajes e ir cambiando el aspecto del conjunto, a intentar crear una narración manipulando la posición de estos individuos en principio anónimos y en eterna espera.

En la sala del fondo, iluminada con una delicadeza teatral, se halla una instalación de bloques de madera en los que los personajes están subidos de cuerpo entero y a una escala que difiere del resto. Estos visten únicamente ropa interior azul o blanca abajo y arriba camiseta, suéter o sudadera de tonalidades pastel marcada con un símbolo proveniente de la pirámide alimenticia y que destaca al no estar pintado, es decir, donde hay estampado no hay pintura, las demás partes de la pieza superior van a color pero esa parte llama la atención por una ausencia. Esa ausencia señala su posición en la pirámide alimenticia, según explica el artista, como si aleatoriamente se les hubiese asignado un papel que representar en este, el mundo del arte, el de serpiente, lobo, águila, cervatillo, mariposa, flor? Insecto, animal o vegetal, susceptible de ser comido o de comerse a los otros, cada uno mirando al vacío, sin interactuar, observando un horizonte que interpela al público pues es, en definitiva, el público, quien se cruza con sus miradas perdidas.

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