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El breve humor del gran periodista

Kapucinnsky asegura que las malas personas no pueden ser buenos periodistas

El breve humor del gran periodista

El breve humor del gran periodista

Aunque Kapucinnsky asegura que las malas personas no pueden ser buenos periodistas, sería más justo decir que, para simular ser un periodista adulto, es innecesario comportarse como un mono al que se le ha dado un palo.

Julio Camba nunca causó mal a nadie deliberadamente, y todos sus amigos le amaban como a un niño o un ángel de la Tierra. Cualquiera que le haya leído siente indefectiblemente el deseo de querer conocerle en persona y tomar un orujo con él. Según el escritor Pérez de Ayala fue lo que los franceses llaman un enfant terrible: el que por decir ingenuamente la auténtica verdad, pone de manifiesto y en ridículo las satisfacciones, hipocresías e histrionismos de las llamadas personas formales. A pesar de que este cosmopolita escritor opinaba que el nacionalismo era una cursilería, el venerado castellanófobo Josep Pla proclamó a Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Habitación 383 del hotel Palace, Madrid, 1962) como el mejor articulista, columnista o gacetillero español de la historia por su estilo irónico, esencial y escueto, aparentemente ligero, sin estridencias, moralinas ni retóricas. También fue un corresponsal de lujo, un cronista imprescindible para comprender su época, un entertainer, o sea, lo menos parecido a un periodista actual, moderno amante de consignas y de normas. Nunca ocultó su amistad con las grandes figuras del momento, de las que, sin quererlo, formaba parte: Luis Calvo, el torero Domingo Ortega, Marañón, Solana, Miranda o el pintor Zuloaga.

Fue apreciado y disputado por periódicos y tertulias de la convulsa primera mitad del siglo xx por su talante abierto y divertido, su humor breve, su variado temario y su forma de presentarse a los lectores. Como muchos dandis gallegos llevaba una vida solitaria, sencilla pero elegante, de una independencia innegociable. Era gran aficionado a la buena mesa y nos dejó el mejor libro de cocina escrito en castellano, La casa de Lúculo, o el arte de comer.

El historiador valenciano Francisco Fuster editó y prologó hace pocos años un compendio de reflexiones sobre el oficio periodístico de este escritor de artículos cortos que son los únicos artículos -explicaba con su cómico terror- que se leen: «Cómo un cronista puede volverse idiota». «La escuela de periodismo». «Los periódicos se hacen solos». «Sabotage contra los patronos tacaños». «No es posible escribir artículos geniales». Su inteligencia sarcástica está puesta al servicio de todo aquel que tenga una llama interior que le impulse a aprender, no el oficio, sino el esfuerzo de llegar a ser una persona; buena o mala, según el grado de kapucinnkismo que tengamos, pero principalmente un ser humano, no un mero comparsa de la inmediatez que es en lo que se acaban convirtiendo muchos periodistas.

En marzo de 1929, los periódicos pregonaron la muerte de Camba. Cuando el socialista Luis Araquistáin se estaba lamentado de ello en el recién inaugurado bar del Círculo de Bellas Artes, apareció en la puerta, sonriendo el mismísimo Julio Camba. Su renacimiento se celebró con varios banquetes de langosta, pollo y cordero, a los que acudieron Juan Negrín o Ramón María del Valle-Inclán quien glosó una crítica al rey Alfonso XIII mientras el presunto finado oficiaba, sin hacerle demasiada gracia tanto festejo por su supuesto óbito, de convidado de piedra.

Julio Camba no vivió en la opulencia, aunque lo mereciera. Cuando murió, salió con los pies por delante de la habitación que el millonario Juan March le cediera en el último piso del hotel Palace, junto al cuarto de la plancha. Sus últimas palabras no faltaron a su cita con la ironía y la verdad: «La vida es buena, pero se acaba».

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