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La cultura como artimaña de la política

La cultura como artimaña de la política

La cultura como artimaña de la política

Un personaje de la primera película de Bernardo Bertolucci, adicto a los cine-clubs, se despedía en bicicleta de sus amigos clamando que no se puede vivir sin Rossellini. Y lo peor es que era cierto, antes y ahora. Basta con haber visto una sola vez Te querré siempre para quedar irremisiblemente prendado de su hermética hermosura.

Ahora bien, invito al posible lector a que realice una pequeña encuesta a políticos de 50 o más años no adictos al cine para comprobar si recuerdan todavía a Rossellini o a Bertolucci y si pueden enhebrar dos o tres frases seguidas sobre las características de su obra (Bertolucci lo tiene más fácil, ya que su enorme éxito con Último tango en París todavía reviscola en las teles de medio mundo). Y algo parecido podría decirse de los escritores como Samuel Beckett o Vladimir Nabokov, autores dramáticos como Harold Pinter o Anton Chéjov, artistas plásticos como Rothko o Lichtenstein, músicos como Penderecki o Shostakóvich, rockeros como Lou Reed o Brian Ferry, etc. La lista sería interminable, y tampoco se trata de empezar a dar la vara a estas horas.

Más bien se trata de sugerir que la tarea principal de un político es hacerse como sea con el mayor número posible de votos en periodo electoral y tratar de conservarlos como sea una vez alcanzado o arañado el poder (algo que bien se ha visto en el caso de Inés Arrimadas en Cataluña).

Lo demás importa poco, tan arraigada está en la profesión la creencia de que ser el más votado implica ser el más querido por el pueblo. Es algo a lo que juega Mariano Rajoy todos los días, entre futbolín y futbolín y sesión con el Fiscal General del Estado, y eso que sobre la atribución de significado a los gustos personales cada vez se escribe más. Lo más curioso es que los representantes de los partidos políticos aceptan gozosamente, sobre todo en periodo electoral, los votos de personas con las que jamás se tomarían un café en una terracita, y a los que desengañarán sin remedio en el ejercicio de sus funciones de gobierno, y a sabiendas de que ello ocurrirá necesariamente así. De manera que mucha concordia y mucha apelación a la confianza y al sentido común, para acabar engañando a todo el mundo, y tantas veces autoengañándose.

Lo cierto es que muchas veces si los electores ocuparan el lugar de los políticos por ellos elegidos, la cultura lo tendría bastante crudo. Todos aman la cultura, pero pocos la practican, tanto entre los electores como en los elegidos. Tal vez por ello sea la cultura lo más frágil de este mundo.

Lejos de mi la tentación de poner en entredicho el sistema democrático, faltaría más. No se conoce otro mejor para fastidiar a la vez a tanta gente, y va de suyo que no puede haber gobierno alguno sin consulta previa al pueblo. Pero supongo yo que alguna manera puede articularse para evitar que los partidos políticos en general (no digo los políticos, ni todos los políticos) acaben por renunciar a sus anunciados propósitos. ¿Plantear un sistema de oposiciones a político, como sugiere un conocido mío? No creo que sea un enfoque realista para liquidar el problema, ya que también las oposiciones suelen estar trucadas.

Es uno de los grandes problemas democráticos, tal vez el de mayor enjundia, al que los partidos democráticos suelen enfrentarse con grandes apelaciones a cambios en la educación y los planes de enseñanza. Creo que es el único territorio donde los políticos apelan directamente a la cultura. Pero también en ese terreno su costumbre es fracasar. Se dicen, como si fueran a durar cien años, cuando es habitual que lo suyo sea la adicción a lo inmediato: cambiemos los planes de enseñanza, consigamos que nuestros niños crezcan con mayor sabiduría, que se conviertan en expertos de cualquier clase de hábito cultural, ya sea analógico o digital, y así lograremos que en cuestión de años todos sean nuestros mejores votantes. Y un niño pregunta, inocente desde la última fila: ¿Y si nos sale un García Albiol, qué hacemos?

Pues no se responde, y en paz. Cada gobierno dispone todavía de su responsable ministerial de cultura, englobado casi siempre con deportes, no se sabe bien a santo de qué. Un ministerio que por lo común se dedica a colocar a sus amigos o familiares y a algún que otro famoso de lo que sea (Mario Vargas Llosa, por ejemplo, representante de Rajoy en Barcelona) o bien a pelearse incluso a nivel personal con parte de la cofradía de escritores, cineastas, pintores, cupleteros e incluso puericultores en demanda perpetúa de apoyos y subvenciones, siempre por el bien de la cultura y su desarrollo, por supuesto, y también por el terruño y el patrimonio de cada uno de ellos. La consigna general parece ser que lo que no da el público con su asistencia previo pago de la entrada, pues que lo abone el ministerio correspondiente, y santas pascuas. Y así se alcanza la gloria del subvenciona, subvenciona que algo queda. Y vaya sí queda. Nada menos que todo aquello que finiquitaría de no mediar las subvenciones a costa de nuestros impuestos, así que para qué molestarse en acudir a ver, mirar o escuchar nada, si ya lo hemos pagado.

El ejemplo más claro de todo esto es la dificultad que está encontrando para ponerse en marcha la nueva RTV. Son muchos, tal vez demasiados, los profesionales que ven en el proyecto la ocasión de su vida, y no están dispuestos a renunciar a cambio de nada. Pero hasta el momento, ya que no se trata de la puesta en marcha de un ministerio o de una conselleria, el asunto parece tener poco remedio. Y eso que aspira a convertirse en el medio de expresión de todos los valencianos. ¿O quizá debido precisamente a ello? ¿Y qué cosa puede ser eso de todos los valencianos? Es lo que decía Samuel Beckett en Esperando a Godot:

—Vladimiro: Una velada inolvidable.

—Estragón: Cierto. Y parece que no acaba todavía.

—Vladimiro: ¡Es horrible!

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