Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Plasticidad americana

La notoria brillantez de las mujeres es uno de los rasgos más llamativos de la nueva cosecha de jóvenes narradores norteamericanos de la revista Granta, que acaba de publicar su particular y reputada selección de «new writers». Granta elige cada decenio su hornada de jóvenes talentos literarios, no exenta de olvidos y erráticos elogios, pero siempre despierta expectación y curiosidad esta lista dentro de la inevitable afición a los podiums, tan antiliterarios por otra parte. Esta vez son 21 los elegidos, entre los 28 y los 38 años. Y por primera vez, las mujeres superan a los hombres, en calidad y en cantidad, 12.

Plasticidad americana

Plasticidad americana

Hay empeños imposibles. Uno de ellos es aplicar una estimación de la literatura en términos de mejor o peor. Objetivamente, Usain Bolt es el hombre más rápido de su época. Lo que, por extensión, significa que es el mejor velocista que existe. Pero no existe el mejor escritor de una época. Y sin embargo la contumacia de la ansiada clasificación es una de las constantes que vertebra el sistema literario: los mejores escritores de ciencia ficción; los mejores escritores en lengua española; los mejores escritores de todos los tiempos. Listas exultantes; listas ridículas; listas inevitables. Listas de listas de listas.

Desde los tiempos del editor Bill Buford, la revista Granta se ha convertido en epítome y apoteosis de la lista. Aparecer listado en uno de los números especiales de Granta engorda el currículo, masajea el ego y dispara las alarmas editoriales. Dicho lo cual, Granta, como todo hijo de vecino, paga su ocasional cuota de ceguera. Basta recordar que en su primera edición de Los mejores novelistas jóvenes estadounidenses, aparecida en 1996, el sismógrafo del talento obvió a dos gigantes como David Foster Wallace y William T. Vollmann.

En 2007 Granta publicó su segunda selección de meritorios de Estados Unidos, con criterios y formas nuevos, y ahora llega su tercera cosecha para otro decenio, con un total de veintiún elegidos. Los seleccionados oscilan entre los 28 y los 38 años de edad. Por vez primera las mujeres, doce, se imponen en número a los hombres, nueve, y en el elenco hay cuatro autores que no han nacido en Estados Unidos. La editora del volumen, Sigrid Rausing, cuyo prólogo pertenece al eficaz (y razonable) género de ponerse la venda antes de la herida, reconoce las limitaciones del método Granta, pero a la vez, con legítimo orgullo, defiende su pertinencia cediendo la voz a uno de los jurados de la mencionada edición de 1996, Tobias Wolff: «Estoy orgulloso del incompleto e insatisfactorio trabajo realizado, y espero que dicha deficiencia, al estimular la cólera y el recelo, despierte en otros la curiosidad por el excepcional alcance y vitalidad de los escritores que están alcanzando actualmente la plenitud de su potencial». Palabras, justo es decirlo, más que sensatas.

Entre los escritores representados hay alguno ya célebre tanto dentro como fuera de Estados Unidos, caso de Emma Cline, autora de Las chicas, un best seller mundial instantáneo, y de Garth Risk Hallberg, autor de una monumental y espléndida primera novela, Ciudad en llamas. Otros han sido traducidos en España con dispar suerte y repercusión. Son Joshua Cohen, Yaa Gyasi, Catherine Lacey, Ben Lerner, Anthony Marra, Dinaw Mengestu y Ottessa Moshfegh.

Los veintiún textos que Granta entrega al lector se dividen en catorce relatos independientes y siete fragmentos que forman parte de novelas en curso. De ellos podemos extraer algunas impresiones, que no agotan por descontado las posibles lecturas. La primera, acaso inesperada, es el escaso impacto que la figura de Donald Trump posee. Sólo dos textos mencionan al cuadragésimo quinto presidente. Uno de forma explícita, el muy mediocre Trump Sky Alpha, de Mark Dotten; otro sin nombrarlo pero como una sombra tenaz, el magnético Qué cosa tan terrible aquello, de Esmé Weijung Wang. Una segunda impresión nace de la pluralidad de mundos que conviven en Estados Unidos. Además de que varias historias transcurren en escenarios más o menos exóticos (Israel, Nairobi, Lípari, Dehli), las comunidades ghanesa, etíope y nigeriana de Estados Unidos encuentran aquí su lugar. Una tercera impresión tiene que ver con el inmenso hueco que deja una ausencia. Ni uno solo entre los veintiún escogidos representa a alguna de las comunidades que en Estados Unidos tienen el español como lengua madre. Es una ausencia ominosa, que da mucho que pensar. Una cuarta impresión tiene que ver con el relato de biografías rotas. Es notable la altísima tasa de suicidios, la abundancia de alcohólicos y la escasísima presencia del humor que recorre la cosecha.

Una quinta y última impresión, en mi opinión la más importante, y sin duda la más seductora desde el punto de vista del lector, tiene que ver con la notoria, por momentos brutal brillantez, que los textos escritos por mujeres revelan ante los de sus colegas masculinos. En efecto, este Granta dedicado a los narradores jóvenes de Estados Unidos es, en realidad, un elogio de la literatura propuesta por mujeres. Salvo El círculo luminoso, de Ben Lerner, un buen relato sobre una anomalía, y Este es nuestro linaje, de Dinaw Mengestu, un emocionante retrato del hijo enfermo, los textos escritos por hombres palidecen ante la potencia y ambición de los textos escritos por mujeres. De ellos citaré tres, que hasta cierto punto justifican la existencia de empeños como el de Granta y nos obligan a disculpar sus inevitables extravíos.

Revoluciones, de Jen George, es un extraño y fascinante estudio sobre la muerte del amor en la época de las distopías. Relato de corte orwelliano, que combina la glacialidad de una voz forense con la intimidad de una pareja cuyo mundo se descompone a través del sexo y el lenguaje, supone un fruto de una exigencia intimidante.

Te quiero pero elegí las tinieblas, de Claire Vaye Watkins, es una especie de espejo invertido del relato anterior. Rabiosamente presente, brutalmente explícito, redactado en una lengua que sacrifica la ortografía a la expresividad y el significado al arrebato, dibuja en un puñado de páginas el retrato de una juventud autodestructiva y veloz, obsesionada por la muerte como alivio de la falta de sentido.

Queda para el final la joya de la colección, Yport, de Lauren Groff, un relato magistral, perfecto y envidiable, de textura clásica, sobre las revelaciones que una profesora americana que sigue las huellas de Guy de Maupassant en Normandía hallará en su verano europeo. Estos tres relatos, cada cual a su modo, certifican la pujante plasticidad de una literatura demasiado vasta como para ser contenida en las páginas de cualquier antología, pero que, al tiempo, para que podamos orientarnos en su inmensidad, reclama ser cartografiada puntual y periódicamente.

Más en Posdata

Compartir el artículo

stats