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¿Qué fue de la revolución?

Hará casi un mes que se produjo un acontecimiento cultural destacado: estuve tentado de glosarlo inmediatamente, pero al final conseguí reprimir aquel pronto. Hay cosas que conviene dejar enfriar, no sea que la pasión nos nuble el juicio. Ahora, tras las fiestas de Pascua, en las que nadie quiere problemas, ha llegado el momento de ocuparse del asunto. Nada tiene mayor incidencia sobre la cultura que las revoluciones. Por supuesto, las revoluciones culturales (y no me refiero a la barbarie maoísta, que casi se carga la antiquísima cultura china): el día de 1916 en que se leyó el manifiesto dadaísta en el cabaret Voltaire de Zurich cambiaron muchas cosas en el mundo de la cultura occidental; pero también las revoluciones políticas alteran sustancialmente el rumbo cultural: un año más tarde la revolución de octubre en Rusia cortó de raíz el experimentalismo de las vanguardias en la URSS instaurando el llamado realismo socialista.

Pues bien, hace un mes habíamos llegado -en nuestra modesta escala valenciana- a una situación prerrevolucionaria. El anteproyecto de presupuestos generales del estado suponía un menosprecio innegable de la Comunidad Valenciana al reservar unas dotaciones coloniales para la tierra que lleva muchos años ofrenant noves glòries a Espanya. La discriminación afecta a casi todas las partidas, pero les recuerdo tan solo las relativas al mundo de la ópera: mientras que el Teatro Real de Madrid se lleva 9,39 millones de euros y el Liceu de Barcelona, 7,11, al Palau de les Arts le echan una limosnilla de 0,6 millones. Un coliseo con una temporada operística y un número de espectadores que nada tienen que envidiar a los de las dos megalópolis españolas. Sin comentarios.

Era como si de repente se le hubiese caído la careta al Estado y ya no hubiese manera de tapar sus vergüenzas. El rifirrafe que se produjo entre Mónica Oltra y Pilar Rahola, cuando la segunda reclamó indignada la exclusiva de la reivindicación soberanista permanente, ponía crudamente de manifiesto lo que casi todos sabemos, pero muy pocos se atreven a exteriorizar: que desde el siglo xix España funciona a base del reparto de la tarta entre las respectivas burguesías de Madrid y de Barcelona y que todo lo demás -incluidas las fantasías nacionalistas- son fuegos de artificio. Por esos días, el alcalde Joan Ribó afirmaba que se estaba castigando a Valencia intencionadamente: es un botón de muestra de un estado de opinión generalizado.

Pues bien, ese mismo fin de semana la portada de Levante-EMV nos sorprendía en el expositor del quiosco con una foto alentadora. No pude leer el titular porque llevaba las gafas inadecuadas, pero el sentido era inequívoco: miles de jóvenes -luego supe que fueron casi treinta mil- se manifestaban en Valencia alzando los brazos (¿los puños?) al cielo. Ya tenemos aquí la revolución, pensé. El movimiento de los indignados del 15-M, que había entrado en una fase de atonía, parece que vuelve por sus fueros, me dije. Ahora sabemos que se trataba de una percepción equivocada y que no hay motivo para el optimismo. Al contrario: aquellos jóvenes estaban celebrando la llamada paella universitaria (¿) en la Marina del puerto, un gigantesco botellón que se saldó con un montón de intoxicaciones etílicas. Las revoluciones siempre las han protagonizado los jóvenes, que son los que no tienen futuro dentro del statu quo. Los nuestros, con un paro del cuarenta por ciento y un panorama laboral de pura explotación esclavista, parecen a priori prerrevolucionarios natos. Bueno, pues no es así. Los más formados, que son precisamente los universitarios, parece que no tenían mejor cosa que hacer aquel fin de semana, en el que el estado acababa de cerrar su horizonte aún más, que celebrar jubilosamente la primavera. La conclusión es obvia. La nueva revolución cultural consiste en que no habrá revolución, ni de la cultura ni de ningún otro tipo. Debe de ser lo que un tal Fukuyama llamaba el fin de la historia.

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