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Literatura refrigerada

No seré yo quien niegue importancia al descubrimiento del fuego por parte de nuestros tatarabuelos antropológicos. El fuego está muy bien, y nos ha sido de gran ayuda, para afrontar las adversidades de este valle de lágrimas con una perspectiva optimista, como, por ejemplo, al permitirnos comer la carne de bisonte a la brasa, que es una forma bastante más saludable que comerla cruda, por mucho que se empeñen los franceses en tratar de convencer al mundo que es como debe comerse la carne de bisonte recién cazado en las cercanías de Altamira.

El fuego funciona, no hay duda; pero me parece un invento un poco tosco, hablando en términos generales. La sutileza no es la principal de las características de lo ígneo: el fuego actúa a bulto, y su principio rector resulta más destructivo que constructivo. No cabe duda de que es una herramienta para pitecántropos y el resto de sus familiares y amigos.

Como soy más conservacionista que iconoclasta, lo que me gusta y me llena de un asombro sacro es el hielo, el bendito hielo salvífico, que desde su aparición sobre la tierra quiere preservarnos de la destrucción. El hielo es el lirismo de la naturaleza en grado sumo, la síntesis minimalista de todas las fuerzas que el universo posee para dejarnos con la boca abierta. Y el aire acondicionado es la transcripción tecnológica que el hombre ha terminado por hacer de todo ese caudal lírico que andaba suelto por ahí, en busca de que alguien lo sistematizara.

La refrigeración ha hecho, en los países cálidos, más por la literatura y el pensamiento que todos los planes de estudios habidos y por haber. Todo el mundo sabe que a treinta y cinco grados a la sombra no hay posibilidad de que se produzca ningún tipo de creación cultural: ni literaria, ni musical, ni pictórica, ni siquiera perteneciente al ramo de la repostería. Todo se derrite: la crema Chantilly, los endecasílabos heroicos, los juicios sintéticos a priori y los a posteriori, la resina epoxi de los artistas plásticos urbanos. Lo único que puede hacer un ser humano sometido a temperaturas tales es abanicarse. O irse a la orilla del mar. O emigrar durante los meses de calor a las tierras del Norte, donde saben tratar como se merece la inspiración creadora.

Los ingenieros americanos Oliver Evans, Jacob Perkins y John Gorrie -los inventores de la refrigeración moderna- son la Santísima Trinidad a la que deberíamos rezar todos los artistas de las latitudes tórridas del planeta, cada día, al levantarnos y al acostarnos. Oli mío que estás en el cielo. Santificado sea tu nombre, tío Jacobo. Venga a nosotros tu reino, primo Johny. Gracias por traer un poco de raciocinio climático artificial hasta estas tierras absurdas y ardientes del Sur. Os llevo en mi corazón. Mi alma os pertenece para siempre.

No hay literatura moderna sin refrigeración. Alguien se preguntará: ¿entonces, por qué existe la anomalía meteorológica de la tradición andaluza? Y yo, desde mi estudio refrigerado, les responderé: porque los escritores andaluces han sido todos, por decirlo de alguna manera, emigrantes atmosféricos. En Sevilla no hay quien escriba un soneto en verano. Bécquer se fue al monasterio de Veruela, Machado a Soria, y Cernuda a Inglaterra. Buscaban la refrigeración.

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